9 1.6.- FUNDAMENTOS ESTÉTICOS DEL ROSTRO EN PENSADORES CRISTIANOS.

En el siglo V  san Agustín,  en sus Confesiones, llama   la  atención  sobre  los  fundamentos  de   la  verdadera   estética,  asumidos  por  del  románico:  “Tarde  te amé,   Hermosura tan antigua y tan nueva,  tarde te amé!”.[1] El   modelo  cristiano de la belleza se  halla en  el creador.

El retrato románico está  realizado desde el lado de la fe   que es,  según  S.  Agustín,  el consentimiento subjetivo   otorgado a un pensamiento,  diferente de  la certeza, que   es el consentimiento objetivo. Su Ciudad de Dios organiza   una sociedad que mira al mundo de las ideas, a la sede de   las mismas, el ser supremo, al que tienden los hombres.

Otro autor a tener en cuenta es S.  Isidoro de Sevilla   que habla del tema en sus Etimologías.  De  éstas nos han   interesado las palabras que al rostro  hacen referencia y que posteriormente  veremos.  Tales descripciones quieren   ser naturalistas  y realistas  pero   están  diseñando un   rostro  basado  en  un  concepto  de  imagen  conocida  a   priori,  en un rostro que existe  en la mente del  que lo   describe con mayor fuerza que los modelos que está viendo   con los ojos,  de quien se  sabe  subordinado  a  una ley  universal emanada de Dios, el gran ordenador.[2]

San Basilio,  platónico él,  considera la belleza como   la principal característica del mundo por la  que éste se   relaciona con su creador; en su primera y tercera Homilía   afirma:  “El mundo es la obra de arte  que se ofrece a la   contemplación de todos”.  “Lo bello es lo que,  según las  demandas del arte,  está  acabado y concurre perfectamente  a la realización de  su fin.  La belleza,  pues, es en su   esencia, un acabado.”[3]

Para Santo Tomás las sensaciones visuales son  las que   determinan las impresiones estéticas de  lo  que se capta  con los ojos.  En el  ser humano  hay una  vis estimativa  cogitativa,  superior  a  la  mera  estimativa naturalis,  residente también en los animales.[4]

LA PROPORCIÓN JUSTA, eso es lo bello para Santo Tomás.   Queda de manifiesto la importancia  que da el santo  a la  proporción  de  los objetos.  Para  que se  d‚ la belleza  deben  existir,   al   mismo  tiempo,   la  integridad  o   perfección,  la proporción justa o armonía y la claridad. Alberto Magno  añade  a  la  perfección  de  la  forma el  resplandor  de   la misma.  Todas las formas son buenas y perfectas,  pero  sólo  la  gracia   divina les  añade lo bello. Este concepto es el que se halla en la inspiración  de los artífices del románico  en su iconografía y  en la  estructuración del continente: el edificio románico.

Los autores clásicos llegan a influir en la concepción  de este tipo  de belleza  pero no en  la apariencia final  pues,  como afirma  William  R.  Cook,  “el  canon  de la  belleza grecorromano o  clásico dejó de serlo  durante el período  románico  o  gótico”.[5]   Ovidio  es  un  autor  conocido  sobre  todo  por   su  Metamorfosis,   con  las   historias de los dioses y sus relaciones con los humanos,  que interesaron fuertemente en  esta época.  El relato de

 

En el románico, como escribe Joan Sureda, “sin duda el   principal protagonista de esta realidad (cotidiana) no es   el hombre,  sino  el  cuerpo  humano.”[7]  Y  del cuerpo,   añadimos  el rostro, como máximo transmisor de  ideas.    Reforzando lo dicho,  veamos lo que dice S. Isidoro de   Sevilla  en  sus   “Etimologías”   sobre   los  elementos   faciales,  material usado posteriormente  por  el artista   románico,  de una manera “románica”.

