5  EXIGENCIA SOCIAL DE UN ROSTRO.

  1.2.-EXIGENCIA SOCIAL DE UN ROSTRO.

Dice Davy que la tendencia   del románico  a la unidad -nosotros la  llamamos  punto y rostro-  le viene  de  su estructura  religiosa,  ya  que la  religión   del hombre medieval es bíblica y patrística.[1]  Cristo es el maestro -el centro-  de la Historia y de la naturaleza según Hugo de  san Víctor.[2]    Porque  los  románicos  lo hicieron, dadas las referencias continuas de  sus obras de  arte al tema que nos  ocupa,  vamos también nosotros  a consultar la Biblia para que de sus líneas salga a la luz algo que, de forma patente,  aparece en el románico: la importancia visual del rostro.

El libro que sostiene  Cristo  en  el  ábside  de San Clemente de Taüll,  es el símbolo del Evangelio, así como los libros  que agarran los componentes  del Tetramorfos. Este  símbolo  se  repite  en  múltiples  ocasiones, como elemento inseparable de Cristo Majestad.[3]   En la Biblia es el rostro de Dios el que habla directamente al hombre.

Es el rostro de los patriarcas y  profetas que adoctrinan y conducen al pueblo  elegido de Yahveh.  Es, sobre todo, el  rostro  de  Jesucristo,   que  anuncia  la  salvación esperada por toda la humanidad. La Biblia, hecha piedra y pintura en  el  románico  habla a los fieles  de  la Edad Media.[4]

relieve s. pedro

De forma sencilla y maravillosa ha sabido  el románico trasladar el sentimiento del Libro Sagrado a los  ojos de las gentes de la Edad Media, para su sustento espiritual, y a  las de esta época,  para nuestro  conocimiento y tal vez ejemplo…  Su palabra queda aún viva en los libros y en las obras,  donde resuena la  misma voz  divina  que a ellos les condujo:  “En el principio existía la Palabra y la Palabra  estaba con Dios,  y la Palabra era Dios… La Palabra  era la luz  verdadera que ilumina a  todo hombre que viene a  este mundo…  Y la Palabra  se hizo carne y puso su Morada entre nosotros.”  (Jn. 1, 1.9.14).   Desde las   primeras  líneas   de   la   Biblia   los  términos relacionados con la palabra remiten al que lee  o escucha a quien las pronuncia. El que primero aparece es Dios que crea hablando  y,  viendo lo que ha  creado, considera su bondad.

“Dijo  Dios:  `Haya luz’,  y hubo luz. Vio Dios que la luz  estaba  bien…  Dijo Dios:  `Haya  firmamento’… y llamó   Dios  al   firmamento   “cielos”…   Dijo  Dios: Acumúlense las aguas de  por debajo  del  firmamento… Y llamó Dios a lo seco “tierra”, y al conjunto de las aguas lo llamó “mares”;  y vio Dios que estaba bien. Dijo Dios: `Produzca la tierra  vegetales…’  Y vio Dios que estaba bien…   Dijo  Dios:  `Haya  luceros  en  el  firmamento celeste…’  Y  vio  Dios  que estaba  bien… Dijo Dios: `Bullan las aguas de animales’…  Y vio  Dios que estaba bien… Dijo Dios: `Produzca la tierra animales vivientes de cada especie…’  Y vio Dios que estaba bien… Y dijo Dios:  `Hagamos al  ser  humano  a  nuestra  imagen, como semejanza nuestra…  Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien.” (Gn. 1, 1-31).

Lo primero en ser creado  es  la luz,  es la cabeza de las cosas creadas,  es el primer reflejo de  la imagen de Dios.   El  románico  trata  de  ver,   a  través  de  la iluminación  de  su  liturgia  y el  entorno artístico, a quien  hizo  la  luz por medio  de  su  Hijo, Jesucristo, cabeza de la creación.  Dios está  en la luz  en cuanto se manifiesta por medio de ella.

Una huella lumínica de Dios  aparece en el rostro de Moisés tras permanecer   cuarenta  días  en  la montaña sagrada;  cuando   baja de su presencia, con las tablas de la ley,   su rostro está   radiante y cada vez  que Moisés entraba en la tienda de la Reunión para hablar  con Dios, al salir debía ponerse un  velo  ante  la  cara, pues los israelitas  no podían contemplarlo  cara a  cara. (Ex 34, 30.35).   El  románico  tiene  en  cuenta  este  hecho presencial  y,  apoyándonos en  la documentación aportada por   Martínez   Frías,   ilustramos      recordando   la representación   de   Moisés   con   apariencia   cornuda -expresión de  la  gloria  de  Dios  en  su rostro-   que aparece  ya  en el siglo XI.[5]   Moisés,  conductor de un pueblo,  es figura de Cristo, cabeza de otro pueblo, y en su rostro  se  reflejar  plenamente  el  esplendor  de la gloria   de  Dios.   Moisés  es  parte   de  la  historia catequética  románica  que    ayuda  a  comprender  a  su verdadero conductor, Cristo Pantocrátor.[6]

La luz existe por que hay una  palabra hacedora. Según Juan  la  palabra  creadora  es  Cristo.[7]  Todos los profetas  lo  anunciaron  y  el  mayor   de  ellos,  Juan Bautista,  lo señaló  en  persona y escuchó  una  voz del cielo que se lo confirmó:  “Tú eres mi Hijo amado,  en ti me complazco.” (Mc 1, 11).   Mateo expresa la relación de Jesús con Dios,  su  Padre,  por  una  manifestación oral directa:  “Juan  da  testimonio  de  él  y  clama  en  el desierto.”  (Jn. 1, 15).    ¿Que ven todos los que siguen de verdad en ese Hijo de Dios?   Esto: “La cabeza de todo hombre es Cristo; y la cabeza de la mujer es el hombre; y la  cabeza  de Cristo es Dios.”  (1Cor. 11, 3).[8]   Estas palabras de S.  Pablo se visualizan de  forma preeminente en el hecho visual románico ya que,  de todos los rostros que aparecen  en  las realizaciones   románicas, es el de Cristo,   el  más  excelente,  el  que  hace  notoria  la verdadera faz de Dios entre los que en su época quisieron verlo. La Edad Media asimiló esta enseñanza de una manera práctica, al pie de la letra.

moisésLa cabeza es lo más característico   del románico como lo es de la persona y lo es para la doctrina  paulina. Esmás,  la cabeza es, al mismo tiempo, cabeza y cuerpo. Por último, Dios es la CABEZA. El orante se dirige con la mirada, sea en sentido real o figurado,  a  la cara del ser supremo por  ver  si éste atiende su plegaria: “Y los habitantes de una ciudad ir a otra  diciendo:  `Ea,  vamos  a ablandar  el  rostro de Yahveh y a buscar  a Yahveh  Sebaot:  ¡yo también voy!’.” (Za   8,  21).  Ver  el  rostro  de  Dios  o  ser mirados favorablemente por él  va  ligado  al  cumplimiento de la ley: “Mirad, no es demasiado corta la mano de Yahveh para salvar,  ni es duro su oído  para oír,  sino que vuestras faltas  os  separaron  a  vosotros  de  vuestro  Dios,  y vuestros  pecados  le  hicieron  esconder  su  rostro  de vosotros para no oír.” (Is 59, 1s).

La  bendición de  los israelitas  incluye  una expresa alusión al  rostro  de  Dios:  “Ilumine Yahveh  su rostro sobre ti y te sea propicio; Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz.” (Num 6, 25s). Los  rostros de  bustos orantes de las  catacumbas[9] o los  iconos,   en  los   que  se   enmarcan  las  cabezas -proporcionalmente   mayores   en   muchos    casos-   en aureolas,[10]  realzando  la  de   Cristo con una cruz; las monedas   de   emperadores   ortodoxos;[11]   los  mosaicos bizantinos y todos los rostros románicos de Cristo siguen las huellas de aquel rostro del Yahveh israelita.

virgen con el niño-Maius

De  la  enseñanza  del  Antiguo   Testamento  toma  el románico el  afán  de ver  ese rostro divino;  pero en elaspecto representacional,  el hecho románico se apoya  en la enseñanza de los Apóstoles,  que es  ilustrada desde el primer momento;    hay una continuidad  en  algunos temas religiosos  de  la  Edad  Media  y  los   de  las  épocas anteriores y   el que nos llama ahora la atención son los asuntos  icónicos del  rostro;  pero cambia la forma  con que  son presentados   y,  sobre todo, el sentido con que son mirados,  porque ha cambiado también la forma con que se  vive  la  misma  creencia  que   ha  originado  tales imágenes.

MONEDA JUSTINIANO

 

De la  expresión de la Virgen  orante con  el Niño del fresco de la catacumba llamada del  Cementerio  Mayor, en Roma,[12]  queda en  la  Madre y el  Niño del  fresco de la Iglesia   de  Santa   María  de  Taüll,   en  Lérida,  la composición  dualista,  la expresión del  rostro  y sobre todo de los ojos.[13]

Si lo que asemeja en el caso anterior a ambas imágenes es la fe que las hizo  pintar,  ya que el resultado final es tan diferente, lo que asemeja al románico con la misma cultura cristiana, desarrollada simultáneamente y en otro lugar es,  de nuevo, la expresión  de la mirada, pero con el añadido de  una frontalidad  estudiada  que condiciona  toda la  pose  de  la  cara  y del resto del  cuerpo; nos estamos  refiriendo  al  arte de Bizancio.  Lo que motiva tales concomitancias y la  originalidad que  le es propia al sentir  medieval,  es un   sentimiento analógico,  que hace creer realidades  del mismo género  las que proceden de esferas  diferentes.

