4 EL ROSTRO ROMÁNICO/CARICATURA

1.1.3.-EL ROSTRO ROMÁNICO COMO “CARICATURA”.

La  representación  del  rostro  se  hace  de  un  modo especial,  románico, distinto al actual, como distinto es el concepto que del hombre existe en una y otra época. Es la imagen  de  éste,  una imagen que se  acerca  más a lo simbólico que a lo real,  que busca la  realidad en otros par metros, distintos de los que los sentidos periféricos son capaces de percibir. Es una especie de caricatura. Es una visión “ideoplástica”,  como afirma Verworn, capaz de acentuar  los   elementos   esenciales  y   suprimir  los secundarios.[1]

Según Gombrich la caricatura fue definida  en el siglo XVII  como  un método de  hacer retratos que  aspira a la máxima semejanza del conjunto de una fisonomía, al tiempo que cambian todas las otras partes componentes.[2]La cabeza en sí se vuelve como más importante, ya que, a parte   su propia representación “caricaturesca” es, al mismo tiempo,  lo más “ideoplástico”  de  la  persona, su resumen,  el centro. Eliade, investigador comprometido en los  pensamientos antiguos,  dice de la cabeza que  es el “centro”,   la   “roca   de   Jerusalén”   que  penetraba profundamente en las aguas subterráneas (Tehóm) o como la cima de la montaña,  de un árbol, de un pilar situados en el  centro  del  hombre  -como  las  montañas,  árboles y pilares símbolos de la unión terrestre y celeste-.[3] Para los románicos es  también un  lugar  primordial y por  eso,  simbólico.  Afirma  Cirlot  que  “en  el  arte medieval  simboliza la  mente y la  vida  espiritual, por cuya  razón  aparece   con  gran   frecuencia  como  tema decorativo.”[4] Esta reiteración icónica es lo que nos llama la  atención;  analizaremos sus  motivos,  su proyección.

Para  el  románico la cabeza  es,  como para Platón en el “Timeo”,  la imagen del mundo, pero de un mundo románico, esencialmente simbólico. La frontalidad insistente de la cara y en especial de los ojos, es un mundo directo, sencillo y plano en el que se refleja la simbólica curva celeste.[5]

Para el fiel románico se trata de  llegar  a las aguas   de la existencia  donde todo se refleja y descubrir el  otro rostro, el de Dios. Otra característica del hombre medieval es la diferente relación personal con el mundo trascendente eminentemente cristiano.

Nos encontramos frente a un rostro esencial, caricaturesco, en el mejor sentido de la palabra,  el que rige los destinos del hombre.  El hombre caricaturizado se halla en el cielo. Tras  la  belleza,   apreciada  por    la  experiencia sensorial y  puesta  en  tela  de  juicio  por  la razón, adoctrinada por la fe cristiana, el hombre medieval ve en ella  un  doble  efecto:  nocivo  si  se  detiene  en los sentidos o escala simbólica para llegar a   la perfección suprema del creador, si escapa de lo engañoso de éstos.

 

virgeen con niño

La  estética,  otro tipo de estética,  distinto al que rige la creación artística actual,  estar  detrás de toda creación.[6]   Antes  de  llegar   a     Roger   de  Piles (1635-1709),   quien   hace   la   primera  consideración detallada  de  la  teoría  de  la  pintura  del  retrato, haciendo  especial  mención  de  la  importancia   de  la expresión,[7]  nos interesar  descubrir  en los pensadores anteriores  al  románico  y  en  los  que  lo  viven  qué entienden por hombre y por su imagen.  El ámbito románico no se sustrajo de algo que  va unido a  la propia esencia del ser:  verse   y reflejarse,  proyectarse a otro plano distinto  al que toca inmediatamente  su piel,  pero a su manera.   Cada época es un Narciso  contemplándose en las mismas aguas primordiales para hallar algo que trasciende su propio  ser,  y el románico lo consigue de  una forma, tal  vez,  la  más trascendente  de todas  las épocas. La pintura,  la arquitectura,  la escultura y los documentos literarios -esencialmente bíblicos y  litúrgicos- prestan el soporte estructural  de lo que era evidente en un plan meramente especulativo,  de primer golpe de vista.[8] Como botón  de  muestra aportamos el  sentir  de  S. Cirilo de Alejandría asimilado por el  románico:  “Y si  somos unos para otros miembros de un  mismo cuerpo   en Cristo, y no sólo entre nosotros mismos,  sino también para  aquel que está  en  nosotros por  su carne,  ¿por qué, entonces, no procuramos  vivir plenamente  esa unión que  existe entre  nosotros  y con Cristo? Cristo,  en efecto, es el vínculo de unidad,  ya que es Dios y hombre a la vez.”[9] Es de un solo  rostro  del que habla el  románico,  del de Cristo, acompañado de otros, que hablan de él.

