11    4.11.- EL  TEMPLO,   LUGAR  DONDE  SE  VISUALIZAN  LOS SÍMBOLOS.

   

De  los muchos  elementos que el  románico  tiene para  mostrar su faz, hemos escogido en este capítulo la imagen del propio templo en conjunto  y la puerta,  la ventana y el  arco,   como   los   elementos   arquitectónicos  más importantes para su estudio simbólico.

El templo  es  la  imagen cósmica  del universo.[1] El  profeta Amós  imagina así  el  templo  de  Dios:  “El que edifica en  los cielos  sus altas moradas,  y  asienta su   bóveda en la tierra…”(Am 9, 6a).[2] Como  al  profeta,  interesa  al  románico la solución  del problema vital e intenta hallarla  en la unión  de lo   de  arriba  y  lo  de  abajo,   del  complemento  con  lo complementario,   recurriendo  a  analogías  que realizan   algún tipo de unidad más o menos perfecta; así,  el cielo  es masculino, la tierra, femenina; la unión del círculo y  el cuadrado en el templo.  Esquema del círculo es la cruz  y   “cruz y cuadrado simbolizan juntos el cosmos, cielo y   tierra”.  Comentando un pasaje de S. Jerónimo (Comment. in   Ez 1,  I)  dice Champeaux que m s que fijarnos en la interpretación en  sí  lo  hagamos en  que era comúnmente   admitido que el paso de lo terrestre a lo  celeste, de lo  imperfecto a lo perfecto se hace pasando del  cuadrado al  círculo, “achaflanando los  ángulos”.[3]

La iglesia toda  en  su  concavidad está  representando el cielo.  Lo cóncavo,  dentro y fuera de ella, participa de connotaciones  celestes:  El  ábside románico, el arco,  la bóveda, la cúpula, la pila bautismal, lugares donde se celebran los misterios de la fe,  son la sacralización de lo terreno,  la  continuación  del arco  celestial  en la tierra,  el círculo que representa la unidad perfecta. El cuadrado es la parte terrena, el resto del templo.[4]

El  ábside o cabecera se une al simbolismo  del círculo   tanto por la  etimología  del término   (en griego absis) que  designa a la  bóveda,  como por  razón  de  la forma circular que presenta  en  la  planta,  la mayoría de las veces.[5]  Esta  cabeza  se  orienta  hacia  donde, desde siempre,  se ha creído que está  la fuente o el origen, el Oriente,  lo que da  carácter  sagrado a  la construcción toda.[6]

“Cuando afirmó los cielos allí estaba yo; cuando trazó el círculo sobre la faz del abismo”. (Prov 8, 27). El templo románico, antropomórfico, es el microcosmos, es  el  hombre  como  cuadrado  cósmico,  orientado a los cuatro vientos como un nuevo Adán simbólico. Porque la fábrica de  la  iglesia con  sus  detalles  es  símbolo y manifestación de los planes  de Dios y su  propia imagen. Así,  “el artista que  la construye y  quien la contempla captan la armonía que gobierna el mundo dirigido por Dios y la vida futura que le aguarda”.[7]

El  templo  es  la  unidad,  el  lugar  donde  ésta se realiza.  El  reencuentro con  el  origen  puro  donde el hombre   románico veía el mundo como   unidad y todos sus símbolos  le remitían a una realidad  más  profunda: todo era  signo  del  Todo.   Aquellos  le  materializaban  la realidad  auténtica,   inaccesible  por  la  sola  fuerza humana;   requería ser un lector de tales  imágenes desde la   fe.  “Las pinturas  y  ornamentos  que  están  en la iglesia son las lecturas y las escrituras  de los laicos, lo dice  S.  Gregorio:  una cosa es  adorar las pinturas, otra cosa es  aprender,  a través de la historia,  lo que representan,   lo  que  se   debe  adorar…”125

La actitud del  artista,  que  construye  y decora el templo,  debe  ser  humilde  para  llegar  a  descubrir y plasmar la realidad presente y trasladar al  espectador a la futura.  Afirma  Conrado  d’Hirsan:  “Cuando  te hayas ofrecido a ti  mismo y todo  cuanto te pertenece  a Dios, entonces lo que hay en ti de riqueza recibida  o natural, es idóneo  para  ser don de  Dios,  si lo has ordenado al culto divino de forma justa, santa, discreta, en el lugar y tiempo preciso.”126

“La arquitectura es una manifestación de los planes de Dios;  el artista  que la construye y el que la contempla captan la armonía que gobierna el mundo dirigido por Dios y  la vida futura  que le aguarda.” “Las pinturas  de los techos  son   como  el  ejemplo   de   los   justos,  que representan el  ornamento acostumbrado  para  la iglesia.

