8 1.5.-LA PALABRA DE UN ROSTRO VISIBLE.

Numerosos  autores  del  siglo  XII,  desde Aelredo de   Rievaulx  hasta Santa  Hildegarda,  han  afirmado  que la   Palabra divina actúa,  en primer lugar, sobre el espíritu   como una llama,  cortando los vínculos que la unen con la   carne y  el  pecado.  Una  vez  que  la  memoria  ha sido   purificada,  el alma puede apoyarse en las  palabras y en   la imágenes  del texto para tratar de elevarse  hacia sus   creador.  Como dice San Bernardo:  “Locuti Verbi, infusio   doni”.  Es el mismo Verbo el que habla a los hombres y se   entrega a cada uno de ellos.[1]

La palabra es pronunciada por la boca y ésta  se halla   en  el  rostro:   La  representación  icónica  de  la  fe   cristiana ser  esencialmente del rostro. Aquí el románico   sigue la tradición más antigua de  la  Iglesia, expresada   en un primer momento en las catacumbas, dándole su propio   marchamo.  Otro sentido localizado en el rostro, el oído,   se  halla   expresamente  referenciado   en   el  Antigüo   Testamento: ¡Shemá, Israel! (¡Escucha, Israel!)[2]

La vida monástica es un claro ejemplo de vida dedicada   a la proclamación de la palabra,  de sonido y de  música,   hacia afuera y hacia adentro.  Pedro Damiano se lamentaba   de no encontrar los domingos ni siquiera media  hora para   hablar con los monjes;  tan larga era la oración coral en   los monasterios cluniacenses.[3]

Es  la  religión  del discípulo,  del que escucha, con   prohibición explícita de representación iconográfica: Los   ojos engañan a la mente y llevan a la  idolatría. El Dios   hebreo se manifiesta intrínsecamente distinto  de los que   rodean al  pueblo  escogido y no quiere  ser representado   como los demás dioses. El es PALABRA operante, no un leño   o un metal al que se le ofrecen  sacrificios. Este hecho,   común  a  toda  la  historia  de  la  religión cristiana,   enraizada  en  la  hebrea,  se agudiza en  la Edad Media,  deficitaria del conocimiento lingüístico:  necesita de la   imagen para comprender el  misterio litúrgico-espiritual.

El  hombre  quiere  descubrir  sus  orígenes  y éstos,   enraizados en Dios.    Dios, por la Revelación, le da las   coordenadas para acceder a los misterios.    Ante  lo que   de aparente nos queda  del hombre del  románico, como son   las pinturas, la escultura y la arquitectura así como los   textos  de  la  época,  podemos  adivinar  su  manera  de   interpretar  la  existencia,  de analizar  y  entender lo   mismo  que  miramos   hoy  nosotros,   sus  mismas  obras   plásticas, en función de una fe.   Este hombre comienza a   no tener miedo de  los fenómenos naturales que  en épocas   no demasiado lejanas le  atemorizaban.  Sus dioses no son   esos mismos fenómenos:  Tiene un único Dios, dominador de   la historia. Este está  más cerca que las deidades que sus   aterrados  antepasados   adoraban.  Se le ha desvelado la   manera de ver a Dios,  pero ello no es posible más  que a   través de  un  camino,  no  ciertamente  fácil,  con unas   normas  que,  traducidas  en  experiencia  personalizada,   pueden llevar al creyente a la felicidad.

De  todos  modos  subsiste  el  miedo   como  elemento  pedagógico  para  que todo  el que crea camine  por donde   los que predican la doctrina cristiana piensan  deben ir.

La no visión de Dios es la infelicidad total: el infierno   es el  anti-rostro.  Por ello  Inocencio  III (1198-1216)   dejó escrito: “La pena del pecado original es la carencia   de la visión de Dios, mas la pena del pecado actual es el   tormento de la gehenna perpetua”.[4]  La teoría basada en   la amenaza, de Orígenes, en el siglo III, llega a la Edad   Media con más fuerza que la de san Agustín,  quien afirma   “que  las palabras  del Señor  sobre  la  vida  eterna no   deberían tomarse en sentido estricto si las que hablan de   suplicio eterno no se toman estrictamente”.  “…De ninguna   manera sería prudente poner por escrito la explicación de   estas  cosas,  bastando  a la  mayoría saber que  los que   pecan han de  ser  castigados.  Avanzar  ulteriormente no   sería útil,  ya que hay algunos a los que apenas contiene   el  miedo al  suplicio  eterno,  para que no se entreguen  totalmente a la maldad  y a los males que  se  derivan de   ella”.[5]

El  Concilio  IV de Letrán,  en el  siglo XII, afirma:   “Todos los cuales  resucitarán con  sus  propios cuerpos,   que  ahora tienen,  para que reciban según sus  obras, ya  hayan sido   buenas o malas,  los unos con el diablo pena  perpetua, y los otros con Cristo gloria sempiterna”.[6]

En  el siglo XIII,  el Concilio de  Lyón reitera: “Mas   las almas de aquellos que mueran en  pecado mortal actual   o  con  sólo  el  original,   descienden  en  seguida  al   infierno,  para  ser castigadas,  sin  embrago, con penas   desiguales.”[7]   Para equilibrar el plato  de la balanza   interpretativa diremos que hay fieles con  un sentimiento   contrario al  del miedo,  ya  que se  mueven en el  de la   unión efectiva  y afectiva con Dios, con  quien viven y a   quien ven más allá  de las apariencias: los místicos.

 

[1] IBID, P 131.

[2] CF Deuteronomio, 6, 4-9: “Escucha Israel: Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh…” Afirmación inequívoca monoteísta judía, transmitida por tradición oral y vivencial.

[3] CF Schürer, P 356.

[4] CF Pozo, C. Teología del más allá, P196. Denz. 410 (780).

[5] IBID S. Agustín, Contra Celsum 6,26: PG 11,1332, P 189.

[6] IBID Denz. 429 (8º1) P 195.

[7] IBID, P 195.