CABEZA.-  La  parte más  principal  del  cuerpo es la cabeza,  y  se le da  este nombre (caput)  porque en ella “capiunt initium”, tienen su origen, todos los sentidos y nervios del cuerpo y porque en la cabeza está  la causa de la vida del ser.  Allí están todos los sentidos;  y es la más genuina representación del alma.[8]

MENTE.-  Mens  (mente):  se  llama así porque eminent (descuella)  en el alma o porque meminit (se acuerda): de aquí  que a los desmemoriados se  les llama  amentes (sin mente),  por donde se ve que la mente no es el alma, sino lo que en ella sobresale, como cabeza u ojo del alma. Por eso se  dice  que el  hombre  es imagen de  Dios según la mente.  Todas estas cosas de  tal manera  están unidas al alma,  que forman con  ella una sola cosa,  aunque recibe diversos nombres según su diversa manera de obrar.[9]

VERTEX.- (Vértice) es aquella parte de la cabeza en la cual se unen como  en un centro  los cabellos  en la cual vertitur  (se  divide)  la cabellera,  y por eso  se dice vertex.[10]

CALVARIA.-  (Cráneo),  así  dicho  a  calvo  falto  de cabello por defección.  Es  neutro. Occipucio (occipitum) es  la  parte posterior de  la cabeza,  como si se dijera contra  capitium,  junto  al  capitium;[11]  o porque está detrás de la cabeza.[12]

CAPILLI.-  (Cabellos),  así  llamados  como  si dijera capitis pilli  (pelos de la cabeza), y están puestos para dar belleza y al mismo tiempo para defender el cerebro de los rigores del frío y de los ardores del  sol… También recibe el nombre de caesaries,  que viene de  a caedendo, cortar,  y, por tanto, este nombre es sólo de varones, ya que el varón debe cortarse el pelo,  no así la mujer (non decet).[13]

CRINES.-  Son  propiamente  de  las  mujeres,  se dice crines  porque  se  dividen (discernuntur)  con  vendas o cintas;  de aquí que se llamen discriminalia las cintas o vendas que usan para dividirlos.[14]

TEMPORA.-  Son  los  cabellos  que  caen  a  derecha e izquierda de  la  cabeza,  y  se dicen  tempora porque se mueven,  y su mismo movimiento  lleva consigo la  idea de movilidad de los tiempos.[15]

FACIES.-  (Rostro), viene ab effigie. En él aparece lo que es el hombre y por él se viene al conocimiento de las personas.[16] También se le da el nombre de vultus, porque por él se conoce  voluntas  o el  deseo,  y según varían  estos dos nombres,  así también varía la expresión  del rostro. Hay diferencia entre estos dos nombres, pues con el nombre de facies  se  designa el  aspecto natural de  cada persona; cuando se dice vultus  se dan a  entender los movimientos interiores.[17]

FRONS.-  (Frente);  recibe este nombre de foramen, de las cuevas  de  los ojos.  En la  frente  se reflejan los movimientos  del  ánimo,  de  la  tristeza,  la  alegría, etc.[18]

OCULI.-   (Ojos),   llamados  así  porque  los cubren (oculunt)  las membranas de los párpados  para  que no se lesionen;  o  tal vez porque  tienen  lumen  ocultum, luz oculta,  eso es, secreta, puesta en el interior. Los ojos son los  sentidos  más  cercanos  al  alma;  en  los ojos aparece el  indicio del interior  y  los  movimientos del alma.  Se les dice también lumina, luces, porque de ellos sale luz,  bien porque en el fondo tienen luz encerrada o ya porque  difunden la luz recibida de fuera.[19] La pupila es el punto medio del ojo en donde radica la virtud de  la  visión,  y  porque  en  ellas aparecen las imágenes de tamaño pequeño se  les llama pupilas,  pues a los  niños  pequeños  se  les  designa  con  este nombre. Algunos le llaman  pupulas. Se la llama pupila porque son puras e impolutas como las niñas.  Dicen los  físicos que estas pupilas dejan de existir tres días antes  de morir, y por eso no hay esperanza alguna  de vida en  los que ya han perdido la vista. El círculo que separa la pupila con una discreta negrura de la parte blanca del  ojo se llama corona, porque su redondez adorna el ámbito de la pupila. Algunos llaman bulbos a los  extremos de los ojos  por la semejanza que tienen con ellos.[20]

NARES (Nariz):  se llama así porque por ella el hombre non desinit nare  no deja de conocer el olor o hálito; o, tal vez,  porque el olor nos advierte para que conozcamos (norimus)  y sepamos algo;  y por eso,  al contrario, los rudos  e   ignorantes  se  dicen   ignari.  Los  antiguos empleaban la palabra  olfecire  en sentido de saber. Como se contempla  con  este  ejemplo  de  Terencio (Aldelph., 397): An non totis six mensibus Prius olficissem quam ille quidquam coeperet? (¿Y no estuve yo aprendiendo en todos  estos meses, antes que él empezase algo?). La parte recta de la nariz que se distribuye por igual en  su  extensión  y  redondez    se  llama  columna;  su extremidad se  llama pirula,  por  la forma  de pera; las partes derecha e izquierda reciben  el  nombre  de aletas por su semejanza con las alas,  y la parte media se llama interfinio.[29]