Las  pinturas  se  realizan  por tres  razones; en primer lugar  para  que sean  leídas por los  laicos, en segundo lugar,   para  que  el  edificio  se   adorne  con  dicha decoración y en tercer  lugar,  como recuerdo de nuestros predecesores en la vida.”[8]

La iglesia  está  en el  centro del mundo,  y el hombre litúrgico  en  el  centro  de  la  iglesia,  como  afirma Champeaux,[9] él es su medida y el que debe comprender su significado en su totalidad y en sus partes. Es el templo un  rostro  que mira  y es  mirado,  es el rostro de Dios hecho materia.[10]

Esta oración  de  S.  Juan  Damasceno[11]  ensambla dos realidades,  la iglesia y la  puerta, relacionándolas con la razón de su desasosiego, similar a la del románico por ser hallado digno de  ver,  de poseer el cuerpo y  la faz del  que es  templo  y puerta:  “Ante  las puertas  de tu Iglesia  estoy y no  me libro de los  malos pensamientos. Pero tú,  ¡OH Cristo Dios!  que justificaste al publicano (Cf. Mt 9,  9-13)  y te compadeciste de la cananea (Mt 15, 22-28)  y abriste al ladrón  las puertas  del paraíso (Lc 23,  40-43)   ábreme las entrañas de tu bondad y ya que me acerco y te  toco,  recíbeme como  a la  pecadora  (Lc 7, 37-40)  y  a la  hemorroisa  (Jn  8,  43-48)…  Pero yo, miserable, que me atrevo a recibir todo tu cuerpo, no sea arrojado al fuego… Por los ruegos de la que te engendró virgen  y  de  las  potestades  celestiales;  porque eres bendito por los siglos de los siglos. Amen.”[12]

4.11.1.- LA PUERTA.

Repetidamente la palabra “puerta”  ha irrumpido en los párrafos anteriores en contexto doctrinal; su importancia es patente.  Superando las alegorías políticas  y de tipo ceremonial,[13]  la  puerta  del románico  es  esto y algo mucho más importante: es la representación y el inicio de la  salvación,  la entrada a la definitiva  felicidad que supera la  justicia.  En la  Edad  Media las  puertas del templo eran  ungidas con aceites crismales el  día  de la dedicación.[14]    Se   recitaba  tres  veces   el  salmo: “Attollite  portas,  principes,  vestras,  et  elevamini portae  aeternales,  et  introibit  Rex  gloriae.”[15]  Su primera función queda así patente,  dejar paso a Dios, el Rey de la gloria  -por la “Porta   Triumphalis” pasaba el general  romano    victorioso  transfigurado  en  Júpiter, costumbre heredada de los etruscos-. En la Edad Media el obispo era el primero que traspasa las  puertas seguido del clero  y  el  pueblo.  El obispo exorciza la  puerta  con una cruz  y dice  : “Ecce crucis signum,  fugiant  phantasmata  cuncta”. [16]   Esos animales fantásticos  de  algunas puertas románicas deben  ser losmalos  espíritus que han tendido que salir  del  templo yhan  quedado petrificados,  para  adoctrinamiento  de los fieles que en su día escucharon la conminación del obispo o que tal vez vieron cómo huían, como lo vieron el día de la  consagración  de  la  iglesia  de  santa  Águeda,  en Suburra,  en forma de cerdo. [17]

Cabeza rostrada de la iglesia de la Colina de Losa.

Cabeza rostrada de S. Vicente de la Barquera.

Para  nosotros  es  este  el  sentido  que  tienen las “cabezas rostradas”  de una serie de iglesias  en la zona de Villaviciosa,  en España, y  en   el románico atlántico europeo de Irlanda,  Inglaterra y Francia[18] (Fig. 36.7; 36.8).  Los espíritus malignos se alinean en la curvatura de las arquivoltas  de las puertas,   sosteniendo con sus picos de arpía, alguna de aquéllas, como las que aparecen en la puerta del  imafronte de Sant Ebbe  de Oxford.