De lo  terreno se  pasa  a lo espiritual de  un salto, como  fruto de  algún tipo  de  fe  mezclada  a veces con raíces esotéricas  nutridas en parte por la astrología.[14] La   propia   época   románica,   analizada   bajo  estos par metros, es, según Marimón, la de Libra,  que induce a un   pensamiento,  que  por ser   “analógico”,  conduce a id    

“La providencia de Dios, gobernando y administrando la criatura universal,  y los caracteres,  y  las voluntades -los caracteres para  que sean,  las voluntades para que, si son buenas, no permanezcan sin fruto, o, si son malas, no permanezcan impunes-  Dios somete todo a él  en primer lugar;  ordena después la criatura corporal a la criatura espiritual,  la irracional a la racional, la celeste a la terrestre,  la femenina a la masculina, la que vale menos a la que vale más,  la indigente a  la abundante”.[15] Ello da a entender la indefensión en la que  se siente inmerso el individuo de la Edad Media, que está necesitado de una protección  efectiva,  de una mente,  una  cabeza  que le guíe.

Los  sistemas  organizativos  son,   en  general,  con marchamo feudal,  de miedo al  vecino,  a los vecinos, en situación similar a la propia, con pocos recursos, con un tipo de  subsistencia  muy al día  y casi autosuficiente. Encontrar un buen jefe,  un buen patrono,  un buen señor, fuerte  e inteligente,  es  una apetencia  fundamental en esta época;  aun a costa de sufrir una  esclavitud, más o menos encubierta…

“En la  sociedad  de  esta época,  este individuo o su modelo,  está sometido  a  una  sucesión  de enmarañados marcos sociales que le coaccionan y le protegen  al mismo tiempo,   impidiéndole   de  hecho   todo  comportamiento autónomo”.[16]  El rostro del señor a  quien  debe sumisión está  siempre ante él. El rostro de un señor, que está  por encima  del  que  le  somete  y  le  obliga  a  pagar las contribuciones,  está   también presente  en  la mente del románico. No sólo en la mente, sino ante sus ojos, en las representaciones de  las  iglesias:  El  rostro  de Dios, generalmente en forma de juez  justo.  El dar  a cada uno lo que se merezca, en el momento final, cuando todos sean igual y no haya escalas sociales.

Dichas  representaciones  serán simbólicas.  El escudo del  señor visionará  su  rostro;  la  cruz, el  rostro de Cristo.[17]   Los rostros de los personajes que acompañen a ese Dios visualizado,  tendrán también ese mismo carácter no realista, como retratando la situación en la que no se vivir   ya  de  la materia ni en  la materia,  sino en la inmortalidad, tras el juicio final.[18]

Socialmente se notaba ese afán unitario,  como si todo el  mundo supiera cu l  era el  objetivo  común. El monje cluniacense Rodolfo el Glabro, escribía acerca del cambio que  supuso  el  paso al año mil:  “Era como si  el mundo entero,   como  despertándose   y   despojándose   de  su ancianidad,  se vistiera por todas partes  de  una blanca vestidura de iglesias.  Entonces, casi todas las iglesias de  las  sedes  episcopales,  los  santuarios  monásticos dedicados  a  diversos  santos  y   hasta   los  pequeños oratorios   de  los  villorrios   se  reconstruyeron  más hermosos por los fieles”.[19]  En esta labor unificadora de criterios fue  la Iglesia,  que estaba realmente presente en la  sociedad  de  forma estructural,  la  que  a nivel aparente y profundo mostraba esa capitalidad en  el hecho arquitectónico:   sus templos eran lo primero que llamaba la atención  en  villas  y  ciudades.  Jerusalén  es la cabeza de las ciudades;  sobre todo porque es  símbolo de la Jerusalén celeste.[20]

La persona se  siente  impulsada a integrarse  en   el entramado  eclesial como dice  Scobeltzine: “Intuimos que esta renovación (del clero secular según la  regla de san Agustín)  debe tener la  misma motivación  que impulsa al monje feudal a querer integrarse bajo la dirección  de un abad  en una comunidad de monjes sólida y estructurada, y hacer representar,  en los bajorrelieves de las iglesias y de los claustros,  la figura humana “desindividualizada” en cuanto que integrada en rígidos marcos  y sometida  a muy estrictas reglas.”[21]

Tratamos el hecho  facial,  y tal vez deberíamos decir ocular, ya que de la cara los elementos m s aparente, que se “ven”  mejor,  son precisamente los instrumentos de la visión,   los  ojos.   Ojos  que,   decíamos,  contemplan vigilantes  al siervo;  ojos que contemplan a  Dios, ojos para una nueva visión  de la vida.  ¿Qué dicen si  no los múltiples ojos de los  ángeles de Taüll, de Vilanova de la Muga  (Gerona),  de Esterri d’Aneu;  la fijeza frontal de los  ojos  de  los  Pantocrátor,  de  la  Virgen,  de los santos?[22]

El  Apocalipsis,  libro   inspirador  románico,  es el libro de los ojos;  Juan narra la  visión  de los últimos tiempos,  es la  visión de un  profeta al que  le ha sido dado escudriñar en el  mismo rostro de Dios.  Los ángeles más cercanos al trono de ese Dios son los que en sus alas ostentan  el  ornato  ocular,  así como en  sus manos, ya que, para el románico, la máxima felicidad del ser creado es poder contemplar cara a cara a quien lo hizo.[23]

En el  Ordo  in  natali Innocentum se  manda leer tres lecturas del  Apocalipsis  “ubi  dicit:  Et  vidi dextera sedentis super thronum,  usque: Et facta sunt tonitrua et voces   et   fulgura,   et  motus  factus  est  magnus.[24] Verdadera  ambientación  visual  y  sonora  de  un  hecho escatológico,  acorde con la decoración,  prolija en ojos humanos, angélicos y divinos, todos apocalípticos.[25] (FG 3.1)

 

1.3.-FUNDAMENTOS  BIBLICOS  EN  LA  GENESIS   DEL  ROSTRO

        ROMANICO.

      1.3.1.- LA PALABRA QUE SALE DE LA BOCA DE DIOS.

 

“…Identificar luz física y luz espiritual, Dios y Universo, y,   en  una  sublimación  del   pensamiento  asociativo:sol-oro-luz-divinidad”.[26] El hombre  románico percibe la imagen del mundo como unidad,  en su aspecto cualitativo, a diferencia del hombre actual  que la  percibe como suma de fenómenos.

La  relación  que   establecer    el   medieval  entre representación   y representado, entre una imagen de Dios y Dios mismo tendrá ese aspecto unitario: ve la misma faz de Dios cuando contempla  sus interpretaciones plásticas. Se encuentra en el mismo cielo cuando está  en  el templo, que  recibe  la  luz  de  Oriente,  lugar  donde  nace el sol-divinidad,  donde los textos sagrados y el entorno le confirman la  experiencia corporal  se  estar en  paz con todo el  cosmos.[27]  El románico  es  capaz de  plasmar en imágenes la palabra de Dios,  con poder para iluminar consu luz la  mente de los  cristianos de su  época. Ello ha sido  posible  mediante  una  lenta   interiorización  de aquella  palabra,  una elaboración mental,  de la que han surgido las imágenes.

1.3.2.-DOS  FORMAS DE VER A DIOS:  ANTES  Y DESPUÉS DE CRISTO.

La Biblia fue la fuente donde bebieron los imagineros, los  artistas,   en   general,   que   nos   legaron  las representaciones medievales de la figura  humana. Mas una lectura extrapolada de  la misma  presenta m s argumentos en  contra   que  a favor de  dichas representaciones. El primer  argumento  para  justificar  la  oposición  a una representación  matérica de la  gloria de Dios,  lo da él mismo.  Parece que las razones negativas  vienen dadas, a priori,   por   los   textos   veterotestamentarios,  más abundantes  que  los   del  Nuevo  Testamento;   de  éste proceden,   de   hecho,   los  motivos   que   apoyan  la representación  de  la  figura  como   imagen  de   Dios. Depender  de la interpretación que de sus  textos se haga para que,  afectos y  contrarios   a  tal representación, encuentren apoyo a sus respectivos puntos de vista.[28]

Son los mismos   profetas quienes hablan a uno  y otro pueblo.  Los escritores  sagrados han bebido de  la misma fuente que alimentó a  los israelitas.  Para ellos Dios se manifiesta plenamente por  medio de la sabiduría  que “es un hálito  del poder de  Dios,  una emanación  pura de la gloria del Omnipotente,  por lo que nada manchado llega a alcanzarla. Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad”. (Sab.  7,  25s).  Dios se manifiesta también por medio de elementos  naturales,  convirtiéndolos en  símbolos de su presencia: “Yahveh dijo a Moisés: “Ya se acerca el día de tu muerte;  llama a Josué a presentarse en la  Tienda del Encuentro,  para que yo  le  dé mis  órdenes.” Fue, pues, Moisés  con  Josué  a   presentarse  en   la  Tienda  del

Encuentro.  Y  Yahveh  se  apareció en la  Tienda, en una columna de nube;  la columna de  nube estaba parada  a la entrada de la Tienda.” (Deut.  31,  14s). Pero  la  imagen  más cercana semejante a  Dios  es el propio hombre,  ya que en el primer  capítulo del Génesis así se  expresa.  Conocer  el  sitio  que  le corresponde ocupar en la escala cósmica es el problema  que la Biblia intenta  mostrar  al   humano,   cosa  que  no  se  logra felizmente en el ámbito del Antiguo Testamento  y  de ahí la  prohibición  divina  a  ser  representado;  habrá que esperar al Nuevo Testamento para que ello sea  posible.[29]

La ausencia de rostros humanos en  las manifestaciones simbólicas judías es evidente por ejemplo en  pinturas  y mosaicos[30] en donde aparecen animales, plantas y  objetos como el candelabro de los siete brazos, manifestación más cercana,  junto con el  arca  de  la  presencia divina de Yahveh.  El judío ortodoxo  ha asimilado  la enseñanza de Moisés:  “Maldito el hombre que haga un ídolo esculpido o fundido, abominación de Yahveh, obra de mano de artífice, y lo coloque en un lugar secreto.- Y todo el pueblo dirá: Amén.”  (Deut.  27, 15). “No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo  que hay arriba  en los cielos,  ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra.” (Ex. 20, 4).

