12 CONCLUSIONES FINALES

 

Se nos ha revelado en estas líneas precedentes el por qué  el románico se presenta cobrando carácter de estilo, motorizado   por   una   serie   de   condicionantes  que eclosionaron en la Edad Media,  mucho más que el  cómo lo hace,  es decir,  analizando estilos dentro del  estilo y bajando a estudiar minuciosamente corrientes  más o menos cercanas  unas  de  otras o con parentescos  con culturas anteriores, cosa que aún sin ser un erudito está  ante los ojos de cualquiera que mire la obra románica y  sea capaz de apreciar  las claras  diferencias  de  ésta  con otros estilos, mas no la motivación.

“El  alma,  en efecto,  iluminada por la fe, alcanza a concebir en la mente una imagen de Dios,  y llega incluso a contemplar al  mismo Dios  en la medida en que  ello es posible;  le es dado recorrer los límites del  universo y ver,  antes  del fin del mundo,  el  juicio  futuro  y la realización de los bienes prometidos”.[1] Es una descripción anticipada y al mismo tiempo conservada del motor vital de quienes, pocos siglos más tarde, pintaron y esculpieron los artífices-artistas cristianos  de  la  época  románica.

El estilo de vida de los románicos ha dado origen al “estilo” románico. Colocados en parámetros escriturísticos, litúrgicos y vivenciales, nos hemos podido acercar  y entender un poco la raíz de la “inspiración” del “artista” románico.

Se trata de un peregrinaje tras la faz de Dios en la del Hijo, Jesucristo-Pantocrátor.  Aquél se deja ver  por medio,  en primer lugar, de la catequesis  cristiana -tras el ocultamiento de la época ejemplarizante vivida por los israelitas-, en segundo lugar por las imágenes salidas de tal predicación.

El artista  medieval  se  expresa  con  imágenes mucho mejor que con tratados  y se  define  creyente  en un Ser  Superior  capaz  de  salvarle  de  su  propio   tiempo  y remitirle a la vida eterna de la que tiene un anticipo en la imagen que su mente es capaz de  crear y de  la que el   rostro es el culmen,  la primera razón de su quehacer. Es por ello que se puede hablar de una auténtica cultura del rostro  vivida  de  una  forma  peculiar  y  difícilmente superable.  Es, por la adecuación a lo real, una herencia del mundo clásico,  del que copian no   la tipología sino lo que está  debajo de ella,  el símbolo, pero, sobre todo siguen el camino  espiritualista del  mundo bizantino, de cuya espiritualidad emana; surgen conceptos creacionales similares  a los  que  generaron  los  iconos.  El rostro románico    es     una     simbiosis    clásico-religiosa original y plenamente religiosa-humanizada.

Ha quedado  referenciado  anteriormente  con citas de autores sacros   como S.  Agustín,  S. Juan Damasceno, S. Basilio Magno,  S.  Bernardo y otros  muchos, el máximo interés en simbolizar los conceptos  por ellos expresados relacionados con la fe,  y también   que fueran clara y llanamente expresados  por medio  de  sonidos  e imágenes asequibles al oído tanto como al ojo, sentidos del cuerpo localizados   en  la  cabeza  que   dirige   su  atención primordial a otras cabezas:  las de  las representaciones que a la consideración de los fieles se realizan.   Es de una  forma  “transformada”  como  son  representadas  las figuras celestes y cuantas a ellas se asemejan, meta a la que aspira el cristiano de la época románica, pregustando la definitiva visión de la cabeza suprema de Cristo, tras la muerte física, una vez experimentada la muerte de cadadía, en la inconformidad de la propia historia, superando ésta con  la  fuerza  emanada  de  las  enseñanzas hechas carne,  de la fe vivida  entre las liturgias,  los rezos, las veladas  supersticiones o los  arrebatos místicos; es una  imagen  transfigurada la   que   proyecta  al hombre románico  a  la   imagen  que  tendrá    en  la  verdadera transfiguración,  tras la vida aparente.

La liturgia es la gran ordenadora de la vida románica que va en busca de la contemplación de la faz divina y se auxilia de todos los recursos expresivos, en los que la forma humana es la protagonista y el rostro el máximo exponente.

La  imagen primordial y escatológica, el rostro prototípico    del  románico  es el  de  Cristo Pantocrátor,  simple en una síntesis de  lo  aparente y lo que está   más allá   de los sentidos,   humano  y   celeste,   apuntando,   desde  la superficie  plana  del  muro  o  la  tridimensión  de  la materia,  a la inmortalidad. El rostro de Dios es el centro subliminal y real hacia el que confluyen todos los demás

rostros en  un intento de asemejarse y ser como él. En lo anímico, la fuente es la fe y ésta vivida a través de la tradición y cultura cristina, con la Biblia y las celebraciones religiosas y físicamente, las obras realizadas para su contemplación y utilización: templos, pinturas, esculturas, ornamentos, etc.

El rostro aparece de forma insistente en toda la cultura románica, simbólica y fehacientemente. El arco es el cráneo románico, la puerta es la boca, las ventanas son los ojos, la bóveda es la testa, los capiteles son otras tantas cabezas testigos de la historia del hombre y sus deseos y pasiones; los canecillos, las ménsulas, los rostros asonantes, etc., vociferan de forma ascensional, guiados por los pastores cristianos, por obispos y presbíteros, en una peregrinación hacia una vida mejor, que trasciende lo visible.