Ademaro  de  Chabanne,  a  principios  del  siglo XIII decía:  “La presencia del crisma  transforma  el edificio como el bautismo   regenera el ser entero del hombre.”[19] . El aspecto didáctico de las portadas es evidente y su simbología es variada,  yendo desde las que presentan la  gloria de Cristo  Pantocrátor,[20] hasta las que  presentan una  decoración  animal,[21] geométrica,[22] floral[23]  o simplemente arquitectónica, sin m s detalles que las arcuaciones de  la  piedra.[24]  Del Proslogion de Anselmo  entresacamos  esta referencia puerta-facial, porque esto  es   lo  que  representa  primordialmente la puerta: cara y paso hacia otra contemplación mejor.

Iglesia de Sta. Mª de La Horta y puerta norte de la Catedral  (Zamora)

“Entra  en  el  aposento  de  tu  alma;  excluye todo, excepto Dios  y lo  que pueda ayudarte  para  buscarle; y así,  cerradas  todas las puertas,  ve en pos de  él. Di pues,  alma mía,  di  a Dios:  “Busco  tu  rostro, Señor, anhelo ver tu rostro.”[25] (Fig. 7.3; 7.6).

San  Buenaventura  afirma:  “Cristo es el  camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, él, la placa de  la  expiación colocada  sobre el  ara  de  Dios  y el misterio escondido desde el principio de los siglos.”[26] Siguiendo la línea simbólica del cuerpo aplicada  a la iglesia,  la puerta puede ser la boca de  ese cuerpo, una de las manifestaciones de la faz de Cristo. El tímpano de la iglesia románica  de  Rheineau (Suiza),  situada en la torre barroca  del monumento actual,  muestra este rostro simbólico por medio de todos los  rostros de la creación:

En la parte superior,  el Agnus Dei, la vegetación tupida deja entrever  pájaros y animales cuadrúpedos y algún que otro monstruo,  envolviendo  una cabeza,  colocada  en la parte  inferior,  en la vertical del cordero  místico; se trata  de  la  entera  faz de  la creación con  el rostro explícito del primer Adán y del nuevo Adán, Cristo-cordero.

La  curvatura  de  la  parte  superior  de  la  puerta románica  es la misma que la   del  cráneo humano, siendo cuadrada  su configuración mandibular -la  parte inferior de la misma puerta-, completando así el contorno facial y siendo   también  imagen  del círculo y  el  cuadrado, el cielo  y   la  tierra,   unidos  en   un   solo  elemento arquitectónico.  Como la  frente,  el tímpano adquiere la importancia de  la  parte pensante y  más espiritual,  es como el “sancta sanctorum” o lugar de la manifestación de la divinidad, a semejanza del  ábside. [27]

San Prudencio,[28]  en el siglo V,  considera al cuerpo del cristiano un templo en el que se realiza la salvación por  la  Pascua  de  Cristo;  como la  sangre del cordero pascual protegió los dinteles  de las casa de  los judíos en Egipto,  así la sangre de Cristo protege al cristiano, verdadera casa  cuya  puerta  es ungida en  la frente. La cara  es como una puerta  por la que penetra Cristo en el templo del cuerpo: “…Tú retratas (pueblo judío) al vivo nuestra  pascua  y  con  las  prolongadas  figuras  de la antigua Ley representas todo el misterio que  contiene la verdadera pasión que protege con su sangre nuestra frente y  que,  señalando el  rostro,  unge la  casa  de nuestro cuerpo.”[29]

La función de  la  puerta  es  la de dejar  pasar o de cerrar  el  paso.   Por ella  entran  los  iniciados, los salvados por la sangre de Jesucristo, según enseña Pablo: “Teniendo, pues, hermanos, plena seguridad para entrar en el Santuario  en virtud de  la sangre de  Jesús, por este camino nuevo y vivo,  inaugurado por él para  nosotros, a través del velo,  es decir de su propia carne.”  (Heb 10, 19-20). No pueden acceder al templo los que no son dignos de  participar en los misterios.  S.  Cirilo de Jerusalén amonesta así a sus neófitos:  “Dícese en el Evangelio que uno fue a ver lo que sucedía en las  bodas, y vistiéndose de un hábito indecente entró,  se sentó y comió… Mas el esposo viendo que uno no estaba vestido con el vestido de la boda le dijo: `Amigo, ¿cómo has entrado así?’…”[30]