Las  imágenes  por  las  que  quiere,  en  un  momento determinado,  ser reconocido, son escogidas por El mismo, como hemos visto en el caso de la  columna de  nube y que podemos leer en  (Deut. 4, 9-28) donde se hace visible en toda su  exigencia.  El  se reveló hablando  en medio del fuego  entre tinieblas de  nube y denso  humo. La alianza que  hizo  con su  pueblo  la  manifestó a Moisés  en dos piedras  donde quedó grabada en forma de decálogo.  En la ciudad santa de Jerusalén,  el templo,  hecho de piedras, es el lugar donde se va a manifestar Yahveh;  el altar de los  sacrificios,  hecho de  piedras sin labrar,  ser  el lugar sagrado  desde donde se  comunicarán los israelitas con  Dios.  Ese  ser  el primer  lugar,  la cabeza. En el Apocalipsis de Juan la Nueva Jerusalén es el templo de la presencia divina y así lo han representado los  Beatos, y las pinturas de las iglesias románicas[31]

“Tened mucho cuidado de vosotros mismos: puesto que no visteis figura alguna el día en que Yahveh os habló en el Horeb en  medio del fuego,  no vayáis a pervertiros  y os hagáis  alguna escultura  de cualquier representación que sea: figura masculina o femenina, figura de alguna de las bestias de la  tierra,  figura de alguna de  las aves que vuelan por el cielo, figura de alguno de los reptiles que serpean por el suelo,  figura de alguna de los  peces que hay en las aguas debajo de la tierra. Cuando levantes los ojos al cielo, cuando veas el sol, la luna, las estrellas y todo  el  ejército  de  los cielos,  no vayas a dejarte seducir y  te  postres  ante  ellos  para  darles culto.” (Deut. 4, 15-19). El pueblo israelita se dejó seducir por la idolatría, imitando la cultura pagana de la que habían aprendido cuanto sabían, y se construyó un becerro de oro para   representar al dios que lo sacó de Egipto.

Todo el capítulo 32 del Éxodo está  dedicado a explicar este hecho clave en la historia del  pueblo escogido.  Es el relato  de  un  nuevo  “pecado  original”  de  todo un pueblo.  Dios se muestra celoso, al estilo humano, de las representaciones que se  le  atribuyen y  no  permite que ninguna imagen sea la  representación de su  rostro. El se encargar  de diseñarla poco  a poco,  ya que su verdadera imagen no va a ser un  trozo de  metal sino  una persona: Cristo.  Desconfían los israelitas de  que Moisés vuelva, pues está en el monte hablando con Dios desde hace muchos días,  y quieren que les oriente y vaya  delante de ellos una representación del que les salvó del Faraón;  piden a Aarón  que fabrique  un  dios.  Este  accede  y,  con los adornos de oro que llevaban, les hace un becerro. Dios se muestra irritado,  a la manera humana,  y quiere destruir a los que han incurrido  en  idolatría.  Moisés intercede para que no  se  realice  el  designio  divino.  Por este pecado  estarán cuarenta  años  en el desierto  y morir antes de entrar en la Tierra Prometida.  Moisés rompe las piedras donde  estaba  grabado  el  decálogo,  ya  que el pueblo  ha  roto  antes  su  alianza  con  Yahveh.  En el desierto reencontrarán  el sentido de pueblo  cuya cabeza es Yahveh y Moisés su imagen. El caudillo Moisés,  pide a Dios poder verle:  “Déjame ver, por favor, tu gloria[32] y éste le responde: “Yo haré pasar ante ti toda mi bondad… pero mi rostro no podrás verlo;  porque no puede verme el hombre y seguir viviendo”.(Deut 33, 19-20)[33]

Una y otra vez, aún después de la terrible experiencia del desierto, el pueblo quiere ver ese dios fuerte que le ha  sacado  de  la  esclavitud;  pero Dios  no quiere ser representado por figuras  hechas por mano de  hombre como se ve repetidamente a lo  largo de  toda  la historia del pueblo hebreo. “­Tu becerro repele, Samaría! Mi cólera se ha  inflamado  contra  ellos:  ¿hasta  cuándo  no  podrán purificarse? Porque viene de Israel, un artesano ha hecho eso,  y eso no  es  Dios.  Sí,  quedar   hecho  trizas el becerro de Samaria.” (Os. 7, 5s).

Los capítulos  13  y 14  del libro de la Sabiduría son una dura  crítica a la  idolatría que se  alimenta  en la visualización y la  tridimensionalidad  de  objetos viles convertidos en divinidades,  como es el caso de un tronco de  árbol “torcido  y lleno de  nudos”  al que  “le da el parecido de una imagen  de hombre o bien  la semejanza de algún vil animal.  Lo pinta de bermellón, colorea de rojo su cuerpo  y salva todos sus  defectos  bajo  la  capa de pintura.”  (Sab.  13b-14).   Queda  patente el interés de todo  el  pueblo  en  ver  a  su  Dios  y  las reiteradas equivocaciones en que incurren. Yahveh sigue una original pedagogía  con  el  pueblo  de  su  propiedad: les  está preparando  para que,  en el momento  oportuno, le puedan ver en  la  persona de  Cristo.  “Pues lo que de  Dios se puede  conocer,  está  en  ellos  manifiesto.  Porque  lo invisible de Dios,  desde la creación del mundo,  se deja ver a la  inteligencia  a través  de sus  obras: su poder eterno y su divinidad,  de forma que son inexcusables…” (Rom. 1, l9s).

Llega  el  momento  histórico  en  que  Dios  deja  de ocultarse,  en que se deja ver en una imagen perfecta, la de   su   Hijo,    Jesucristo,   prefigurado   él   mismo anteriormente en el libro de la Sabiduría. Dios les había dado  una  señal  de  su  presencia  en  la misericordia, manifestada cuando  les  curó  de  las  picaduras  de las serpiente en el desierto,[34]  después de haber desconfiado de su poder:  La serpiente  de bronce sobre un  mástil es símbolo de la cruz de Cristo,  el rostro de Dios para los cristianos.  Dice S.  Pedro Crisólogo:   “Oye lo que dice el Señor: “Ved, ved en mí vuestro propio cuerpo, vuestros miembros,  vuestras  entrañas,  vuestros  huesos, vuestra sangre…  Sea Cristo  el  casco  de  protección  para tu cabeza;  que  la cruz  se mantenga en tu  frente como una defensa.”[35]

“A Dios nadie lo ha visto  jamás :  el Hijo único, que está  en el seno del Padre, él lo ha contado.” (Jn. 1,18). Estas palabras  las  llegan  a  escuchar  los  mismos que han intentado ver a Dios, siglos antes,  por medio de sus representaciones idolátricas.  Los judíos de la  época de Cristo ven en  éste  un  hereje y  desestabilizador de la cultura  e  intentan  prenderle  en  repetidas  ocasiones hasta  que finalmente  logran sus  propósitos. Lo  matan, ignorando  que destruyen  aquello  que  estaban buscando: Destruyen  la  verdadera imagen  divina de la  que podían venir todas las demás representaciones.

“Porque el Padre quiere  al Hijo y le  muestra todo lo que él hace.  Y le mostrar  obras aún mayores  que estas, para que os asombréis… En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree  en  el que  me ha enviado, tiene vida  eterna  y no  incurre en juicio,  sino que ha pasado de la muerte  a la  vida.”  (Jn. 5, 20. 24).   Les llega  a decir textualmente  que ‚él era  Dios: “Les dijo, pues, Jesús: `Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo  Soy,  y que no hago nada  por mi propia cuenta;  sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo‘.” (Jn. 8, 28). Jesús empleó palabras que ellos podían entender;  el término Yo Soy es sinónimo del  poder  divino,  de  Yahveh.  La  transmisión  de  la enseñanza que ellos reciben por la palabra fue,  según el propio Jesús,  recibida,  analógicamente, por medio de la Palabra,  que es  él  mismo,  lo  que hace  alusión  a un rostro,   el  del  Padre,   enseñando  al  Hijo.  Al  que despreciaron los judíos y al instrumento de su muerte, el mástil de  la cruz,  los cristianos lo han tomado  por su cabeza   y   la   simbología   románica    lo   visualiza constantemente tras ella.[36]

Esta imagen perfecta que es Cristo se manifiesta, a su vez, utilizando la palabra, haciendo que todos le miren a la  cara cuando transmite su  doctrina.  “Porque yo no he hablado  por  mi  cuenta,  sino que el  Padre  que  me ha enviado me ha mandado lo que tengo que  decir  y hablar.” (Jn. 12, 49). No es un ídolo que no habla, que no tiene rostro,  él  es  el  verdadero  Dios  y  su  más perfecta representación.   La   cultura   románica  asimiló  estos conceptos  a  través  de  la  fe.  La  evangelización  de Occidente se realizó a través de la imagen de Cristo y de ella lo más importante:  la cabeza.[37]  En la jerarquía de los seres,  después de Dios, está  el hombre y después del hombre,  la mujer; unos son imágenes de otros. “El hombre no debe cubrirse la cabeza,  pues es imagen  y reflejo de Dios;  pero la mujer  es reflejo del  hombre.” (1Cor. 11, 7).  La  doctrina  paulina,  que  establece  un escalafón cósmico,  es asimilada  ostensiblemente  por  el románico como queda patente en la propia  estructuración feudal de esta época.