PLANTA VICH

El rostro es un elemento  expresivo que ha  llamado la atención de cuantos se  han acercado de alguna  manera al arte románico:  “No existe en el arte románico,  tan rico en  recursos convencionales,  en lo que se  refiere a las situaciones   representadas,    una   única   manera   de representar el cuerpo humano y la expresión del rostro… Así tenemos un rectángulo más o menos  redondeado para el conjunto de los rostros,  una larga línea  para las cejas y la nariz, una doble línea para la boca, etc. Obviamente se trata de una esquematización que hay  que  indicar con cautela,  porque  de país a país  y de  maestro a maestro cambian   las   medidas   y   las   técnicas   debido  al estancamiento  de  las comunidades  feudales  en  la Edad Media.”[10]    Erwin  Panofsky  habla  extensamente  de  la proporción en  el  arte  y en  su apartado sobre  la Edad Media  nos confirma  algo  que ayuda nuestro  interés por demostrar  la  importancia  del  rostro   en  esta  etapa expresiva  de  la humanidad:  El rostro es la  medida del cuerpo humano.[11] El modus operandi de los pintores medievales a la hora de solucionar  la  cara-imagen es la visualización  de la teoría  antes  preanunciada  por  S.Cirilo  que  se puede resumir en    “todo viene del punto” y éste, Jesucristo.

La   cabeza  se  enmarca,   a   menudo,   en  círculos concéntricos,  otras en esquemas fundados en el cuadrado, llegando siempre   a  una  esquematización admirablemente simbólica por lo trascendente.[12] De todos modos, aunque a veces la figura  no se mide  por el módulo de  la cabeza, esta  parte  del  cuerpo  sigue   teniendo   importancia, deducida ésta del estudio que de aquella hace  en la nota citada anteriormente.  Pero  es verdad también  que, como dice Scobeltzine,  los pintores y los escultores animan a veces sus figuras,  sin que eso quiera decir  que remitan continuamente  a esquemas  de  composición.[13]  Este mismo autor prueba en su libro la existencia de  una estructura de pensamiento general en la época feudal.  Para nosotros esta estructura  viene  reforzada  artísticamente  por la representación reiterada y peculiar  de  la figura humana y, sobre todo, de la cabeza.[14]“El  hombre,  microcosmos,  es  un  universo  a escala reducida,  su carne es la tierra,  su sangre  el agua, su aliento el aire,  su calor vital,  el fuego, su cabeza es redonda como la esfera celeste,  los ojos brillan en ella como el  sol y la  luna,  siete  aberturas  en  el rostro corresponden  a los siete  tonos  de  la  armonía  de las esferas,  su pecho contiene el aliento y recibe todos los humores del cuerpo  como  la  mar recibe los  ríos, y así sucesivamente,   indefinidamente,   como   testimonia  el Elucidarium  atribuido a Honorius de  Autun.” (Gipson).[15] Es  patente  la  analogía  de  esta  ordenación   con  la estructura  social  y  universal,  en  la  que  la máxima importancia corresponde a  la  cabeza,  comparada  con la esfera celeste y lo que luego sigue…

Antes,  durante  y después del románico,  los  rostros son recursos  expresivos  utilizados  para expresar ideasque rigen la  sociedad,  como la justicia,  la verdad, la prudencia o  la  misma  divinidad,  los  múltiples dioses egipcios, los retratos mortuorios de la época romana, las monedas con la  efigie  regia…[16] Las representaciones de  la figura humana  que hace el artista  románico  son  flexibles,   remiten,  desde  una naturaleza con caracteres diferenciados o que se deforman según las  necesidades   de  la  propia  composición, del marco o del mensaje,  a otra realidad comprendida por los propios  artífices  y  por  aquellos  a  quienes  se  les explicaba,  como vehículo de las enseñanzas cristianas.[17]