Dice   al respecto  Beigbeder comparando  la situación íntima  del  que  entra  en  la  iglesia:  “Las sucesivas arcadas  son otras tantas  puertas  que hay que atravesar tras sucesivas purificaciones.”[31]

Hay  también   imágenes   que   lo  atestiguan, como interpreta Champeax:  “Los leones pueblan las portadas de las iglesias románicas,  sus ventanas,  la entrada de sus presbiterios;  benéficos perros  de guardia, terroríficos en ocasiones…”[32]   Esto queda confirmado en las instrucciones que  el  Arzobispo  Carlos  Borromeo da para la construcción de una iglesia,  donde coloca  a dos leones vigilantes en la entrada.[33]  Rostros de animales, alternando   con   rostros   humanos,   configurando   la arquivolta mayor de la  puerta lateral de la  catedral de la Seu d’Urgell,  Lérida; también uno de los capiteles de dicha puerta  es  la cabeza de  un león guardián[34]  o el canecillo perro-león de la misma edificación.

Las  molduras  pétreas que acompañan la  puerta  y que tienen su réplica en las que    se suceden en el interior del templo,  hasta  desembocar  en  las que  dan  paso al presbiterio  -final   del   camino   iniciado   desde  la inseguridad  exterior-,   llevan  consigo  la  simbología anunciada en la puerta y que acaba,  muchas veces, con el mismo tema  iconográfico,  en  el   ábside:  El  juicio de Cristo Pantocrátor; son, con la simbología atrapada entre sus columnas, arcos y tímpano, la manifestación de lo que se realiza en el  interior,  son una misma cosa, muestran ya el rostro de Dios.[35]

Tímpano iglesia de Moissac

Si el  templo  es  la  visualización del  cielo  en la tierra,  por su puerta se accede al cielo, donde se puede ver a Dios y sus  ángeles:  “En verdad, en verdad os digo: `Veréis el cielo abierto  y a los  ángeles de Dios subir y bajar  sobre el  Hijo  del Hombre’.”  (Jn  1, 51).[36] San Cirilo de  Jerusalén de  dirige  a los catecúmenos  y les anima  diciendo:  “Ya  estáis ante la  puerta del palacio real y ojal  seréis introducidos por el mismo Rey…”

La puerta es un  reclamo para el ignorante,  el pobre, el cansado, es la voz  que invita al caminante quien, por la  Iglesia,  por la  fuerza  de  los artistas románicos, pregona con la piedra y las formas de ella arrancadas las palabras de  Cristo:  “Venid a mí  todos  los  que estáis cansados y sobrecargados,  y yo  os  dar‚ descanso”. (Mat 11, 28).

La  limosna dada  a los mendigos  en  la  puerta de la iglesia  era un  gesto de esta realidad  trascendente, ya que la participación de los bienes terrenos daba acceso a los  celestes  donde Cristo  era el  pastor.[37]  Se hacía presente lo  que Cristo  dijo  de  sí  mismo:  “Yo soy la puerta  de las ovejas.  Todos los que han venido antes de mí son ladrones  y salteadores;  pero  las ovejas  no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estar a  salvo;  entrar  y saldrá   y encontrará  pasto.” (Jn 10, 7-9).  La verdadera  limosna es sin  duda la predicación, así  se  entienden las palabras   de S.  Pablo:  “Orad al mismo  tiempo  por nosotros  para  que Dios  nos abra una puerta  a la Palabra,  y podamos anunciar  el Misterio de Cristo,  por cuya  causa estoy encarcelado.”  (Col 4, 3). “Vended vuestros bienes y dad limosna.  Haceos bolsas que no  se  deterioran,   un  tesoro   inagotable   para  los cielos…”  (Lc 12,  33).