Las  dos  realidades,  la  terrena  y  la  celeste, se manifiestan  por medio de  las imágenes que  lleva el ser humano según sea su forma de vida.  “Y del mismo modo que hemos llevado  la imagen  del hombre terreno, llevaremos, también   la  imagen   del  celeste.”   (1Cor.  15,  49). “Revestios del hombre  nuevo,  que se va renovando, hasta alcanzar un conocimiento perfecto,  según la imagen de su Creador.”  Todo cristiano está  llamado a llevar la imagen de Dios en sí mismo. Tal transformación la realiza Cristo con su espíritu manifestado en su doctrina y en  su vida. “Mas  todos  nosotros,  que  con  el  rostro  descubierto reflejamos como  en  un  espejo la gloria  del Señor, nos vamos  transformando en  esa misma imagen   cada  vez más gloriosos:  así es como actúa el Señor, que es Espíritu.” (2Cor. 3, 18).

Entender esto  no  le es dado  a todos,  sino  sólo  a quienes creen en lo  que predica Jesús;  éste les concede la trascendencia,  poder pasar de la imagen a la realidad superior.  El Evangelio está  velado “para los incrédulos, cuyo  entendimiento  cegó  el  dios  de  este  mundo para impedir que vean brillar el  resplandor  del Evangelio de la gloria  de Cristo,  que es imagen  de Dios.” (2Cor. 4, 4).  El mensaje más profundo y no imaginado por el hombre es el de la filiación divina de éste;  por su sacrificio, Cristo   se convierte,  con pleno derecho, en primogénito de  una generación  interminable  de  hijos  de  Dios por adopción,  llamados todos a reproducir  en  sí  mismos la misma imagen  del  Hijo  de  Dios.  Todo  hombre  es pues imagen de  ese Cristo.  La representación  humana  es  la adecuada para  representar a Dios.  “Pues  a  los  que de antemano conoció,  también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera ‚l el primogénito entre muchos hermanos.” (Rom. 8, 29).

Llegado a este punto el pensamiento  románico es capaz de imaginar todo lo creado  como imagen del creador  y de quien lo  capitula,  Cristo,  porque ha asimilado  lo que dice S. Juan en su Evangelio: “Dios se mostró tal como es sólo a su Hijo,  el cual nos lo ha contado”,  (1, 18). Su Hijo, Jesús, es la imagen perfecta de Dios.

Es  una imagen  operante que con  sus obras manifiesta cómo es  Dios.  Imagen  que  nutre  su  mensaje  de otras imágenes,   incluidos   los   animales,   como  el  mismo Becerro, que aparece en la iconografía cristiana en forma de Toro en el Tetramorfos, que es la representación de la palabra  evangelizadora  de  Cristo,  que  a   su  vez se representa  abundantemente  en  forma   de   otro  animal cuadrúpedo,  el  cordero.

La simbología  de  los animales,  para los israelitas, suponía    inequívocamente  la   personificación   de  la divinidad;  para  los  románicos,  el  paso  a  su futura contemplación.  Los escritores cristianos han adoctrinado a  los fieles,    sabedores del poder  catequético de las comparaciones  con  el  reino   animal.  Tertuliano  dirá refiriéndose a Cristo:  “Su belleza es la de un toro, sus cuernos como los del unicornio”[38]

Verdadera  exaltación  del  Toro  es   la  lámina  del Evangelario de  Otón  III,  en la que Lucas, evangelista, es representado  bajo  esta forma  animal, conduciendo él sólo  la  Mercabá   del   Apocalipsis,  entre  esplendores celestes en los que asoman  cuatros rostros   de profetas con barba, coronados, y cuatro rostros de ángeles vueltos a  los  cuatro  vientos.[39]

Qué  imagen  puede ser más perfecta  que la  de Cristo para  visualizar  la  de  Dios:  “El  es  IMAGEN  de Dios invisible,  Primogénito de  toda  la  creación.” (Col. 1, 15).  Esta  idea  es  alimentada  y expresada  para común conocimiento  de  los cristianos de cada  época. Hipólito dice:  “Serás partícipe de  Dios y  coheredero de Cristo, liberado de la concupiscencia y de las pasiones. Has sido hecho dios…  Dios ha prometido  concederte estas cosas, porque   has   sido    deificado,   has   renacido   como inmortal”.[40]

Para  san  Atanasio  la  deificación  se   realiza  en Jesucristo:   “El  hombre  no  podría  quedar  divinizado mediante  su  unión  con  una  cosa  creada”.  Máximo  el confesor  insiste   en  la  deificación   en  su  tratado “Quaestiones ad Thalassium“.[41]

San Agustín afirma:  “Dios desea hacerte Dios,  no por naturaleza como  el Hijo que El  ha  engendrado, sino por gracia y por adopción.  A  la  manera que el Verbo  se ha hecho partícipe, por su humanidad, de la mortalidad tuya, así  Dios,   exaltándote,   te   hace  partícipe   de  su inmortalidad”.[42]

También estos pensamientos son asumidos,  a su estilo, por las mentalidad medieval,  siendo explicitados con sus categorías  y  buscando  analogías  y  símbolos  de  esta realidad  revelada.  Es  por  ello  que  admira  y  cuida especialmente  ciertas imágenes  y alegorías como  la del ave  Fénix,  símbolo de inmortalidad,  que es muy querida por los artistas de la época.[43]

El hombre del románico representa lo que cree perfecto para   asemejarse a él.  “Vosotros,  pues,  sed perfectos como  es  perfecto  vuestro  Padre  celestial.”  (Mat. 5, 48).[44]  Siguen,  según  sus  fuerzas  el  consejo  de los apóstoles de  Jesús  que  no  se  cansan  de  predicar el respeto a todos los hombres ya que éstos están  “hechos a imagen de  Dios.”  (St.  3,  10).    Y creen al pie de la letra  lo  que   había afirmado el primer  libro sagrado: “Creó pues Dios al ser humano a imagen  suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.” (Gn. 1, 27).

1.3.3.-CONCLUSION

La imagen  por la que  Dios quería ser conocido  en el A.T. fue su propia palabra, como para diseñar en la mente de  los israelitas  la  posibilidad de  poder verle  a El realmente, no un trozo de madera; para ello les habló por medio de  los  profetas,  sus  sacerdotes  y  sus  reyes, portadores de  su  palabra e imágenes  prototípicas de su propio Hijo.  Los románicos se creen descendientes  de la fe de  los israelitas  y asumen  la  simbología  y, sobre todo,  el espíritu de las Escrituras donde se  pergeña un rostro de Dios que se asemeja  a ellos mismos  en el Hijo del hombre.

El N.T.  es la manifestación plena de Dios, que quiere ser visto en una persona, Jesucristo, que es aceptado por los   cristianos  y   éstos  tienen   la  posibilidad  de representarlo con imágenes analógicas.  El románico asume esta concepción y modo de vivir desde la imagen  a la que llegaron,   por  equivocación  y  sin   reconocerlo,  sus predecesores  en  la  misma fe  de  Abraham,  los judíos: Cristo  crucificado;  a éste  lo  ven  los  creyentes, de inmediato,   resucitado   y   juez   Pantocrátor   de  la Historia.[45]

El Apocalipsis es el campo visionario e inspirador más insistente en  el  mundo románico,  donde  los  fieles se sienten también protagonistas,  contemplando  la  cara de Cristo,   que  se  diversifica   en  múltiples  símbolos, incluidos los animales, tomando su forma y su rostro.

La  iconografía románica  se  genera  a  partir  de la inspiración bíblica y los pocos ejemplos de la simbología cristiana   anterior,    erigiéndose   en   una   cantera inagotable,   con un rostro  de fondo,  de la que beberán posteriormente otras culturas del rostro.

 1.3.4.- LOS SALMOS: VOZ DEL HOMBRE Y ROSTRO DE DIOS.

La  ausencia  de  imágenes en la  cultura israelita se suple  con la interiorización  del rostro de Dios  que se evidencia en los Salmos.  Es la  parcela del A.  T. en la que se adivina una mayor compenetración entre Yahveh y su fiel,  quien está salmodiando.  Es una oración en  la que entra  en  acción  todo el ser humano,  que  ora, canta y baila.  Los salmos son palabras en las que se  refleja el rostro de Cristo ya  que todos ellos pueden  colocarse en sus labios.

Este  descubrimiento  lo  hacen  los  Santos  Padres y fundadores de órdenes que incluyen  en el rezo del oficio divino los salmos, cometido principal de los monjes. Dice S. Agustín:   “Prometió   la  salud   eterna,  la  vida bienaventurada en la eterna  compañía de los  ángeles, la herencia inmarcesible, la gloria eterna, la dulzura de su rostro,  la  casa  de  su  santidad  en  los cielos  y la liberación  del   miedo   a   la  muerte  gracias   a  la resurrección de  los  muertos.”[46]  El  rezo  en comunidad pronto determinó la introducción de la música, ya que era práctico,   a   parte   de  transmitir   sentimientos  de espiritualidad,  el recitar al unísono una misma oración; ello formaba una verdadera unidad  con el  contexto vital de  los   monjes  ya  que   como  dice   Beigbeder:  “Los cluniacenses  habían  tomado  la  música  como  base  del simbolismo de su gran  basílica.  En efecto, en el ábside estaban representados  los  ocho  tonos  tradicionales en relación con el orden cósmico, la “música de las esferas” de  Platón.”[47] Al principio del salmo se especifica el instrumento con el  que el  cantor inspirado  se dirige a Yahveh.  Es pues un rostro  modulando estrofas  al son de oboes, arpas y otros instrumentos de  cuerda.