OS (Boca):  así se dice porque es como puerta (ostium) por donde entra la comida y salen los  esputos,  o porque entra la comida y sale la conversación, las palabras. Labios viene de lambendo,  mamar. Al labio superior le llaman labium,  y el inferior,  porque es  más grueso, le llaman labrum . Otros llaman labra a los de los hombres y labia a los de las mujeres.[30]

LINGUA (lengua);  según Barrón[31] este nombre ha sido impuesto  a  ligando,  de  ligar,  porque liga la comida. Según otros,  porque liga y forma la  palabra con sonidos

articulados; pues así como el plectro en las cuerdas, así

la lengua en los dientes forma el sonido.[32]

 

El  personaje al  que conviene  un  rostro  sobre todo   rostro es  el  que describe   S.  Gregorio de  Nisa  así:   Fuerza, sabiduría de Dios, paz, luz inaccesible en la que  habita   Dios,   expiación,  redención,  gran  sacerdote,   Pascua,  propiciación  de  las almas,  irradiación  de la   gloria,  impronta  de  la substancia del Padre,  comida y   bebida espiritual, hacedor de los siglos, comida y bebida   espiritual,  piedra y agua,  fundamento de la fe, piedra   angular, imagen del Dios invisible, gran Dios, cabeza del   cuerpo  que  es  la  Iglesia,  primogénito  de  la  nueva   creación,  primicias  de los que  han muerto, primogénito   entre muchos hermanos, mediador entre Dios y los hombres,   Hijo unigénito,  Señor de la gloria, origen de las cosas,  rey de  la  justicia,  rey de la paz,  rey de todos, cuyo  reino no conoce fronteras.[33]

1.7.-CONCLUSION.

El   pintor   románico   conocía    estas   minuciosas   descripciones y las aplicaba  a sus  representaciones con  una obediencia  religiosa (no exenta  de tentaciones  que le  acercaban  a  concepciones  más  o   menos  paganas),   dándoles un carácter simple  y sintético, dada su función   pedagógica.  A la hora de expresarse en imágenes, crea un   producto,    similar a sí mismo,  fruto de su época  y de   las anteriores,  sencillo y espiritual,  al que  Panofsky   define: “Ahora la línea es sólo  línea, es decir un medio  gráfico de  expresión sui  géneris  cuya función es la de   límitación   y  ornamentación de  superficies  y, por su   lado,  la superficie  es sólo superficie”.[34]

Bajo la férrea autoridad  -los lazos espirituales son   sutiles  pero  más  fuertes  que  los  materiales-  de la   Iglesia la  imagen  románica  cumple   otra  misión entre   didáctica,  litúrgica y espiritual,  mucho más allá de la   simple decoración y ésta, capital, no sólo con el pincel,  el escoplo y el  cincel,  sino con el  canto,  la voz, el   sonido de la campana o el rostro gesticulante del obispo.

Se ha encontrado la manera más eficaz para aleccionar   al vulgo;  de tal modo se expresa Juan  Damasceno, cuando   afirma que “las imágenes  están hechas  para adoctrinar a   los hombres iletrados,  lo mismo que los  libros para los  letrados”  y apela a los sentidos periféricos del  oído y  la  vista que completan el  gesto y  la  propia presencia   para catequizar eficazmente.[35]

Imagen  no  copiada de  la  realidad sino transformada   para ser vista por un ojo aleccionado para  ver tras   la propia imagen, para leer símbolos, por los sermones   de los pastores,  como los de San Bernardo, abad, en  los   que podemos vislumbrar una estética basada  en la  visión   que de las cosas creadas tiene Dios:  “Se  manifestar  la   cabeza gloriosa  y,  junto con él, brillarán glorificados   sus  miembros,  cuando transfigurar  nuestro pobre cuerpo   glorioso semejante a la  cabeza,  que es él.”[36] La forma   de mirar del medieval parece ser como la visión  desde la   muerte, pasadas la barreras de la materia.