 La puerta es pues el  rostro de Cristo.  Su palabra es la  que   abre  las   puertas  del  cielo.   Su  palabra, pronunciada  por su  rostro,  dice a los fieles románicos desde  la decoración de  las puertas:  “Luchad por entrar por   la  puerta  estrecha,   porque,   os  digo,  muchos pretenderán  entrar  y no  podrán.”  (Lc 13,  24).  El es puerta  y  llave,  abarcando  toda  la  simbología  de la entrada al templo:  “Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave  de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra nadie puede abrir.” (Jn 3, 7b).

Jesucristo es llamado “puerta de la Fe”,[38]  ya que la predicación,  por la que se accede a la fe, es la entrada a una nueva realidad pronunciada con el mensaje visual de la puerta románica.

El rostro,  que es la puerta,  es un microcosmos en el que se ven  los signos del  zodiaco en su rueda  física y simbólica,[39]  se ven las aguas del río del  Edén bajando por las estrías ondulantes de  algunas columnas  y  en las cenefas zigzagueantes de  algunos  arcos,[40]  se  ven los animales y las plantas de los capiteles que  sustentan el tímpano,[41]  o  de los  arcos que conforman y  realzan la simple entrada,  tapada por la madera de la puerta. (Fig. 7.4)  Todos esos  símbolos  se  pueden  hallar  juntos en algunas  portadas  románicas,  y  por  separado  en todas ellas.

El templo de piedra es la visión de otro templo que se construye  en  el  interior  del  fiel  románico  que  ha interiorizado las enseñanzas  de  lo  que  ven  sus ojos, escuchando las palabras de la predicación recibida  en el primer templo:  “Mira que estoy a la  puerta  y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entrar‚ en su casa y cenar‚ con él y él conmigo.” (Ap 3, 20).

Pasar  la puerta es  algo definitivo:  es entrar en la cena, la Pascua, el paso a la vida eterna, donde se ve el rostro de Jesucristo,  sentados con él,  que también dice en otro lugar:  “Yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros,  como  mi  Padre lo  dispuso para  mí, para que comáis y bebáis a mi mesa  en mi Reino y os sentéis sobre doce tronos par juzgar a las doce tribus de  Israel.” (Lc 22, 29-30).

Por la boca se accede a la comunión física y total con el  motivo  principal  de  la  fe,   Cristo,  siendo  una verdadera puerta para San Juan Crisóstomo,  cuando afirma en  la  Homilía   a  los  bautizados:   “…Si  el   ángel (exterminador)  cuando vio la  sangre  de  la figura tuvo respeto (Cf.  Ex 12, 13), cuánto más huir  el diablo y se quedar  lejos,  al ver la sangre de la  verdad, la sangre de  Cristo,  no derramada sobre las puertas,  sino  en la boca de los fieles,  en las puertas, digo del templo vivo de Dios.”[42]

 

Boca=Puerta.  En la  puerta  está  la boca  del templo, ella es parte importante de su apariencia,  de su rostro. La puerta  es la boca del templo y la boca del fiel. Dice San Juan Crisóstomo:  “Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las  puertas  rociadas  con  sangre  simbólica, ve brillar  en  los labios  de  los fieles,  puertas  de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huir todavía  más lejos.”[43]  De  nuevo  San  Juan Crisóstomo: ”Y  ¿por  qué hablo  del  futuro?  Pues  ya  aquí este misterio hace  que la tierra te  sea el  cielo. Abre, por consiguiente,  las puertas del cielo  y mira: más aun, no las puertas  del cielo, sino las del cielo de los cielos, y entonces verás  lo que está  dicho.  ¿Y cómo no  sólo lo ves,  sino  que lo  tocas;  no sólo lo tocas  sino que lo comes, y habiéndolo tomado te vuelves a tu casa?”[44]

Al final de  los tiempos,  en  los que el  románico se cree  vivir,  la  Jerusalén  mesiánica  aparece  como  un magnífico templo al que se accede por doce  puertas, doce lugares de  predicación,  ya  que simbolizan  a  los doce Apóstoles,   capaces   de  convocar  a   todo  el  mundo, significado por las doce tribus de  Israel: …”Tenía una muralla grande  y alta  con doce puertas,  doce  ángeles y nombres grabados  que  son  los  de  las  doce  tribus de Israel; al oriente, tres puertas; al norte, tres puertas, al  mediodía,  tres puertas;  al occidente, tres puertas, que  llevan  los  nombres  de  los   doce  Apóstoles  del Cordero.”  (Ap 21,  12-14). Se nos ha descrito el esquema del templo románico tomando a la puerta como su símbolo.