Los salmos  son un lugar  común a los israelitas  y al hombre románico,   en el que ambos ven a Dios, el primero en el  ámbito  puramente espiritual  e imaginativa,  y el segundo,  en  estos dos aspectos  y como  inspiración  de sus  representaciones.    Especial atención  merecen pues estos cánticos,  tan en el corazón del pueblo  de Israel, en los que la referencia al rostro es continua. Es en los salmos donde,  de  un modo claro,  apreciamos la relación del fiel y su señor:  es una voz que, en distintos tonos, acordes con el estado del alma,  va clamando, suplicando, dando   gracias   a   Dios.   Este  se  adivina  cercano, escuchando y viendo a quien a él acude. El rostro del que canta el salmo se dirige a otro  rostro,  más grande, más poderoso,  el de Yahveh, que está  delante, arriba, abajo, llenándolo todo, para escuchar, invisible pero solícito y pronto a escuchar a su siervo humilde.

Nos llama la atención, lo que  refuerza nuestra teoría facial, la constante referencia explícita al rostro en la mayoría  de  los salmos:  La necesidad  del  israelita de tener   delante,   en   imagen,   a  su  Dios;  algo  que consiguieron los románicos,  que bebieron  en  las mismas fuentes que aquellos.  En otro grupo de  salmos, de forma indirecta, se  hace referencia al rostro con las facultades del mismo como hablar,  pensar,  cantar…   En todos, es un rostro  frente a  otro rostro:  Salmista y Yahveh. Uno habla y otro responde.

Los salmos,  compuestos por elementos preeminentes del pueblo  en  un  momento  determinado,   han  mostrado  la necesidad de clamar a su  Dios con todos  los matices del sentimiento humano:  desde  la  alegría  por  la victoria hasta la súplica más  encendida por la  humillación de la esclavitud.  David, Asaf, los hijos de Coré, Hemán, Etán, Moisés y Salomón son  los autores de  los mismos.[48] Hemos realizado un estudio pormenorizado de  los salmos y hemos hallado  en  todos  ellos  expresa  o  elípticamente   el “rostro”. Presentamos ahora un grupo  significativo.

SALMO  2  (4-8):  El que se  sienta  en  los cielos se  sonríe,  Yahveh se burla de ellos. Luego en su cólera les habla,  en su  furor  los  aterra…  Voy  a  anunciar el decreto de Yahveh:  El me ha dicho:  “Tú eres mi hijo: yo te he  engendrado hoy.  Pídeme y te dar‚ en  herencia las naciones.” SALMO 4  (7):  Muchos dicen:  “¿Quién nos hará   ver la dicha?” ¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro! SALMO  31  (17):  Haz  que  alumbre  a  tu  siervo  tu semblante, ¡sálvame, por tu amor! SALMO 66: El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su  rostro  sobre nosotros…  ¡OH  Dios!,  que te alaben todos los pueblos,  que todos los  pueblos  te alaben. Que canten  de alegría las naciones…[49] SALMO 67 (2): ¡Dios nos tenga piedad y nos bendiga, su rostro haga brillar sobre nosotros! SALMO 85  (9): Voy a escuchar de qué habla Dios. Sí, Yahveh habla de paz para su pueblo y para sus  amigos,  con tal que a su torpeza no retornen. SALMO 98 (8s): Los ríos baten palmas, a una los montes gritan  de  alegría,  ante  el  rostro  de  Yahveh,  pues viene…

SALMO 96 (13): Ante la faz de Yahveh, pues viene él… SALMO 100:  Voy a cantar la bondad y la justicia, para ti  es  mi  música,  Señor;  voy  a  explicar  el  camino perfecto:  ¿Cuándo  vendrás a mí?  No pondré  mis ojos en intenciones  viles…  Al  que  en  secreto  difama  a su prójimo  lo  haré  callar;   ojos   engreídos,  corazones arrogantes no los soportaré.   Pongo mis ojos en  los que son leales…  El  que  dice  mentiras  no  durar   en mi presencia.   Cada mañana haré callar…

SALMO 143 (1-10): …Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en é?  ¿Qué los hijos de Adá para  que pienses en ellos?  El hombre es igual que un  soplo… líbrame de las aguas caudalosas…  de la mano de  los  extranjeros, cuya  boca  dice falsedades,  cuya diestra jura en falso. Dios mío, te cantar‚ un cántico nuevo… CANTICO DE DANIEL.  (Dan. 3, 41): Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos y buscamos tu rostro.

S. Agustín tiene en los salmos una cantera inagotable: “…sin  sufrir  mutación  alguna,  asumió  la naturaleza creada para  transformarla y hacer  de  nosotros  un solo hombre, cabeza y cuerpo.”[50]  Nos  acordamos  de  la  imagen  del  pantocrátor y, en particular, su faz que juzga las naciones… El rostro de Dios que se muestra fiel a sí mismo,  hierático y a veces amenazador, como la ilustración de  un Beatus berlinés en el que aparece con una espada en la boca.[51] (Fig. 28.4).  SALMO 68 (2.4s.8.33.36): ¡Álcese Dios, sus enemigos se dispersen,  huyan ante su faz  los que le  odian! Mas los justos se  alegran y exultan  ante  la  faz  de   Dios, y saltan  de  alegría.   Cantad   a   Dios, salmodiad  su nombre…alegraos  en  Yahveh,  exultad  ante  su rostro.

Hasta los cielos se licuaron ante la faz de Dios, ante la faz de Dios,  el Dios de Israel.   ¡Cantad a Dios, reinos de  la  tierra,  salmodiad  para  el  Señor,  para el que cabalga los cielos, los antiguos cielos: ved que lanza él su voz, su voz potente!…  Referencias  continuadas al  rostro,  o  funciones del mismo,  son las que aparecen  en este salmo que  canta la gloriosa  epopeya del pueblo  de  Israel.  La potencia de Dios  se manifiesta   en un lugar:  el templo. Este hecho confirma la relación existente entre la voz,  la cara, el rostro y el poder que de  él se deriva,  entre  elementos arquitectónicos que enmarcar en estas realidades vitales.

Estas  afirmaciones  nos ayudarán en  el apartado del templo   románico,   que  recoge  el   espíritu  de  este sentimiento  del   pueblo  elegido   cuando   expresa  su reconocimiento  a  la  fuerza  del  rostro  de  Dios, que ilumina su camino y derrota a sus enemigos  con la fuerza de su mirada.[52]

La voz del Señor,  potente para  ser  ella  misma Dios cuando se manifiesta en el VERBO,  su Hijo, es  creadora. La  voz de  los que cantan  se  muestra  agradecida.  Los salmodiantes  se  complacen  en  sentir   a  Dios  cerca, hablándoles desde los acontecimientos diarios. SALMO 28   (1s,  6): Hacia ti clamo, Yahveh, roca mía, no estés mudo   ante mí;  no sea  yo,  ante  tu silencio, igual  que los que bajan a la  fosa.  Oye  la  voz de mis plegarias, cuando grito hacia ti, cuando elevo mis manos, OH  Yahveh,  al santuario  de tu santidad.   ¡Bendito sea Yahveh, que ha oído la voz de mis plegarias! SALMO 29 (3-9): Voz de Yahveh sobre las aguas; el Dios de gloria truena, ¡es Yahveh, sobre las muchas aguas! Voz de Yahveh con fuerza,  voz de Yahveh  con majestad.   Voz de Yahveh  que desgaja  los  cedros,  Yahveh  desgaja los cedros del Líbano…  Voz de Yahveh que afila llamaradas. Voz de Yahveh, que sacude el desierto… Voz de Yahveh… mientras todo en su Templo dice: ¡Gloria![53]

Se  puede  afirmar  que  la  actitud  del  románico es contemplativa:  observa  las  pinturas,  que  le  “dicen” cosas,  que  aclaran  los  misterios  de  la  religión, a diferencia de las pinturas de las catacumbas o bizantinas en  las que  se  descubre  una  identificación  mucho más vivencial del que participa en los ritos.[54]

Las pinturas  de  orantes,  en las catacumbas, parecen estar  recitando los salmos.  Las  pinturas románicas nos presentan éstos  cumplidos en Jesucristo,  con los brazos extendidos.  Pocas figuras más tendrán esta actitud y nos volvemos a referir al  “Homo quadratus  de  Pedret“; pero todas tienen el rostro expectante,  con los ojos abiertos para ver la otra realidad…  Como el rostro de la Virgen orante de la catacumba del Cementerio Mayor, de la que toma modelo la Virgen del mosaico  bizantino de Santa Sofía  de  Salónica  y  la  Virgen  románica  de la iglesia de S.  Pere de Sorpe,  en Lérida.[55]

La actitud de las tres es frontal; la catacúmbica y la bizantina tienen  los brazos  elevados  que  acompañan la actitud contemplativa-frontal,  común a las   tres caras; la románica tiene de común,  con la primera, la presencia del Niño en  el regazo,  pero sus brazos no  acompañan el sentimiento de oración de las otras dos.  Las dos últimas se hallan en un  lugar de  culto,  la primera en un lugar sagrado donde el culto es  esporádico.  Las tres muestran rostros que  llaman a una  realidad vivida por la  fe, la del  mundo futuro  al que  se accede por la  súplica. Son tres formas  similares de  mostrar el  rostro  de la otra realidad y de  quienes habitarán donde ya  se  hallan los prototipos.

   1.4.-HISTORIA DEL HECHO ICÓNICO.

La representación  de las  realidades eternas conlleva el  peligro  de  ser   banal  al   invertir  los valores, tomando por reales las mismas representaciones, cuando ha desaparecido el espíritu con que éstas fueron realizadas.

