7 1.3.4.- LOS SALMOS: VOZ DEL HOMBRE Y ROSTRO DE DIOS.

      La  ausencia  de  imágenes en la  cultura israelita se   suple  con la interiorización  del rostro de Dios  que se    evidencia en los Salmos.  Es la  parcela del A.  T. en la  que se adivina una mayor compenetración entre Yahveh y su   fiel,  quien está salmodiando.  Es una oración en  la que   entra  en  acción  todo el ser humano,  que  ora, canta y   baila.  Los salmos son palabras en las que se  refleja el   rostro de Cristo ya  que todos ellos pueden  colocarse en   sus labios.

      Este  descubrimiento  lo  hacen  los  Santos  Padres y   fundadores de órdenes que incluyen  en el rezo del oficio   divino los salmos, cometido principal de los monjes. Dice Agustín:   “Prometió   la  salud   eterna,  la  vida   bienaventurada en la eterna  compañía de los  ángeles, la   herencia inmarcesible, la gloria eterna, la dulzura de su   rostro,  la  casa  de  su  santidad  en  los cielos  y la   liberación  del   miedo   a   la  muerte  gracias   a  la   resurrección de  los  muertos.”[1]  El  rezo  en comunidad   pronto determinó la introducción de la música, ya que era   práctico,   a   parte   de  transmitir   sentimientos  de   espiritualidad,  el recitar al unísono una misma oración;   ello formaba una verdadera unidad  con el  contexto vital   de  los   monjes  ya  que   como  dice   Beigbeder:  “Los   cluniacenses  habían  tomado  la  música  como  base  del   simbolismo de su gran  basílica.  En efecto, en el ábside   estaban representados  los  ocho  tonos  tradicionales en   relación con el orden cósmico, la “música de las esferas”   de  Platón.”[2] Al principio del salmo se especifica el    instrumento con el  que el  cantor inspirado  se dirige a   Yahveh.  Es pues un rostro  modulando estrofas  al son de  oboes, arpas y otros instrumentos de  cuerda.

      Los salmos  son un lugar  común a los israelitas  y al   hombre románico,   en el que ambos ven a Dios, el primero   en el  ámbito  puramente espiritual  e imaginativa,  y el   segundo,  en  estos dos aspectos  y como  inspiración  de   sus  representaciones.    Especial atención  merecen pues   estos cánticos,  tan en el corazón del pueblo  de Israel,   en los que la referencia al rostro es continua. Es en los   salmos donde,  de  un modo claro,  apreciamos la relación   del fiel y su señor:  es una voz que, en distintos tonos,   acordes con el estado del alma,  va clamando, suplicando,   dando   gracias   a   Dios.   Este  se  adivina  cercano,   escuchando y viendo a quien a él acude. El rostro del que   canta el salmo se dirige a otro  rostro,  más grande, más   poderoso,  el de Yahveh, que está  delante, arriba, abajo,   llenándolo todo, para escuchar, invisible pero solícito y pronto a escuchar a su siervo humilde.

     Nos llama la atención, lo que  refuerza nuestra teoría   facial, la constante referencia explícita al rostro en la   mayoría  de  los salmos:  La necesidad  del  israelita de   tener   delante,   en   imagen,   a  su  Dios;  algo  que   consiguieron los románicos,  que bebieron  en  las mismas   fuentes que aquellos.  En otro grupo de  salmos, de forma   indirecta, se  hace referencia al rostro con las facultades   del mismo como hablar,  pensar,  cantar…   En todos, es   un rostro  frente a  otro rostro:  Salmista y Yahveh. Uno   habla y otro responde.

Los salmos,  compuestos por elementos preeminentes del   pueblo  en  un  momento  determinado,   han  mostrado  la   necesidad de clamar a su  Dios con todos  los matices del   sentimiento humano:  desde  la  alegría  por  la victoria   hasta la súplica más  encendida por la  humillación de la   esclavitud.  David, Asaf, los hijos de Coré, Hemán, Etán,  Moisés y Salomón son  los autores de  los mismos.[1] Hemos   realizado un estudio pormenorizado de  los salmos y hemos   hallado  en  todos  ellos  expresa  o  elípticamente   el   “rostro”. Presentamos ahora un grupo  significativo.

SALMO  2  (4-8):  El que se  sienta  en  los cielos se   sonríe,  Yahveh se burla de ellos. Luego en su cólera les   habla,  en su  furor  los  aterra…  Voy  a  anunciar el   decreto de Yahveh:  El me ha dicho:  “Tú eres mi hijo: yo   te he  engendrado hoy.  Pídeme y te dar‚ en  herencia las   naciones.”

SALMO 4  (7):  Muchos dicen:  “¿Quién nos hará   ver la   dicha?” ¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro!

SALMO  31  (17):  Haz  que  alumbre  a  tu  siervo  tu   semblante, ¡sálvame, por tu amor!