Dos citas finales para resaltar su  importancia: “Nada profano entrar  en ella, ni los que cometen abominación y mentira,  sino solamente los inscritos en el  libro de la Vida del Cordero.” (Ap 21, 27) Recordamos la puerta de S. Claudio de Olivares, para fijarnos en el protagonismo del cordero que la  preside,  rodeado   de múltiples animales celestialmente simbólicos.  “Dichosos  los que  laven sus túnicas,  así podrán  disponer  del  árbol  de  la  Vida y entrarán por las puertas  en la Ciudad.” (Ap 22, 14).

Los floridos capiteles de  las columnas  que sustentan las arcadas de los tímpanos de las iglesias románicas son las copas del   árbol  de  la  Vida;[45]  en  el  libro que sostiene  el  Pantocrátor,   en  cualquiera  de  aquellos tímpanos,  se hallan los nombres de los  fieles románicos que atravesaron las puertas de sus iglesias,  lo cual nos dice que están vivos, ya que tal libro es el de la Vida.

     4.11.1.1.- PUERTA DE LA MAGDALENA DE ZAMORA.

De  la  iglesia de  la Magdalena,  situada en el casco antiguo de  Zamora,  su puerta sur  muestra  seis arcadas profusamente decoradas  e invita al caminante a pararse y meditar. En el arco más exterior, cuarenta y seis rostros sonrientes hacen visible tal invitación  (cuatro de ellos han  desaparecido por el desgaste  de la piedra,  pero su lugar aún hace patente su presencia, por analogía con los restantes,   bastante   bien   conservados).   Otros  dos rostros humanos  igualmente risueños están en  la segunda arquivolta decorativa,  uno  de  ellos en  la vertical de punto m s alto del arco, el segundo pertenece al busto de un prelado,  con un  báculo  en la mano  izquierda.

El  número  es  un  elemento simbólico con  el que los artífices logran  aproximar  al  creyente  a  Dios,  como afirma   san Zenón de Verona: “Cristo es el día realmente eterno y sin fin que tiene  a su servicio las  doce horas en  los   doce  Apóstoles   y  los  doce  meses   en  los Profetas.”[46]

Aparece aquí el número uno, en la cara del león, en el único   rostro  del   joven   y   en   del   prelado;  la multiplicidad,  en las  46  pequeñas  cabezas.  El número cuarenta hace relación a los cuarenta años de  camino por desierto del pueblo judío, a los cuarenta días de ayuno de Cristo o los cuarenta  días  de  la  cuaresma.  El número seis es el número creacional.  Uniendo los dos conceptos, podemos  afirmar que se  trata de una  creación  tras una penitencia;   seguramente   como    sucedió   con   María Magdalena,    pecadora   arrepentida,   titular   de   la iglesia.[47]

La  cabeza  que se  halla en  la parte  superior de la mencionada arcada es barbilampiña y sonriente, el cabello le cae sobre la  frente en dos rizos y es  largo  por los flancos de   la cara,  dejando al descubierto las orejas; se trata de  un  joven,  al que Guadalupe  Ramos  da como posible atribución  la  de Cristo.[48]  De ser ello cierto sería muy interesante,  ya  que son pocos los  rostros de Cristo representados de  este  modo,  proliferando los de Cristo  Majestad,  serio y con barba.  Hace relación, sin duda,  a  la visión feliz del hombre  nuevo de  S. Pablo, cuyo prototipo es Cristo.[49]

 

      4.11.1.2.- APROXIMACION

La alegría del rostro en medio  de la naturaleza es la protagonista   de    esta  puerta  singular.  Su  aspecto creacional desparramado  en  sus  arcadas,  en  número de seis,   simbolizan la fuerza de Dios en  su manifestación temporal.  El  hombre,  desde  la  puerta,  dominando  la naturaleza,  multiplicada su  faz en  la arcada superior; Dios,  en el  interior  del templo,  descansando tras los seis  días  de   la creación  aún no  perfecta.  Las ocho columnas que sustentan las  arcadas  hacen  pensar  en el misticismo del octavo día de la nueva creación. De lo que no cabe  duda es del aire  festivo que emana  tal puerta, ya  que  todos  los  rostros,  tanto  los  de  la  última arquivolta como los del citado “joven”,  el del prelado e incluso  el  del  león  de  cuyas  fauces  sale  toda  la decoración vegetal[50]  de la penúltima  arquivolta; todas las caras están sonrientes.  Según Champeaux  las máscaras de cuyas bocas salen tallos son símbolos creacionales.[51]