El espíritu está  presente en  las voces de  los santos padres que escribieron, como Juan Crisóstomo, en el siglo IV:   “…A  los  judíos  no  se  les  concedió  entonces contemplar el  rostro  transfigurado  de  Moisés  (Ex 34, 35ss)… Mas tú has contemplado el rostro de Cristo en su gloria.   Por   eso  clama  san   Pablo:  Todos  nosotros contemplamos  con el  rostro  descubierto  la  gloria del Señor (2Cor 3, 18)…”[56]

Como  lo  predican  los  santos,  lo  representan  los artistas medievales, así el Pentecostés salido del taller de Cluny[57] en el que Cristo, en lo más alto configura la escena,  completada  por los apóstoles,  debajo  de  él y presididos  por otra cabeza,  la de Pedro,  sentado en el centro de  la  reunión,  en  compacto  grupo  (Fig. 4.3); parecida composición encontramos en la Segunda Parusía de Cosmas   Indícopleustés[58]    en   la   que   veintinueve discípulos, en hileras superpuestas, más ordenados que el colegio apostólico  de la reunión anterior,  contemplan a Cristo, también en lo alto, sedente, Pantocrátor; aquí el rostro de Cristo y todo él es proporcionalmente mayor que sus acompañantes. (Fig. 6.6).

Detrás   de   toda   representación   se   halla  algo completamente  superior.  San  Juan  Crisóstomo  invita a vivir plenamente  el  cristianismo,  sabiendo interpretar las  imágenes  o   figuras   aparecidas  en   el  Antiguo Testamento;    así    mismo   piensa     otro   sacerdote contemporáneo   suyo,   Cirilonas,    que   hablando  del sacrificio  de Jesús,  comparándolo con el  de la víctima pascual  judía,  afirma:  “Sobre  su  cabeza  colócase la corona  de  la  gloriosa  profecía.  El afiló el cuchillo sacrifical  de  la  Ley para  inmolar  con  él  su propio cuerpo, como Cordero Pascual.”[59]

La  cuestión  histórica de  la  adoración o  no  de la imágenes  es  algo inimaginable para  estos pastores, que han entendido la doctrina de la salvación desde un  ángulo profundo   y   no   de   apariencias   y   disquisiciones bizantinas o de tinte político.  Para ellos  lo peligroso estaba en quedarse con la imágenes de la  Antigua Alianza y no haber entendido  el cambio total que  había supuesto la venida de Cristo.

      1.4.1.-DATOS HISTÓRICOS Y ARGUMENTOS.

No  siempre en  el seno de  la iglesia  católica se ha pensado  de  la misma  forma con   referencia al modo  de venerar  las imágenes.  La  corriente  anicónica  se  materializó  en acciones concretas  y  destructivas  con  León  III   el  Isáurico (717-740).    Este   emperador   de   Oriente,   influido seguramente por consejeros  musulmanes  y,  tal vez, para reforzar  su  imagen  frente  al  ejército  del que había recibido  todo  el  apoyo para  su  propia  elección como emperador,  emanó un edicto en el año 726 prohibiendo las imágenes en las iglesias.  Es notorio que el  paso de una situación estable,  de sucesiones dinásticas,  a otra de usurpación,  supone  un  cambio  de  mentalidad  previa o impuesta a la fuerza  que ataca en el lugar más profundo, cual  es  la  fe  de  todo  el pueblo,  alimentada por un estamento de autoridad paralela, la Iglesia.  Sobraba una cabeza al frente de la sociedad…

Aquella no se  calló.  Uno de los argumentos esgrimido por los defensores   de las imágenes  -Juan Damasceno, el patriarca Nicéforo, Teodoro Studita y otros- era que todo lo  que es  visible  es  representable;  el  hombre puede contemplar  la  gloria  de  Dios,  después  de haber sido rescatado  del pecado  original;  Cristo,  la Virgen, los Santos,  fueron vistos, por lo que pueden ser pintados en iconos. En éstos perdura una sombra de lo divino.[60]

Hay que hacer notar que la balanza de  la adoración de las imágenes se  inclinaba,  en aquel  momento, mucho más hacia la exageración que hacia la  moderación. Desórdenes y actos fanáticos se repetían  en torno a  las imágenes y reliquias de  los santos.  “En  el siglo VIII el  robo de reliquias fue algo usual en toda la cristiandad”.[61]

Se toleran con todo  las  imágenes  de  factura plana, sobre tabla.   Este hecho nos llama la  atención, dado el carácter  eminentemente plano de  las  pinturas románicas posteriores,  que han tenido en los iconos  alguna de sus raíces.  Aquello  propició  el  desarrollo  de  toda  una verdadera cultura del rostro con la copiosa producción de “iconos”  que tanto incidieron  en  el  desarrollo  de la pintura románica. Afirma Lortz: “Lo que para Occidente es la  reliquia,  para  el  Oriente  es  el  icono,  el cual ciertamente  presupone  una  comprensión  racional  de la realidad venerada en la fe.”[62]

El Papado no permite, aun constatando irregularidades, que  la  doctrina  tradicional  sea  deteriorada,  y así, Gregorio II  amonestó  al  emperador  León;  el siguiente Papa, Gregorio III, lo excomulgó. Se imponía de nuevo una sola cabeza,  la de  la  Iglesia,  aunque  con  el tiempo “bifrons”,  Roma y    Bizancio, mas una sola fe y una muy parecida forma  de predicar la  otra vida y por  tanto la parafernalia icónica correlativa.

1.4.2.-CAPITALIDAD DE LA IGLESIA.

La Iglesia veía  en  la  iconoclasta  y  en  todas las corrientes heterodoxas un gran peligro, en cuanto a la fe tradicional  y  al  orden  establecido.   La  cultura  de innovadores  y  de  conservadores  era  escuchada  por el pueblo llano.  Las imágenes, tradicionalmente, suplían la información  que la  letra transmitía  a  los instruidos, como consta   en los escritos  de S.  Agustín, en el siglo IV,  en los de Justo de Urgel,  en el siglo VI y en los de S. Isidoro en el VII. No debía permitir la Iglesia que  su  campo  de  influencia  fuera  invadido  por otra enseñanza que no fuera la suya,  apoyada por las imágenes por ella admitidas.    Así, el concilio de Elvira puso en guardia a la cristiandad del peligro de idolatría  que se mezclaba en la falsa adoración de las imágenes.

El segundo concilio de Nicea, en el año 787, establece que el culto de  las imágenes  sea de veneración y  no de adoración:  “Cuanto  con más frecuencia  son contemplados por medio de su representación en la imagen, tanto más se mueven los que éstas miran al  recuerdo  y  deseo  de los originales y a tributarles el  saludo  y la  adoración de honor -no ciertamente la latría verdadera-… El honor de la imagen se dirige al original”[63]

El cuarto concilio de  Constantinopla,  en el año 869, contra Focio, afirmó: “La sagrada imagen de Nuestro Señor sea adorada con honor igual al del libro  de los Sagrados Evangelios. Porque así como por el sentido de las sílabas que  en  el  libro  se  ponen,   todos  conseguiremos  la salvación,  así por la  operación de  los  colores  de la imagen, sabios e ignorantes, todos percibir  la utilidad de lo que está  delante,  pues lo predica  y recomienda la obra que consta de colores.”[64]

Tales herejías  no-representacionales  suponen  un paso atrás,  una  vuelta  a  las  normas  del  A.T.,  en  cuyo Decálogo  estaba  explícitamente  mandado:  “No  te harás escultura ni imagen alguna ni de los que hay arriba en el cielo,  ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la  tierra”.  (Ex. 20, 4). Por el poder  civil,  de  pronto,  las  decoraciones  de las iglesias   orientales pasa a  ser anicónica, sustituyendo la figura humana por motivos abstractos o vegetales.[65]

Los que discrepaban del sentir  central de  la Iglesia propician verdaderas  herejías arrastrando  a sectores de la cristiandad,  como es el caso del adopcionismo,   bajo la  dominación musulmana,  predicado por Elipando, obispo de Toledo,  que  decía de Cristo que la naturaleza humana era únicamente  adoptada  por la  divina.  El Concilio de Frankfurt,  convocado por Adriano I  en  el  794, condenó esta interpretación,  reafirmando la doctrina tradicional de la iglesia según la  cual  en Cristo conviven  las dos naturalezas,  la  humana  y  la  divina,  en  igualdad de importancia.  El  enfrentamiento  del bien y  del mal, el cuerpo y el alma,  la doble naturaleza, son cuestiones no siempre  tratadas   de   forma   ortodoxa   aun   en  las representaciones del románico.[66]

Juan  Escoto  (810-877),   irlandés  de  la  corte  de Carlomagno,   defendía   la   existencia   de  arquetipos universales,  reviviendo  el  platonismo.  Defendió ideas erróneas  sobre la  eucaristía  y la  predestinación.  El Papa  Nicolás I lo  condena.  Su  pensamiento  es, sin duda, muy del agrado del románico y se dirige en la misma dirección de búsqueda del rostro de Dios.[67]

El Sínodo de Tours (813),  establece la  obligación de comulgar tres veces al  año porque  vislumbra situaciones de  abandono  de  los  sacramentos,  en  especial  de  la eucaristía.  Al decaer la  vida religiosa  en los lugares donde  se  vivía de  forma más específica,  como eran los monasterios, surgen los grandes reformadores. El mayor de ellos,  san Benito y la reforma cluniacense.   Se unifica la   liturgia    en    Oriente     imponiéndose   la   de Constantinopla; en Occidente, la romana, excepto en Milán y  en  España.  En esta nación continúa  el rito mozárabe hasta  el  siglo XI,  por  decreto del Papa  Gregorio VII (1073-1085).

CORDERO,MANO, PANTOCRÁTOR

 

 

La   crisis  iconoclasta   hace  revisar,   de  hecho, fundamentándolas,  las fuentes de la fe cristiana y sirve para   reafirmar  su  contenido  con   la  revitalización litúrgica  reforzada,  por  ejemplo,  con  el  uso  de un elemento  de  procedencia oriental,  la campana, de la que hablaremos, junto con los campanarios, más adelante.