Entre la fatiga  del cotidiano vivir,  el cristiano de   la Edad Media,   se halla en la  mente de  Dios -al menos   tiende a ello-  y   esfuerza en plasmar en la piedra y en   las paredes de sus templos la  imagen  propia y  la de su   Hacedor;  así se lo  recuerda San  Basilio Magno, obispo,   quien reitera la relación de semejanza del  hombre con su   Creador:  “Dios creó al hombre  a su  imagen y semejanza,   lo honró con el  conocimiento  de  sí  mismo,  lo dotó de   razón por encima de los demás seres vivos le otorgó poder  gozar  de  la  increíble   belleza   del   paraíso  y  lo   constituyó,  finalmente,  rey de toda la creación”.[37]

Por  eso  San  Gregorio  de  Nisa,   el  gran  maestro   ecuménico de  la  iglesia   griega,  puede  aventurarse a   prometer la visión del que es la felicidad personificada:   “…Dios no  obliga  a nada  que esté  por  encima  de la   propia  naturaleza,   de  ello   deducimos,   por  lógica   conveniencia,  que no hay que desesperar  de  alcanzar la   felicidad que se  nos propone…  Los que aseguran, pues,   tratando de  basarse en  las palabras  de  Pablo,  que la   visión de Dios  esté por encima de nuestras posibilidades   se engañan y estén en contradicción con  las palabras del   Señor, el cual nos promete que, por la pureza de corazón,  podemos alcanzar la visión divina”.[38]

San  Benito,   patriarca   del  monaquismo  occidental,   aconseja   a quienes quieren seguir sus pasos  en la vida recoleta y,  por ende, a la sensibilidad de su ‚poca y de   las futuras:  “…Y el Señor,  buscando entre la multitud   de los hombres a uno que  realmente  quiera  ser operario   suyo,  dirige a todos esta invitación: “¿Hay quien ame la   vida y   desee días de prosperidad?  Y si tú, al oír esta   invitación,  respondes:  “Yo”, entonces Dios te dice: “Si   amas la  vida  verdadera y eterna,  guarda tu  lengua del   mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el   bien,  busca la paz y corre tras ella.  Si así lo hacéis,  mis  ojos  estar n sobre vosotros  y mis oídos  atentos a  vuestras plegarias;  y,  antes de  que  me  invoquéis, os   diré: aquí estoy.”[39]

San  Bernardo,  comentando  el  salmo  17,  muestra al   artista  románico  dónde se halla  colmada la curiosidad,  del Señor:  “…Lo saciar‚ de largos días. Como si dijera   abiertamente:  Sé qué es lo que desea,  de qué tiene sed,   qué es  lo  que le  gusta.  No le gusta ni  el  oro ni la  plata,  ni el placer ni  la curiosidad,  ni tampoco honor alguno de este mundo.  Todo lo estima en pérdida, todo lo desprecia y lo estima  por basura…  No ignora la imagen de quién está  hecho, de qué grandeza es capaz, ni soporta  crecer en lo pequeño para menguar en lo grande.”[40]

Tal  glosario  de  consejos   calaron   más   o  menos   profundamente en el espíritu del románico de  tal manera que   su vida,  en constante búsqueda de la felicidad  a través  de la práctica de sus creencias,  le llevó a la gestación  y  alumbramiento  de  un  conjunto   de  representaciones  especiales  del rostro de Dios  y sus criaturas,  para la consecución de aquélla.

 

[1] CF S. Agustín, Confesiones, trad. V. M. Sánchez Ruiz. Apostolado de la Prensa, Madrid, 1951, P 86.

[2] “Para el pensamiento medieval era indispensable que el artista conformara su obra según una representación interior o “quasi-idea” preexistente a la propia obra.” CF Panofsky, Idea, P 39.

[3] CF De Raynold, G.: Cristianismo y edad Media, P 136.

[4] CF Sto. Tomás, Suma, 1ª-2ª, XXVII, art. 1 ad. 3.

[5] CF Cook, W. R., La visión medieval del mundo, P 73.

[6] Ovidio, Metamorfosis. Trad. Antonio Ruiz de Elvira. Barcelona, 1983, P 309-311. Op. Cit. Página 55-56.

[7] CF Sureda, P., La pintura románica en Cataluña, P 175.

[8] De Baltrusaitis son las ilustraciones del bajorrelieve de Parma y Módena; se trata de unos bustos atrapando a dos seres acuática. Nos llama la atención las siete cabezas por la fuerza expresiva, como “parte principal del cuerpo… la más genuina representación del alma”. (FG 26.4).

[9] En la pintura mural de Osormort (Barcelona) se puede apreciar esa relación facial de igualdad así como el soplo de Dios sobre el rostro de Adán, simbolizado por tres rayos que sale de la boca divina.