Es de un rostro de donde procede   la creación y ésta, gloriosa,  nueva, resucitada. Es la invitación al pecador (la  iglesia   está    dedicada   a   una   gran  pecadora arrepentida,  María Magdalena)  a que penetre en la nueva vida  -hombre nuevo-  que se  gesta  en  el  interior del templo. Los rostros de la última arquivolta simbolizan la alegría del justo,  son como frutos del árbol  de la vida que   representa  la  puerta  toda,   llena   de  motivos vegetales;  la interpretación de Honorio de Autun  remite a la   gestación y de ésta al alma,  alojada en la cabeza repetidamente  alegre.

La portada toda es un rostro  abierto a la  gloria, es una  boca  que pregona las hazañas  del  Señor  sobre las asechanzas  del demonio -los  monstruos de  los capiteles con rostros de hombre y cuerpo  de ave,  cola de dragón o pezuñas de  caballo-  agazapado,  retorciéndose alrededor del  árbol.[52]

[1] CF Champeaux, Introducción a los símbolos, P 139.[2] “El temple és partició i divisió (Tempora-Tempus), llur realitat simbólica és el Creador”. Curso Doctorado, Arola, R., Facultat de Belles Arts de Barcelona, 1984-1985.[3] IBID, P131.[4] “La cruz y el cuadrado son universalmente conocidos como símbolos perfectos de la tierra”. IBID, P 38 [5] Introducción a los símbolos, P 98 .[6] CF Sebastián, S., Mensaje del Arte Medieval, P 48. [7] El primer hombre ADAM, formado de la tierra, contiene las iniciales de los cuatro puntos cardinales, según la interpretación cristiana de los primeros tiempos: A=Anatolé(Oriente), D=Dysmé(Occidente), A=Arctos(Septentrión), M=Mesembria(Mediodía). CF H. Augustodinensis, De gemma animae. [8] CF Yarza, J., CIT Honorius A. [9] IBID, P 340. [10] Arola cita en su obra un texto indio de Coomaraswamy: “Hem de construir con ho feren els déus en un principi”…”Tot això no és més que repetir amb altres paraules que la similitud és respecte a la forma pre-concebuda; y això és precisament el que volem dir per “creació”. L’artista és la providència de l’obra que s’ha de fer.” [11] CF Tex. Eu. Prim., Sobre la fe ortodoxa, L.4 c.13 (MG 94,1136 B-1153 C). [12] AMEN es también el rostro de Cristo Pantocrátor que da cumplimiento a la fe de quien lo come. CF Apocalipis, 3, 4[13] CF Sebastián, S.  IBID, P 127. [14] Los aceites sagrados se usan tanto en la bendición de las puertas como para su administración a las personas; la puerta es pues parte de esta “persona” que es el templo. [15] CF Historia de la liturgia (II) P 1054-1055. [16] IBID, P 1055. [17] IBID, CIT S. Gregorio Magno (Dialog., III). [18] CF “Las cabezas rostradas, un tema ornamental en el románico de Villaviciosa”,  CIT a Asturialensia Medievalia, 3, Oviedo, 1979. [19] CF Léxico de los símbolos, P 116. [20] Tímpano del pórtico mayor de la catedral de S. Lázaro de Autun y tímpano del nártex de la iglesia de la Magdalena, en Vézelay. [21] El cordero y una serie de variados animales decoran la puerta norte de la iglesia de S. Claudio de Olivares, Zamora. [22] LA puerta sur o del obispo, de la catedral de Zamora, tiene cuatro arcuaciones con una decoración de de un módulo de dos ramas curvas aplanadas. [23] La iglesia de S. Juan de Puerta Nueva, Zamora, tiene una decoración floral en la las arcadas de su puerta sur. [24] La puerta de la torre de la Santa María de la Horta, en Zamora, es un ejemplo de austeridad ormaental por la carfencia de formas. [25]CF  Opera Omnia, Edic Schmitt [26] CF Liturgia de las Horas, Lectura 15 de Julio. Opúsculo sobre el itinerario de la mente hacia Dios, 7, 1. Opera Omnia, 5, 312.