No sólo se adoctrina pues al vulgo mediante el sentido de  la vista,  sino que también en  cuanto al oído,  y de múltiples formas.  El sonido  de la palabra  se tonifica, se modula  para expandir la fe en la vida futura en ondas sonoras (a ejemplo del son de  la  campana)  cada vez más organizadas[68]

S. Gregorio   Magno  inventa  y   expande  el  canto gregoriano  a partir de intentos organizativos, a la hora de transcribir las modulaciones sonoras de la voz,  de lo que tenemos constancia desde el  siglo IX  con  los signos musicales de  los  morabitos.[69]

La autoridad del Sumo Pontífice se hace sentir no sólo en  el  campo  “musical”   sino  en  todos   los  ámbitos eclesiásticos.  Así  lo  confirma  estas puntualizaciones enviadas al obispo  de Marsella,  quien había ordenado la destrucción  de  las  imágenes  porque  sus   fieles  las adoraban.  El Papa Gregorio Magno anula  esta orden dando las  razones que durante la  Edad  Media van  a  regir en cuanto al uso del arte  en la educación  cristiana: “Pues una cosa es adorar  un cuadro, y otra aprender del cuadro que  es  lo  que debe  ser adorado.  Pues lo que  la obra escrita presenta a sus lectores,  el cuadro lo presenta a los  iletrados  que  lo  tienen,   ya  que   incluso  los ignorantes  ven lo  que deben de  seguir;  en él leen los iletrados.  Por tanto y principalmente  para los pueblos, una   pintura  es  un  sustituto de  la  lectura.  Y esto debería haber sido tenido en cuenta especialmente por vos, que vivís entre los indígenas,  pues si no, al inflamaros desconsideradamente por  el  justo  celo,  podríais hacer ofensa  a  sus  mentes  salvajes.  Y,  viendo  que  en la antigüedad  se  ha  permitido,  no  sin  razón,  que  las historias  de  los  santos  fueran  pintadas  en  lugares venerables,  si  tú  hubieras  sazonado  el  celo  con la discreción, hubieras sin duda conseguido lo que buscabas, y  no dispersado las ovejas  ya recogidas,  sino más bien recogido una descarriada.”[70]

A pesar de  todo,  el celo  de  los  prelados  se veía impelido  por el  correr de los acontecimientos,   por el “olor”  del dinero  y la  falta de  un verdadero espíritu evangélico a entrar en el espíritu del mundo circundante, al   mismo  hedonismo  y religiosidad  natural  emanado de éste;  al atemperarse  la  penitencia  por  la  compra de indulgencias,   que  conmutaban  la  pena  por  la  culpa cometida,  los  abusos  se  propagan,  ya  que  el dinero permitía,  a quienes lo tenían,  un estatus de privilegio frente al vulgo.  Este, con todo, podía acceder al perdón de  las culpas  más graves  mediante  la  peregrinación a santuarios  especiales  donde las reliquias de  santos se veneraban con devoción  universal.[71]

El  salterio era  un elemento eficaz  para librarse de los  rigores  de  penitencias  corporales  y  los señores disponían de él para su  ascesis. Profusamente ilustrados y  ricamente adornados remitían  al  que los  usaba  a la visión de  la  otra  parte de  la realidad,  al mundo del perdón  y  de  la  espiritualidad,  no  exenta  de cierto ritualismo y sentido mágico.

Perdura con todo como un miedo de perder las raíces, y se bebe   en las fuentes, se limpia lo que es espurio; se establecen  puntos  geográficos  de  referencia, cabezas, rostros a los que  mirar,  que  son  los   templos  y las reliquias  de  los  santos.  Confundiendo,  tal  vez,  el camino,  los papas alientan las cruzadas para  acceder al lugar  físico desde  donde surge el  Evangelio, antes que depurar el modo cómo se vivía éste.  Hace notar Lortz que las cruzadas fueron,  en la alta edad  Media, las grandes difusoras  de  las “reliquias”,  traídas de Tierra Santa, muchas de las  cuales eran no  verdaderas.[72] Los lugares más  frecuentados  eran:  Jerusalén,  Roma y  Santiago de Compostela.  Las iglesias  competían  en  la  posesión de reliquias  de  santos,[73]  lo  que propició  un verdadero mercado  de  restos  santos.  Muchas  de  estas reliquias probadamente falsas.

Lo  falso también entra en  el  ámbito  de la conducta personal, como ya hemos iniciado anteriormente, así había formas discriminatorias de condonación de  las culpas que utilizaban   la  oración  y  las  indulgencias  como  una especie  de  mercancía  espiritual;  éstas  aparecen  por primera vez en el  siglo IX.  Mediante determinados actos piadosos  como  oraciones  y  sacramentos   recibidos  se perdonaban los pecados leves.  La remisión de  los graves se podía obtener  también  con  la  indulgencia plenaria, otorgada  por  primera  vez  por  el  Papa  Benedicto  IX (1033-1045).  El  culto  a  los  santos  se  extralimita. Correspondía a los obispos la declaración de santidad. En el Concilio de Letrán se establece que tal  facultad sólo competía al Papa, a la sazón Juan XV.

Los  pensadores  del  momento   reflexionan  sobre  la contradicción interna del ser humano que impele a  éste a hacer lo que no desea,  fundamentalmente, por el acoso de lo  visible.  Suger,  abad  de  Saint-Denis  (1081-1151), afirmaba que el alma humana,  encerrada en la opacidad de la materia,  aspira  a retornar  a  Dios.  Pero  no puede conseguirlo sino a través de cosas visibles las cuales, a medida que se  avanza  en  los estadios  sucesivos, de la jerarquía, reflejan mejor la luz. S. Bernardo admitía que las iglesias destinadas a los fieles estuvieran ricamente decoradas, pero se oponía a que sucediera lo mismo en las abadías.  Escribía el  canónigo regular  Ugo de Fouilloy:”Dejemos   las   imágenes   pintadas   a   las   personas sencillas”.[74]  Todo este  período participa  de  las dos tendencias,   apoyadas  por   dos  espiritualidades,  más interiorizada una,  más tangible otra.

Hemos resaltado el  interés eclesiástico  por mantener el culto a las imágenes,  siendo la Edad Media un momento cumbre  en  este  aspecto.  Es  un  esfuerzo  ingente por mantener una imagen firme y segura y dar un sello propio, un rostro cristiano, a la cultura. La preocupación de los iconoclastas  es   similar  a  la  de   los  reformadores cluniacenses  y sirve  para  que  dicha  adoración  no se extralimite.   Ha  contribuido  también,  junto  a  otras aportaciones,   a  un  tipo  determinado  de  imagen:  la románica.

Estamos ante una etapa muy importante  de  la Historia de la Humanidad,  como dice G. Duby: “Es el siglo del gran progreso”.[75]   Hay  una   gran   expansión  demográfica, difusión  de  nuevas  técnicas  en  el  campo artesanal y agrícola.   Aparecen   en  las   ciudades  nuevos  grupos sociales,  predominando, con todo, el mundo rural. Lo que sucede  en  el  terreno  de  la  vida   civil   tiene  su paralelismo  en  el  religioso,  o  es  que  ambos mundos avanzan  al  unísono,     apoyándose   e  influenciándose mutuamente.

Dentro de la espiritualidad se dan también cambios que transmiten secuelas tangibles:  la evolución pictórica, y en ella,  la forma de representar la figura humana, sobre todo,   el  rostro.   El  románico  está   en  un  momento privilegiado,  entre mágico y real, simbólico y tangible, pasando de una esfera a otra  con facilidad.

Más  adelante,  pocos  años  más tarde,  veremos, como afirma Le Goff,   que en el período gótico, las flores ya son  flores  reales,   los  rasgos   humanos  son  trazos individuales,   las  proporciones,   corresponden  a  las medidas materiales  y no  a significaciones simbólicas… Se da una “desacralización” del universo.[76]

sant pere

Los   párrafos  anteriores  han   querido  mostrar  el esfuerzo     de la Iglesia  por   mantener su imagen y su capitalidad  espiritual,  perfilando   un  nuevo   modelo medieval-románico,   mezclado  con  el   devenir  de  los acontecimientos históricos  más directamente relacionados con la imagen.  Aquella, hemos visto,  ha tenido su mayor aliada  para imponer su autoridad icónica en la fe; ésta, en un entronque escriturístico y en  una iconografía diseñada a medida del hombre románico: una iconografía capital.

1.5.-LA PALABRA DE UN ROSTRO VISIBLE.

Insistimos una vez más en  el valor que  en la Iglesia se  ha  dado  a la  PALABRA,  vehículo  de  la  fe en una persona.  S.  Juan  dice  en  el  capítulo  primero de su Evangelio que  la  Palabra  estaba  en  Dios  y  ella era Dios…  Todo ha sido hecho por la PALABRA; en cada época se transmite y se matiza con características propias y con rostros   diferentes   que   la   proclaman.   Para   los cristianos  del pueblo  Dios  existe  corporalmente, como aparece en la iconografía cristiana -hace notar  Le Goff- y cuando en el Génesis,  se dice  que Dios creó al hombre a su  imagen  y semejanza,  entendieron que  ese parecido era, en primer lugar, físico, por lo cual se representaba a Dios bajo rasgos humanos.[77] Estos, en el románico, se idealizan. No es una “moda”, un estilo forzado, sino algo que ha surgido lentamente,  ayudado por el  sentir de los predecesores  y   fruto  de  una  existencia   vivida  en sinceridad. El mismo autor, antes citado, nos recuerda el repudio  de  la sociedad medieval  a la  mentira: la obra preferentemente  traducida de  S.  Agustín es  su tratado sobre la mentira: De mendacio.[78]