[10] En el frontal del Apostolado procedente de la Seu d’Urgell, en el Museu d’Art de Catalunya, se ha seguido esta distribución capilar, dividiendo la cabellera en dos zonas que parten del “vertex”. Otras caras están rodeadas por cabellos que ostentas un flequillo sobre la frente, como la del Pantocrátor de Esterri de Cardós (Lérida). Un tercer grupo de caras tienen el pelo como un todo, sin marcar el “vertex”, siguiendo la redondez de la frente, como los apóstoles de la pintura referida en primer término.

[11] Pañuelo de cuello usado por las mujeres.

[12] En el románico las cabezas se muestran de frente, tres cuartos y de perfil. La calvicie es propia de prelados, o santos para designar su consagración al Señor. En Boí (Lérida), en la ermita de Sant Pere, este muestra la parte superior de su cabeza tonsurada en arco, que se adivina continuando en la parte posterior –especie de perspectiva- que marca ostensiblemente la redondez del cráneo. S. Bricio muestra otra calvicie no tan “natural” en la decoración mural de la iglesia de S. Martí de la Cortinada (Andorra); bajo una verdadera tonsura eclesiástica, tiene un flequillo sobre la frente, cayéndole los lacios cabellos como una melena, a los lados y dejando a la vista las dos orejas; se aprecia también un rasurado por los hormigueos puntiformes. En la ilustración 23 aparece Pedro con tonsura, encabezando el Apostolario, sin ella.

[13] Se diferencian las cabelleras del hombre y de la mujer, por ejemplo en el mencionado mural de la creación del hombre de Sant Sadurní d’Osormort, donde las cabelleras de Dios y de Adán son menos abundantes que la de Eva, que la pierde tras los omoplatos. Más larga es la de Eva en la iglesia de St. Martí Sescirts (Barcelona ).

[14] La desnudez de Eva queda traslúcida por la cabellera. En la represntación de María, esta lleva un velo sobre sus cabellos. Recostada o sentada, según el tema, aparece cubierta como por ejemplo en la tabla de altar de la iglesia de A. Andreu de Segás, Barcelona.

[15] Melenas mayestáticas, para el rostro de Jesús. El rostro de Yahveh, irrepresentable para los judíos, se convierte en Pantocrátor con cabellera. Dios es concebido por el artista-teólogo medieval como masculino-femenino, creador y trino. Comentando los textos de los  Padres de la Iglesia afirma Davy: “El lugar de Cristo en el templo románico es el de creador del universo.” CF Davy, Clefs de l’art roman, P 335.

[16] La fuerza expresiva románica se basa en la serenidad de los rostros, que tienen su contrapunto en el expresionismo de los gestos faciales de los demonios, monstruos y condenados.

[17] San Ambrosio, “De caesarie”. “¿Qué es el hombre sin cabeza? Pues estando todo el hombre en la cabeza., cuando ves su cabeza conoces al hombre”.

[18] Las frentes románicas las agrupamos en tres grupos: Las pintadas con un color plano, las que intentan un parecido anatómico, con arrugas, y las que ostentas un color rojizo o un entrecejo; en este grupo se hallan las del mural de St. Climente de Taüll, en Lérida. Frente  con arrugas la de S. Pablo de la capilla del castillo de Orcau, Lérida; frentes lisas Virgen y ángeles de la tabla del altar de la ermita de Sant Romà de Vila en Encamp, Andorra. Las tres pinturas se hallan en el Museu d’Art de Cat.

[19] El ojo es generalmente almendrado y se compone de dos líneas curvas que lo delimitan junto con una mancha circular oscura en medio con un fondo blanco. Las líneas se tocan por les extremos a veces y otras no, lo que confiere a la mirada como un mayor ángulo visual. El cerramiento transmite una mayor fijeza. Ejemplo de este caso son el Apostolario de la figura 23 y miradas “abiertas” las encontramos en el Maestro de Pedret , en la iglesia de Sta. María d’Aneu, en Lérida. Ambas tablas, en el Md’AdC.

[20] Esos “bulbos” los identificamos con los ojos que denominamos “abiertos” por los extremos..

[21]Excepcional es la representación de ojos con pestañas de un demonio del Maestro de Sotiguerola  (Sala 32 del Md’AdC); se trata de las postrimerías del románico del siglo XIII. Según Farré Santera la pintura de este Maestro pide prestado al gótico naciente este recurso representativo.

[22] No existen tales pelos en el estilo románico donde los ojos miran a la eternidad desde el presente. (FG 5.5).