[27] Cf Sebastián, Mensaje del Arte Medieval, P51. [28] “Sois edificación de Dios” (1Cor 3, 9). [29] IBID Catenerion, $ V. [30] Procatequesis I. Catequesis de S. Cirilo de Jerusalén, P 14. [31] CF Léxico de los símbolos, P 348. [32] CF Introducción a los símbolos, P 335. [33] “La porta centrale debe distiguersi dalle altre e nella intelaiatura e nelle ornati, specialemnte nella basílica catedrale, ove conviene ornarla con la scultutra di leoni sull’esempio del Templio di Salomone, el quale ordinò, di scolpirli sulla base a significare la vigilanza dei Presidi. (Ire 7, 29)”. CIT Arte e Liturgia, P89. [34] CF Ilustración  P 60, Grans monuments romànics i gòtics. [35] “Al repetir le tema del juicio en la puerta y el ábside, se trata de representar el “nunc” ey “tunc”, o sea, la acción presente y la final.” CF Cattaneo, Arte e Liturgia, P 89-90. [36] El tímpano de la iglesia de Moissac  muestra, precedido de un pórtico, la presencia del Hijo del Hombre, en Majestad, rodeado del Tetramorfos, ángeles y elegidos, entre una exquisita flora celestial. (FG 3.2). [37] “Si deseas que te hable aún de un cuarto camino, te diré que lo tienes en la limosna: ella posee una grande y extraordinaria virtualidad…Podrás acercarte confiado a la mesa santa y salir con gran gloria al encuentro del Señor, rey de la gloria, y alcanzar los bienes eternos por la gracia, la misericordia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo.” CF S. Juan Crisóstomo, Homilía 2 Sobre el diablo tentador, 6: PG 49, 263-264. CIT Liturgia de las Horas, martes XXI, P 153-154. [38] “A su llegada (Pablo y Bernabé) reunieron a la Iglesia y se pusieron a contar todo cuanto Dios había hecho juntamente con ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe”: (Hch 14, 27) [39] En la portada central de la iglesia Kunstgesch, Seminar Marburg, en Vézelay. [40] Iglesia de S. Claudio de Olivares, en Zamora (España). [41] Capiteles de la puerta Sur de la Iglesia de la Magdalena, Zamora. [42] CF Tex. Euc. Prim., P 662 $ 953. [43] CIT Liturgia de la Horas, Catequesis 3. 13-19; Lectura del Viernes Santo. CF Coeditares Litúrgicos, Barcelona, 1980. [44] IBID P 609. Homilía sobre la carta a los Corintios[45] “El árbol, como símbolo de la vida y de lo sagrado, se halla en la entrada de los templos. El Liber floridus de Saint-Omer (XII) representa  el árbol bueno, la Iglesia (de hojas diferentes y multicolores) y el árbol malo, la higuera, la Sinagoga (hojas iguales y monótonas). El árbol de Jesé es un árbol mariano”. CF Champeaux, Introduccióna los símbolos, P 370, 386-387. [46] CF Introducción a los símbolos. [47] Para Honorio de Autun el número 46 es el número de Adam , que en la letras griegas a=1, d=4, m=40, es decir un total de 46, de lo que también deducía que el alma se unía al cuerpo 46 días después de la concepción. CF Sebastián, S., IBID, P 102. [48] CF Ramos, G., El arte románico en Zamora, P 127. [49] “..Hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo está en los cielos y lo que está en la tierra.” (Ef 1, 10). “…para crear en sí mismo, de  los dos, un solo Hombre Nuevo…”(Ef 2, 15). “Y a revestirnos del Hombre Nuevo, creado por Dios, en la justicia y santidad verdaderos.” (Ef 4, 24). [50] Es sol y símbolo de la resurrección, según Beigbeder. OP. CIT. P 291. 87 CF Introducción a los símbolos, P 483. [52] Según Guadalupe Ramos, la iglesia. OP. CIT. P 128