Ello aclara las adaptaciones que sufre la  figura  en los capiteles   o   en  la  obra   monumental,   necesaria  o aparentemente   accesoria,  donde,  como  nos  hace notar Scobeltzine,   se  manifiestan   más   evidentemente  los vínculos con la sociedad.[18] (FG 2.7) La importancia de la cabeza en la metría del cuerpo es también patente en autores   y tratadistas posteriores al románico,  como   Alberti,  Leonardo  da  Vinci, Ticiano, Durero.  Este último tiene estudios concretos de cabezas, normales  y  deformes,   así  como  personificaciones  de virtudes  o representaciones  mitológicas en  las  que el rostro  ha  sido  tratado de forma  cuidada reforzando el contenido total de la composición. Pero ya no es lo mismo y  los resultados  tampoco.  La  sociedad  ha  cambiado y condiciona  las representaciones  de  los que  forman esa misma sociedad.

La  imagen  es cada vez más fiel  a la  naturaleza. El arte se desacraliza poco a poco.  La razón está  en  que el sentido del símbolo para  el hombre de  hoy es poético con respecto a la realidad y para el hombre medieval ésta no tiene sentido sino como símbolo.[19]

CABEZA

El hombre  es realmente  la medida de  lo creado,[20] el que le  da  sentido y así,   en  el  románico,  el motivo ornamental y el ser humano son  superponibles -hace notar Henry  Focillon-,[21]  lo  que  refuerza  nuestros  asertos anteriores.  De pronto,  el ser  humano  se  parece  a un animal o a una  planta.  Se requiere una educación visual del  símbolo,  que  los  románicos  recibían  de  quienes estaban  en  contacto  más  directo  con  las  fuentes.[22]Contemplada una cabeza humana en un capitel, todo capitel hará  referencia a la cabeza,  a su expresión, a la fuerza comunicadora  del  rostro:  el  capitel  ser   un  rostro parlante.

Existen capiteles cuya configuración es únicamente una cabeza,  pero los hay en los que es  la  figura humana la única protagonista y,  en muchos casos,  notamos la mayor proporción  de  la  cabeza  con  respecto  al  resto  del cuerpo,[23]   reforzando  el  valor  primordial  de   ambos elementos, cabeza y capitel. Se  llega  a  una  esquematización  en  la  que entran vegetales  y  animales,  por  ejemplo   las  variantes de palmetas  que el  mismo Focillon  muestra,  sacadas de la investigación de  Baltrusaitis,   que  van  desde  las de aspecto puramente vegetal pasando por las semi-animales a las puramente animales.[24]  Las plantas  se transforman en cabezas,  o  éstas  surgen  entre  hojas  vegetales;  los animales tienen cabezas humanas o  los  humanos degeneran en animales  en  ese lugar tan  importante didácticamente como es el capitel.[25]  La forma humana se  transmite, por analogía, a la vegetal, y al revés, la planta remite a la cara.  De ahí se pasa a la  universalización: toda planta dibujada  de   una  determinada manera  es  una cara. Una portada románica  adornada  con  motivos  florales  es lo mismo que  otra  adornada  con  rostros.  La  flor  es un rostro. De la misma manera, ser  igual estar contemplando un  arco  con relieves   animales que rostros  humanos en otro arco.