[23] Esas bolsa están simplificadas por la curvatura de las líneas que representan al mismo tiempo párpado y ceja. Los párpados superiores, en ocasiones, se hallan remarcados por una línea paralela que insinúa la esfericidad del globo ocular. Así lo podemos comprobar en la representación apostólica de la iglesia parroquial de Argonell, Lérida.

[24] El llanto es expresado por el gesto inclinado de la cabeza, como se ve en las escenas de la pasión en madera policromada de la sala 21 del Md’AdC. La actitud facial expresa también la resignación, el llanto, el dolor y la rabia. Contemplamos el rostro del quien es engullido por un monstruo en un capitel del presbiterio de Chauvigny. (FG 5.2)

[25] Es uno de los elementos definitorios del rostro románico, empleado para resaltar la fuerza expresiva del ojo.

[26] Mujeres, niños, siervos y jóvenes, como S. Juan, no llevan barba; ésta es signo de madurez y de autoridad y es propia de algunos hombres.

[27] Establecemos tres tipologías de mejillas: las coloreadas por un círculo rojizo, las que tienen un tercer círculo en la frente y las que no lo tienen ninguno. El círculo frontal va desapareciendo a medida que llega el gótico, no así los de la mejillas, que van difuminándose en el intento de una apariencia más naturalista. (FG 14).

[28] Raras veces dejan de ser representadas las orejas, como es el caso del frontal de altar de Sant Quirze, Durro (Lérida), en el que tanto a la Virgen como a Santa Julita, en la olla del tormento, no se les ven las orejas.

[29] La nariz es como una columna que estructura la cara, marcando la dirección –la cultura egipcia tuvo la nariz como cánon artístico-; Es el eje de una simetría aparente y se dibuja con diédrica y ortogonalmente, de forma plana: su punta y su raíz se hallan en el mismo plano. Tres tipos: frontal, tres cuartos y de perfil. En el primer caso es un trazo que comienza en una ceja prolongándose descendentemente por un lado y modula tres pequeños arcos en la parte inferior para dibujar la aletas y la pirula; la otra vertiente de la nariz es un trazo que se empalma con la otra ceja. (FG 14). En el segundo modelo el trazo abarca una ceja y desciende para dibujar la parte inferior de la nariz. (FG 16). La nariz de perfil es la continuación de la frente y el dibujo simple de la curvatura inferior, hacia el interior de la cara. (FG 32.2)

[30] La boca románica está cerrada, normalmente, habla hacia adentro. Sigue la descripción de Isidoro: “Labio superior más fino que el inferior. La boca aparece dibujada frontalmente y alguna vez de perfil. La en la frontalidad, los rictus de las comisuras pueden dar cierta sensación de interés visual hacia la derecha o la izquierda. Hay pocas bocas cerradas sonrientes, ya cercanas al sentimiento gótico, como las de la última arquivolta de la puerta sur de la Magdalena de Zamora. (FG 37 1). Las bocas abiertas están en imágenes de animales, seres monstruosos, con dientes rechinantes… (FG 32-2).

[31] Esta etimología la aporta Lactancia, que afirma: “Por eso dice Varrón que este nombre se le impuso a la lengua a ligando cibo”.

[32] La lengua se asoma pocas veces y lo hace en la boca de demonios y seres fantásticos para mostrar repelencia  o terror así como en seres fagocitantes y con una denotación eucarística. (FG 2.7).

[33] CF San Gregorio de Nisa, Tratado sobre el perfecto modelo de cristiano, CIT en Libro de las Horas

Semana XII, tiempo ordinario.

[34] CF Panofsky, La perspectiva como forma simbólica, P 33.

[35] CF S. Juan Damasceno, De imaginibus, oratio I. Trad.: Petro Francisco Zino Veronensi.

[36] Sermon 2: Opera omnia, edic. cistersiense, 5 (1968). CF. Com. Epis. Españ.: Liturgia de las Horas, Barcelona, 1981.

[37] Regla monástica mayor (Respuesta 2, 2-4) CIT Liturgia de las Horas, P 96. Martes tiempo ordinario.

[38] IBID Segunda lectura , viernes de la semana XII, tiempo ordinario.

[39] Regla de S. Benito. Prólogo, 4-22; cap 72, 1-2. Oficio de Lectura 11 de julio. IBID, P 1370.

[40] CF Opera omnia, edic. Cister., 4 (1966) IBID, P 1238.

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