SALMO 66: El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine   su  rostro  sobre nosotros…  ¡OH  Dios!,  que te alaben   todos los pueblos,  que todos los  pueblos  te alaben. Que   canten  de alegría las naciones…[2]

SALMO 67 (2): ¡Dios nos tenga piedad y nos bendiga, su   rostro haga brillar sobre nosotros!

SALMO 85  (9): Voy a escuchar de qué habla Dios. Sí, Yahveh

habla de paz para su pueblo y para sus  amigos,  con tal que a su

torpeza no retornen.

SALMO 98 (8s): Los ríos baten palmas, a una los montes   gritan  de  alegría,  ante  el  rostro  de  Yahveh,  pues

viene…

SALMO 96 (13): Ante la faz de Yahveh, pues viene él…

SALMO 100:  Voy a cantar la bondad y la justicia, para

ti  es  mi  música,  Señor;  voy  a  explicar  el  camino

perfecto:  ¿Cuándo  vendrás a mí?  No pondré  mis ojos en

intenciones  viles…

CANTICO DE DANIEL.  (Dan. 3, 41): Ahora te seguimos de

todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro. Agustín tiene en los salmos una cantera inagotable:

“…sin  sufrir  mutación  alguna,  asumió  la naturaleza  creada para  transformarla y hacer  de  nosotros  un solo

hombre, cabeza y cuerpo.”[3]

Las pinturas  de  orantes,  en las catacumbas, parecen  estar  recitando los salmos.  Las  pinturas románicas nos   presentan éstos  cumplidos en Jesucristo,  con los brazos   extendidos.  Pocas figuras más tendrán esta actitud y nos   volvemos a referir al  “Homo quadratus  de  Pedret”; pero   todas tienen el rostro expectante,  con los ojos abiertos   para ver la otra realidad…  Como el rostro de la Virgen   orante de la catacumba del Cementerio Mayor,  (Fig. 1.3),   de la que toma modelo la Virgen del mosaico  bizantino de   Santa Sofía  de  Salónica  y  la  Virgen  románica  de la   iglesia de S.  Pere de Sorpe,  en Lérida.[8]

La actitud de las tres es frontal; la catacúmbica y la  bizantina tienen  los brazos  elevados  que  acompañan la   actitud contemplativa-frontal,  común a las   tres caras;   la románica tiene de común,  con la primera, la presencia del Niño en  el regazo,  pero sus brazos no  acompañan el  sentimiento de oración de las otras dos.  Las dos últimas   se hallan en un  lugar de  culto,  la primera en un lugar   sagrado donde el culto es  esporádico.  Las tres muestran   rostros que  llaman a una  realidad vivida por la  fe, la   del  mundo futuro  al que  se accede por la  súplica. Son   tres formas  similares de  mostrar el  rostro  de la otra   realidad y de  quienes habitarán donde ya  se  hallan los   prototipos.

[1] CF Biblia de Jerusalén.

[2] CF Beigbeder, IBID “Las rosáceas evocan la música de las esferas de Platón, las repeticiones celestes.”

[3] Libro de las Horas, Comentarios  Sobre los salmos. Salmo 85.

[4] CF Comentario al Beatus.  Berliner Staatsbib. Theol. Lat., fol 561. (S. XII)

[5] Contemplar el tímpano de la iglesia de Moissac, con ángeles, justos, símbolos y profusa decoración, enmarcado el conjunto  por un arco pétreo, como referente a la alabanza perfecta de toda la creación en el templo. (FG 3.2).

[6] En los salmos 28 y 29, la palabra santuario y templo se refieren al lugar donde acontece la fuerza de Yahveh. El lugar físico debe estar en consonancia con la trascendencia a la que se refiere, ya es Dios el que habita en él. Lo mismo acontece con la relación del templo románico y su idiosincrasia celeste, similar a la judía. Con una diferencia, en el templo judío la imagen de Dios -ni de persona alguna- aparecía representada directamente y en el románico, es el centro.

Mosen Farnés afirma: “Les pintures romániques miren a la assemblea, per ser mirades per ella; les bizantines acompanyen als fides en la oració, mentre mediten.” –De la charla mantenida por el que escribe con este eminente liturgista, consultor del Concilio Vaticano II, el día 2 de febrero de 1986 en Barcelona-.

[8] Se halla decorando un arco que precedía al ábside, actualmente en el Museu d’Art de Cat. (FG 16).

[1] CF S. Agustín, Comentarios sobre los salmos, Salmo 19, 1-3. ITEM comentarios al salmo 85, 1: “No pudo Dios hacer a los hombres un don  mayor que el darles por cabeza al que es su Palabra, por quien ha fundado todas las cosas, uniéndolos a él como miembros suyos.

[2] CF Beigbeder, IBID,P 319.