Lo  que  aparece  en  el  mundo  de  la  imagen  viene alimentado por lo  que ocurre  en  el  cotidiano existir; todo está estructurado como   un cuerpo en el  que una es la parte pensante  y   muchas las  secundarias, que están obligadas a obedecer a la cabeza. Dice  Goff  que la  Cristiandad medieval  es bicéfala, tiene dos cabezas,  el Papa y  el rey-emperador. Gregorio VII da un paso decisivo  a este respecto con  el Dictatus Papae  de 1075,  donde afirma entre otras cosas: “Sólo el pontífice romano es  llamado a justo  título universal…

El es el solo cuyo nombre  debe ser  pronunciado en todas las  iglesias…”[26]  Se  vive  una  constante  lucha  porimponer  la  autoridad,  por  ser  la  cabeza,  del poder temporal o del espiritual,  o  de  ambos a la  par. En el ámbito familiar  el  padre es  la cabeza;  el hombre está sobre valorado,  siguiendo  la  enseñanza  bíblica.  En el Génesis  Eva surge del costado  de  Adán;  Pablo,  en sus epístolas,  estructura el  orden en  la  familia y  en la asamblea litúrgica con el hombre por delante de la mujer, porque “el engañado  no  fue  Adán,  sino  la  mujer que, seducida,  incurrió en la trasgresión”. (1Tim 2, 14). La autoridad,  que emana   ya del Papa ya del rey, tienen un común  origen:  Dios,  la  suprema cabeza.  De El sale el poder  y la  fuerza  para que el hombre,  limitado, pueda acceder a otra realidad  plena:  la vida eterna, donde se alcanza  la  felicidad y la  autoridad no  tiene sentido, donde todo es cabeza, en Dios. La  imagen  prototípica   de   la   divinidad   es  el Pantocrator,   Cristo  en  Majestad   (Maiestas  Domini), rodeado por los cuatro  vivientes,  presidiendo  la mayor parte  de las cuencas  absidiales,  de los frontales y de los baldaquinos del románico  catalán.[27]  Para  el hombre medieval,   su  visión  resultaba  sobrecogedora  -afirma Sureda-.  Según el Apocalipsis de san Juan, el aspecto de Cristo  debía ser semejante al  de  un  hijo  de hombre y sublime como el sol…  “sus ojos, llamas de fuego…” El se proclama a sí mismo  alfa  y omega, principio y fin.[28] Toda autoridad, la familiar, la monástica, la gremial, la civil y la religiosa,  tienen en la fe cristiana un medio eficaz de convivencia y de fuerza para  que el  fiel o el súbdito sean adoctrinados eficazmente y reciban la fuerza para  cumplir  las  normas  emanadas  para  tal  fin.  La remuneración es la vida futura y  la fuerza,  la fe en su existencia y en la visión de Dios.

CAPITEL S. PANTALEÓN

Escribía santo Tomás: “Es preciso, pues, que al hombre se le  conceda ayuda no  sólo  para  obrar en  orden a la consecución de dicho fin (la vida eterna) o para inclinar hacia  él  su  deseo,  sino  también   para  que la misma naturaleza humana sea elevada a una dignidad tal que este fin le resulte connatural.  Esa ayuda es la  gracia. Para inclinar el afecto del hombre a ese fin,  se le otorga la caridad.  Las demás virtudes se le conceden a  fin de que pueda  realizar obras  por las que sea  posible conseguir dicho fin”.[29] Esa gracia es ayudada por el  contorno del  ser,  por el decorado que lo envuelve: por la imaginería, por la arquitectura,  por la representación  repetida del rostro de  Dios,  al que se acerca analógicamente  por la vista y por la fe en su conciencia interna.

El  cristiano  románico  es  animado  por   voces que, siglos antes,  resonaron para los  primeros seguidores de Cristo:  “Carísimos,  ahora  somos hijos de  Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que cuando  aparezca,  seremos  semejantes  a  él,  porque le veremos tal cual es”  (1 Jn 3, 2). Como lo contempla Adán en el momento de recibir  el hálito divino  en su rostro, en la decoración  del semicírculo absidial  de la iglesia parroquial de Sant Sadurní  d’Osormort (Barcelona)[30] Nos llama   la  atención  la  fuerza  de la mirada  mutua, de creador y creatura, así como la cabeza de perfil de Adán, atravesando la puerta de salida del paraíso, de espaldas a Dios; sus rostros ya no se miran. Volver  a visionar  la  divina  faz será   el  afán del románico, siguiendo la doctrina cristiana de la que vive: “Ni el ojo vio,  ni el oído oyó,  ni vino a  la mente del hombre lo  que Dios  ha  preparado para los  que le aman” (1Cor 2, 9). Es la visión que transmiten en los frontales con sus Apóstoles contemplando a Cristo,  en el centro de la composición,[31]  o la clarividencia de los mártires que les da fuerza para arrostrar los más crueles sufrimientos sin un gesto de  miedo o crispación,  serenamente, con la mirada hacia lo alto. El frontal de altar del martirio de los santos Quirico y Julita, en la iglesia de Sant Quirze de   Durro  (Lérida)  es  un  ejemplo  admirable  en este sentido.