El artista románico hace una representación a modo de “foto”  del hombre de  su época  (no le sirve  la que  el mundo  clásico ha  realizado  del   hombre  de  su propia época), contempla el rostro  creyente y pinta lo que éste vive con su propia  apariencia. [2]   Por todo ello plasma una imagen  generalmente  simple,  casi  plana  cuando pinta, intencionadamente caricaturesca, con el rictus más humano posible,  cuando esculpe,  eliminando  zonas  del cuerpo, resaltando otras,  figurando, desfigurando y configurando siempre un rostro  total hecho de  rostros satélites. Nos hallamos de  nuevo ante  la  unidad  que nos  presenta el románico donde el edificio se hermana con lo que contiene lo que representa y lo que en él  se realiza;  en el caso de la pintura,  ésta se hermana con los muros, se trata de una forma expresiva plana, adaptada a la arquitectura, remedando al hombre de las cavernas, informando, adoctrinando, conviviendo con las ceremonias religiosas, “cargando las pilas” para el cotidiano quehacer y trascendiendo la finitud de   la materia.

Porque lo  simbólico está  tras la  apariencia de las “cosas”  románicas  de  una  forma  muy  particular;  los capiteles,  las  portadas,  los arcos,  las pinturas, los objetos   del   culto,   en  general,  son  otras  tantas referencias ya directas,  ya por ordenación jerárquica, a la cabeza románica,  en una simbología  final, por encima de la particular de cada objeto.

Donde ello se vivía de forma más existencial era en las liturgias, realizadas por un pueblo-cuerpo con una “cabeza”,  el obispo  o su delegado,   quien proclama la Palabra  Divina  -Jesucristo-,  presidía  la  asamblea en representación        suya,        administraba  los sacramentos-alimento,   predicaba  una  concepción  de la vida que no acababa en la muerte,  conducía al  resto del cuerpo a la visión y gozo  de  la faz de divina,  con  la insustituible ayuda de la tramoya icónica.

Toda la vida estaba  simbolizada en  los días de   la rueda  del año   natural y litúrgico que giraba,  con sus doce cabezas  simbólicas,  alrededor  de  la  torre  o la cúpula románicos,  alrededor de la cabeza  de la creación nueva   que   era  el  Cristo   románico,  ordenador  del macrocosmos,  reflejado en el  pequeño mundo compendiado, el hombre,  que veía el rostro de Dios en cada simbolismo sacro.

El  rostro  del  mal,  personificado  en  el demonio, aparece  como  repelente   contrapunto   para  forzar  al cristiano a la huída de las concupiscencias de  la carne, que llevan a la muerte eterna.  Es un  rostro que recobra facetas  humanas   y   animales   frente   al  mencionado estereotipado-románico, más plano y abstracto, gozando ya de la inmortalidad predicada,  contemplada y vivida en la esperanza de una visión perfecta.

Toda  la  época en  la que  se desarrolla el románico participa de un afán capitalizador y la iglesia  tiene en ella  una  importancia  extraordinaria,  jamás  vuelta  a ostentar  a lo  largo de  la Historia;  estuvo a punto de “ser  un solo rebaño  bajo un solo  pastor”; [3] algo simple falló     para conseguirlo  en plenitud,  ya que el mejor ingrediente    sí existió,  la  cabeza  de  Cristo  y sus enseñanzas.  Tal vez el impedimento para  tal consecución unificadora universalista   fuera el hecho  de querer ser el hombre el único conductor de su  historia  valorando más la apariencia que la trascendencia, al   portador del símbolo   como  finalidad   inmediata,   más  que   a  lo simbolizado.  La  multiplicidad de  cabezas, de pastores, hizo que se entrara en otra etapa histórica, dando fin al románico vivo,  relegándolo  a la  condición de  fósil, a veces despreciado.

La etapa románica se distingue por la libertad con que se enfrenta  a la  representación  de la divinidad  y por tanto de   su rostro y lo hace influido por una reverente imaginación, tras las luchas y sentimientos iconoclastas, más  cercanos  a los símbolos,  que son  asimilados en la cultura románica como tales y en la manera  de diseñar el rostro  de  Dios.  El esquematismo   y la geometrización, sostenedores  de  un  realidad   visual que remite a otra realidad  experimentada  en  el  fondo  de  la conciencia románica, guían la mano del artista románico.

Nuestro  trabajo ha  consistido  primordialmente en un repaso  del  acontecer  románico  con  ojos   de  artista integrado en  la  propia  época actual y  en la románica, cuanto  nos  ha  sido  dado  realizar  a  través  de  los condicionantes  que  movieron  a  los  artistas   que  la plasmaron,  bebiendo  en  las mismas  fuentes  en  que lo hicieron  ellos  y  participando  de  la  misma  vocación interpretativa,   muchas veces injustificable y  reacia a ser analizada cuantitativamente  e  incluso racionalmente -por  ser la   del  artista una condición  que  hunde sus raíces en terrenos no mensurables más que con  imágenes y símbolos-,  ha sido aproximado al primer elemento, al más importante,  surgido del  fuego interior que  les movió a plasmar un  estado  anímico con unos  elementos matéricos que tuvieron  y mantienen su  máxima  expresividad  en el rostro.  Es un trabajo realizado  a pinceladas, retoques, acercándose y alejándose de la  obra,  cual se hace en la elaboración de un cuadro,  que pide al  que lo contempla, para que lo goce en plenitud el mismo estado de  ánimo de quien  lo  pintó,  así  como  que  la  ubicación  sea  la adecuada,  con la  misma luz que  tenía  el  tema  al ser pintado.  El resultado es un sólo rostro románico,  el de Cristo Pantocrátor.

[1] CF. S. Cirilo de Jerusalén. Catequesis 5, sobre la fe y el Símbolo. CT Libro de las Horas, miércoles XXXI.

[2] Cristo se presenta como luz del mundo. CF Juan 8, 12.

[3] CF Juan , 10, 16.