1 PROLEGÓMENOS

   Una tesis puede tener muchos  puntos  de  arranque  que pueden gustar o no  a los posibles  directores  de  las mismas,  que ven  posibilidades  de  éxito,  ya  que  en  caso  negativo, orientan, insinúan,  obligan al   que desea emprender la  ardua tarea  de su realización a que opte por otro tema más fácilmente dirigible…. El de ésta, el rostro románico, ha interesado y agradado desde un principio.

Cómo abordar este  trabajo fue  una  tarea  previa al mismo o mejor,  primordial. El primer paso fue limpiar, aislar el tema de  otro  más ambicioso,  cual era el estudio del  rostro en general,  a  través  de  la  historia y bajo el  aspecto plástico (término que había de ser matizado).

Acotar el trabajo a la época del románico fue   otra especie  de intuición,  ya que la primera fue el hecho mismo de escoger el rostro como tema  de estudio. El segundo paso era hacer un  esquema de trabajo  cuyo esqueleto fue aproximadamente: Justificar la importancia del tema; estudiar la situación social, política y religiosa de la época en que se daba ese tipo de rostro;  cómo se plasmaba éste en las manifestaciones humanas que han llegado hasta nosotros; analizar el significado profundo  que   ellos   descubrían  en  el   rostro;   sacar  las conclusiones que tal estudio aportara.     Un segundo esquema se fue perfilando a medida  que avanzaba  la  investigación quedando en: Introducción,  justificación del tema;  rastreo del hecho capital en la Palabra de Dios,  especialmente en los salmos; antropología medieval; simbolismo, esoterismo; la liturgia, expresión viva del sentimiento   románico;   el  templo,   el   altar,   la  puerta; visualizaciones  ejemplares  del  hecho  facial.   Este  plan  de trabajo no sería tampoco el definitivo…

Me sentí un poco cual pelota de goma, ya que fui rebotando de profesor en  profesor,  de una universidad a otra,  hasta  que un director efectivo  me  adoctrinó y guió  en  el  nuevo  estilo de investigación no abordado hasta  el momento de escribir  la tesis -no se escriben éstas cada dos por tres-.  Algún que  otro manual de cómo hacer tesis han pasado por mis manos,  pero  una cosa son los consejos y otra la labor constante y el entrar en el juego de escribir pensando que se tiene que demostrar algo que  no se sabe muy bien qué va a ser o cómo va a devenir; al menos eso es lo que yo he experimentado.

Una  serie  de  trabajos  sobre  el   tema  en  cuestión se amontonaban  en  los disquetes del  ordenador.  Mi  paso  por las bibliotecas de la  Facultad de Bellas  Artes de  Barcelona, de la Universidad  Central,  del Archivo  Fotográfico  Románico,  de la Facultad de Teología de  Barcelona,  habían dado por resultado un acopio  de  datos  que  hacía  falta  coordinar.

Inscrita la  tesis en  el  curso  1984-85  con  el título “La plástica del rostro  en  el románico”,  vio cambiado el enunciado cuando  en  un  traslado  de  matrícula,  desde  Barcelona  a  la Universidad  de Salamanca quedó  en:  “El rostro en el románico”. Septiembre de 1990  era la fecha de  la lectura,  mas la falta de tiempo para  perfilar  tanto el  contenido de  la  tesis  como su edición  y  detalles  de  confección  del  tribunal  me  hicieron solicitar, consultado el parecer del director, prórroga que se me concedió.  Siete  años  parecen mucho tiempo  pero  ahora  que han pasado son un recuerdo ligado  a la  tesis y a   los cinco hijos, saltando entre sus páginas;  el mayor,  ahora de diez años, tenía sólo dos cuando  la  comencé…  Entonces  tenía en  la  mente la imagen de un solo rostro románico, el que se ha divulgado más, el ovalado  y sintético de  un Pantocrátor.  Actualmente sigue en mi mente  éste  y muchos  más,  algunos  completamente  distintos al primero,  pero  igualmente  románicos,  he  descubierto  que  unos refuerzan a otros y todos a  un rostro universal que  el románico no logró acabar de expresar  con la  materia pero si vio  y sobre todo vivió,  el  rostro  de Dios  del que se  limitó  a hacer como caricaturas, en el mejor sentido de la palabra.

La espiritualidad oriental se mezcla con la  occidental en el románico y la sacralidad cobra la  más alta  cota jamás alcanzada en extensión y  en  profundidad,  el  rostro  que  contempla esta realidad y el  rostro que nos  queda    como reflejo de la misma, tienen un  sello especial,  el sello románico  que nosotros hemos descubierto,  o  al  menos,  desempolvado.  Lo hemos  realizado a través de  una  mentalidad  cercana  a  los  realizadores,  a los pintores y escultores  de  la  Época ya que,  como ellos, estamos reflejando en  nuestra  propia  faz  y  en  las  obras  que vamos pintando y esculpiendo la imagen de esta generación, para que, no muy tarde,  investigadores de otras épocas, descubran cómo fuimos a través del “espejo del alma”,  la cara. Hago mención de la obra pintada por mí,  a ratos y a lo largo de ocho años  en la iglesia de  Santa  Llùcia  de  La  Fuliola,   en  Lérida,  cuya  génesis, desarrollo y finalización me piden un trabajo monográfico  y que, realizada  paralelamente  a  la  confección  de  esta  tesis,  ha participado también de  sus frutos,  ya  que  las investigaciones progresivas  en  ésta  enriquecieron mi intención  expresiva y los pinceles cada vez más románicos,  como en justa  recuperación; no en  vano  los  muros  de  la  iglesia  que  estaba  pintando  son ampliación de los de  otra iglesia románica, a la que los años le fueron  añadiendo decoraciones  externas  y  espacios  internos a expensas de su  sabor primigenio.

De mis recuerdos románicos y las visitas al Museu d’Art de Catalunya surgió como una llamada, tal vez de los frescos de tantas iglesias del Pirineu que fueron “despojadas” artísticamente y que prestaron su cromatismo a las maquetas donde se pueden contemplar hoy.

Desde mi condición de artista  me interesaba conocer el cómo y el por qué de quienes pintaros en la Edad Media aquellas imágenes tan sugerentes y tan vivas aún a pesar del tiempo transcurrido desde su realización. ¿Dónde estaba su “inspiración”?

Rodeado yo mismo de tantas obras románicas ya desde que vi la primera luz –bautizado en una pila románica-, en una iglesia de la misma época, se puede afirmar que estaba predestinado a reencontrar un mundo en que siempre habías estado.

“Tomé el librito –que sostiene en su rodilla, compendio de todo el románico- de la mano del ángel y lo devoré, y fue  en mi boca como la miel; pero, cuando lo comí se me amargaron las entrañas. Entonces me dicen: ‘tienes que profetizar otra vez contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes´.” (Apocalipsis, 10, 10). El resultado de tal experiencia es este otro libro.

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