Los abades  adoctrinan a sus frailes:  “Sabemos  de una triple  venida  del Señor.  Además de la primera  y de la última, hay una venida intermedia. Aquéllas son visibles, pero ésta no.  En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres  cuando, como atestigua él  mismo,  lo vieron  y lo odiaron.  En la última, todos ver  la salvación  de Dios y mirar  al que traspasaron. La intermedia  en cambio es oculta,  y en ella  sólo los elegidos ven al  Señor  en lo más íntimo de  sí mismos, y así  sus almas se  salvan.  De manera que,  en la primera venida,  el  Señor vino  en  carne y  debilidad;  en esta segunda,  en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad”.[34]

La  capitalidad papal hace llegar  su  voz a  toda la cristiandad:  “Esta visión y este disfrute de  la esencia divina duran sin interrupción  y sin fin hasta  el juicio final y a partir de  entonces  para  siempre”.[35] El  fiel románico,  para quien se han  realizado todas las obras  románicas -que no sólo para que los eruditos o los  curiosos   de   hoy   las   contemplemos-,  cumplir finalmente  el  deseo  repetidamente  expresado  por   lo escrito,  por  lo  pintado,  por  lo  esculpido,  por  lo construido:   ver realmente a  ese  Dios  en  persona; él colmar  todas las ansias,  él  acabar   la interpretación simbólica del hombre románico.

 

[1] IBID El arte en la Edad Media, P 69. [2] CF Gombrich, E. H., La máscara y la cara. [3]CF Eliade, Imágenes y símbolos, P 44. [4] CF Cirlot, Diccionario de símbolos, cabeza [5] “El románico puro transforma la convergencia aparente referida al espacio en una forma plana “ornamental”…” CF Panoffsky, E., La perspectiva como forma simbólica, P 33. [6] La estatuilla de marfil de la Virgen y el Niño, con su gran cabeza, anatómicamente desproporcionada la de la Madre y pequeña la del hijo, el museo Nazionale de Bergello, Florencia, son admiras hoy por su estética “arcaizante”, románica, por se una obra de arte. Cuan fue realizada ésta y todas las de su entorno histórico, no lo fueron para ser admirada en los museos sino para otra finalidad más trascendente. [7] IBID P 38. [8] Este esquema es el que organiza el templo románico, humanizado, como una persona viva, por medio de los símbolos que hacen trascender de la materialidad a la vida eterna. Ver las plantas de Sint-Foy de Conques, de Santiago de Compostela, de la catedral de Vic. Figura 37.7. [9] CF Textos eucarísticos Primitivos. Comentario del Evangelio de S. Juan. [10] Conti F. Cómo conocer el Arte Románico [11] El Manual del Pintor del Monte Athos “atribuye una unidad al rostro, tres al torso, dos tanto a la parte superior como inferior de la pierna, un  tercio de unidad (correspondiente a la longitud de la nariz)  a la parte superior de la cabeza, un tercio a la altura del pie y un tercio al cuello…La longitud total del cuerpo sumaba, en general, nueve de estas unidades.” CF Panofsky, E., El significado de las artes visuales. P 92. [12] Ver la cabeza de S. Florián en Salzburgo, convento de Nonnberg, basada en círculos, o la cabeza de Cristo de una vidriera de la catedral de Reims, cuadriculada con la medida de la nariz como lado de dicho cuadrado. FIG 30.5. [13] CF Scobeltzine, El arte feudal y su contenido social, P 41. [14] Consultar Apartado: El momento creador. [15] IBID P 35. [16] Aleccionadora es la imagen de un manuscrito ilustrado de Prudencio del siglo XI, en Londres, Britich Museum (Add. 24199, fol. 6r.), en el que la Pudicitia decapita a la Libido[17] La imagen del cordero, copiada de los Beatos, aparece en los murales y en la piedra esculpida, para visualizar la figura de Cristo, manso y humilde, ejemplo para sus seguidores. [18] Un capitel de la parte inferior de la ventana del ábside de la iglesia de S. Pantaleón de Burgos, es la cabeza de un hombre, seguramente Adán, contemplando su propia creación, que se completa en el interior del templo. [19] Para Jung la sociedad actual está entrando de nuevo en la barbarie porque ha dejado de entender los símbolos. El se acerca a los símbolos religiosos dice “ pura y exclusivamente con el propósito de conservar mediante el entendimiento los valores que representan y poner a la gente en condiciones de pensar simbólicamente, como podían hacerlo todavía  los pensadores de la iglesia primitiva.” CF Símbolos de la transformación, P 242-243. [20] Un dibujo realizado hacia 1200, de la Biblioteca Municipal de Reims, representa el mundo mediante círculos sobre los que se halla la figura de un hombre de abundante cabellera y con barba, los brazos y las piernas abiertos, apoyando los pies sobre dos cabezas y agarran do con las manos otras dos, símbolos de los cuatro vientos; en los círculos, entre los brazos y las piernas, nueve bustos; bajos las axilas otros dos y sobre el muslo izquierdo otro, en total doce: los meses del año. La cabeza es el símbolo escogido para la simbología del creedor sobre los elementos. [21] CF Arte de Occidente. La Edad Románica y Gótica, P 52. [22] En la Biblia Pauperum (versión de 1471), leemos: Nabucodonosor, rey de Babilonia, hizo poner a tres niños en un horno ardiente, y mirando hacia dentro, vio junto a ellos a un cuarto, que era igual al dios sol. Los tres significan para nosotros la Trinidad de la persona y el cuarto la unidad el ser.”. Daniel, cap. III). CIT Símbolos de transformación, P 180. [23] IBID P 106. [24] CF Focillon, H.  IBID, P 101. Palmetas de Lescure, la Charité-sur-Loire, S. Ambrosio de Milán y de Lichères. El resultado final es un único rostro común a dos animales, casi humano. (FG 26.2) [25] Una cabeza surge de una hoja en un capitel de Rasdof, con un águila sobre ella. Tremenda fuerza expresiva la de la cabeza humana ensamblada a un cuerpo leonino en otro capitel de la cabecera de la iglesia de Vallejos de Mena, en Burgos. (FG 4.4) [26] CF La civilización del Occidente Medieval, P 360-364. [27] Los Pantocrátor absidiales de : S. Climent de Taüll, Santa María de Mur, Sant Pere de La Seu d’Urgell, Esterri de Cardós, Benavent de la Conca, Etc.; o los frontales del Apostolado, en el Museu d’ Art de Catalunya, de Coll, Farrera de Pallars, S. Martí de Ix, la ermita de Esquius, S. Andreu de angostrina, S. Esteve de Llabars, etc. [28] CF La pintura románica en Cataluña, P 57. [29] CF Santo Tomás, De veritate. CIT El evangelio de la gracia, P577. [30] Actualmente en el Museo Episcopal de Vic. [31] El frontal del apostolado del Muse d’Art de Cat. Sugiere esta visión, que como un premio a una forma de vivir: el seguimiento del Maestro. [32] El cordero místico, Cristo, en medio de círculos, preside múltiples páginas de Beatos, como un nuevo sol, en lo alto, con una serie de franjas, ocupadas de abaja arriba por santos, mártires y ángeles, con el Tetramorfos empujando el Carro de la Mercabà. Así se representa en el comentario al Apocalipsis del Beato de Liébana. [33] CF S. Agustín, obispo, Salmo 109, 1-3. Cit Liturgia de las Horas. [34] IBID Sermón 5 en el Adviento del Señor, 1-3: Opera omnia, edic. cisters., 4, 1966, 188. [35] CF Benedicto XII: D. 530; F. C. 964. CIT Faynel, Jesucristo el Señor, P 394.

 

 

 

 

 

 

 

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