Numerosos  autores  del  siglo  XII,  desde Aelredo de Rievaulx  hasta Santa  Hildegarda,  han  afirmado  que la Palabra divina actúa,  en primer lugar, sobre el espíritu como una llama,  cortando los vínculos que la unen con la carne y  el  pecado.  Una  vez  que  la  memoria  ha sido purificada,  el alma puede apoyarse en las  palabras y en la imágenes  del texto para tratar de elevarse  hacia sus creador.  Como dice San Bernardo:  “Locuti Verbi, infusio doni”.  Es el mismo Verbo el que habla a los hombres y se entrega a cada uno de ellos.[79]

La palabra es pronunciada por la boca y ésta  se halla en  el  rostro:   La  representación  icónica  de  la  fe cristiana ser  esencialmente del rostro. Aquí el románico sigue la tradición más antigua de  la  Iglesia, expresada en un primer momento en las catacumbas, dándole su propio marchamo.  Otro sentido localizado en el rostro, el oído, se  halla   expresamente  referenciado   en   el  Antiguo Testamento: ¡Shemá, Israel! (¡Escucha, Israel!)[80]

La vida monástica es un claro ejemplo de vida dedicada a la proclamación de la palabra,  de sonido y de  música, hacia afuera y hacia adentro.  Pedro Damiano se lamentaba de no encontrar los domingos ni siquiera media  hora para hablar con los monjes;  tan larga era la oración coral en los monasterios cluniacenses.[81]

Es  la  religión  del discípulo,  del que escucha, con prohibición explícita de representación iconográfica: Los ojos engañan a la mente y llevan a la  idolatría. El Dios hebreo se manifiesta intrínsecamente distinto  de los que rodean al  pueblo  escogido y no quiere  ser representado como los demás dioses. El es PALABRA operante, no un leño o un metal al que se le ofrecen  sacrificios. Este hecho, común  a  toda  la  historia  de  la  religión cristiana, enraizada  en  la  hebrea,  se agudiza en  la Edad Media, deficitaria del conocimiento lingüístico:  necesita de la imagen para comprender el  misterio litúrgico-espiritual. Al  discípulo  románico  se  le  abre  otro   “oído”:  la experiencia de ver realizado  lo que se le dice.

El  hombre  quiere  descubrir  sus  orígenes  y éstos, enraizados en Dios.    Dios, por la Revelación, le da las coordenadas para acceder a los misterios.    Ante  lo que de aparente nos queda  del hombre del  románico, como son las pinturas, la escultura y la arquitectura así como los textos  de  la  época,  podemos  adivinar  su  manera  de interpretar  la  existencia,  de analizar  y  entender lo mismo  que  miramos   hoy  nosotros,   sus  mismas  obras plásticas, en función de una fe.   Este hombre comienza a no tener miedo de  los fenómenos naturales que  en épocas no demasiado lejanas le  atemorizaban.  Sus dioses no son esos mismos fenómenos:  Tiene un único Dios, dominador de la historia. Este está  más cerca que las deidades que sus aterrados  antepasados   adoraban.  Se le ha desvelado la manera de ver a Dios,  pero ello no es posible más  que a través de  un  camino,  no  ciertamente  fácil,  con unas normas  que,  traducidas  en  experiencia  personalizada, pueden llevar al creyente a la felicidad.

De  todos  modos  subsiste  el  miedo   como  elemento pedagógico  para  que todo  el que crea camine  por donde los que predican la doctrina cristiana piensan  deben ir. La no visión de Dios es la infelicidad total: el infierno es el  anti-rostro.  Por ello  Inocencio  III (1198-1216) dejó escrito: “La pena del pecado original es la carencia de la visión de Dios, mas la pena del pecado actual es el tormento de la gehenna perpetua”.[82]  La teoría basada en la amenaza, de Orígenes, en el siglo III, llega a la Edad

Media con más fuerza que la de san Agustín,  quien afirma “que  las palabras  del Señor  sobre  la  vida  eterna no deberían tomarse en sentido estricto si las que hablan de suplicio eterno no se toman estrictamente”.  “…De ninguna manera sería prudente poner por escrito la explicación de estas  cosas,  bastando  a la  mayoría saber que  los que pecan han de  ser  castigados.  Avanzar  ulteriormente no sería útil,  ya que hay algunos a los que apenas contiene el  miedo al  suplicio  eterno,  para que no se entreguen totalmente a la maldad  y a los males que  se  derivan de ella”.[83]

El  Concilio  IV de Letrán,  en el  siglo XII, afirma: “Todos los cuales  resucitar n con  sus  propios cuerpos, que  ahora tienen,  para que reciban según sus  obras, ya hayan sido   buenas o malas,  los unos con el diablo pena perpetua, y los otros con Cristo gloria sempiterna”.[84]

En  el siglo XIII,  el Concilio de  Lyón reitera: “Mas las almas de aquellos que mueran en  pecado mortal actual o  con  sólo  el  original,   descienden  en  seguida  al infierno,  para  ser castigadas,  sin  embrago, con penas desiguales.”[85]   Para equilibrar el plato  de la balanza interpretativa diremos que hay fieles con  un sentimiento contrario al  del miedo,  ya  que se  mueven en el  de la unión efectiva  y afectiva con Dios, con  quien viven y a quien ven más allá  de las apariencias: los místicos.

La  monja cisterciense   santa  Gertrudis transmite en sus escritos una capital manera  de creer,  por encima de la muerte:  “…Por todo   ello te ofrezco en reparación, Padre amantísimo, todo lo que sufrió tu Hijo amado, desde el  momento en que,  reclinado sobre paja en  el pesebre, comenzó a llorar, pasando luego por las necesidades de la infancia,   las  limitaciones  de  la  edad  pueril,  las dificultades  de la adolescencia,  los ímpetus juveniles, hasta la  hora en que,  inclinando la cabeza,  entregó su espíritu  en la cruz,  dando un fuerte  grito. También te ofrezco,   Padre   amantísimo,   para  suplir  todas  mis negligencias,  la santidad y perfección absoluta  con que pensó,  habló  y  obró  siempre  tu  Unigénito,  desde el momento en que, enviado desde el trono celestial, hizo su entrada en este mundo hasta el  momento en  que presentó, ante  tu  mirada  paterna,  la  gloria  de  su  humanidad vencedora.”[86]

Hacemos notar las  veces que al rostro se alude, en la línea  facial  que  nosotros  estamos  estudiando  en  el románico.  La mirada  de  esos  rostros está  fija  en el Juez[87]  o su oído es atronado por la trompeta del último día.

Muchas veces,  como ahora,  tendremos que volver a las fuentes de las que ellos bebieron:  los  textos que ellos usaron y en los que se inspiraron para realizar las obras que  de  ellos hoy nos  quedan.  Deberemos  reproducir la LITURGIA que vitalizaba los textos y se desarrollaba en y junto  a  las  obras  de  arte  que   vamos  a  analizar. Intentaremos reproducir  todo  el  hecho litúrgico  en el mismo  lugar y  con  las  mismas  condiciones  en  que se desarrollaron en su tiempo.

La importancia de la imagen,  y ésta, sintetizada en la cara, es el itinerario demostrativo de la tesis. La evidente  jerarquización,  a la hora  de representar a los  “grandes”  y a los “pobres”,  estaría asociada en la mente de los artistas y de los espectadores del momento a la gran separación social existente entre los poderosos y los  humildes,  los que mandaban y los que  soportaban la autoridad.[88] Este ordenamiento proporcional y de actitud -hierática en el primer caso y más gestual en el segundo- se traslada a la propia representación  del cuerpo, donde se halla un microcosmos organizado  por categorías  más o menos importantes.  La cabeza es  sin duda el rey  y como tal debe ser representada de forma preeminente, ya sea por el gesto ya por la proporción.

En  el  dintel  de  Saint-Genis-des-Fontaines,  de  la primera época Románica,  se halla Cristo  rodeado  de sus Apóstoles,   nos  fijamos   en   las    grandes  cabezas, desproporcionadas con relación a los cuerpos, adaptándose aquellas  y éstos al  espacio libre de  los  arcos  y las columnas que los rodean literalmente. (Fig. 33.4).

La interrelación de lo esotérico y lo religioso, de un esoterismo  religioso,  que está  bajo  las  imágenes que analizamos, nos ayudar  en el cometido.[89] Una vez más la palabra se ha  hecho carne-imagen y ha “habitado  entre  los  hombres”   para  sacarlos  de  una situación existencial no deseada,  preludio de la eterna, visible ésta ya en las imágenes románicas que la pregonan con un rostro parlante,  lleno de sentencias  claras para guiar al  vulgo fiel  y al  predicador  ilustrado, por la mano del artista que sabe plasmarlo.

Resuenan en  las iglesias  románicas  las palabras de Pedro, hecha carne de la  carne románica,  tanto en la mente  de las personas como  en las  imágenes que decoran los muros: “Vosotros sois… un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar  en  su  luz maravillosa”  (1Pe 2,9). Ellos han entrado en una luminosidad especial  de  la que sacan la inspiración y la proclamación de una realidad de la que muestran un rostro,  el de quien  les hace caminar de la oscuridad,  en la que no ven a Dios, a otra vida en la que es posible tal visión.

 

[1] CF Davy: Clefs de l’art roman, P 263. [2] IBID P 284. Adnotaciones elucidatoriae in Pentateuchon, in Genesim. V. P.L. CLXXV. 33-34. [3] En el capítulo VI se estudiará esta pintura de forma global. [4] Un relieve de la portada de la iglesia de S. Pedro de Tejada en Burgos presenta una escena en la que Cristo reparte el pan, en la Última Cena. La imagen sugeriría a los videntes de la época las palabras que allí se pronunciaron. CF Lc 22, 19s. (FG 33.2). [5] CF Martínez Frías, J. M.: El Gótico en Soria, P 103. (FG 11.5) [6] En las vidrieras de la catedral de Reims aparece el rostro radiante de Cristo, con los ojos abiertos, emanando luz. [7] El prólogo de su Evangelio es un canto a la Palabra como persona: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba en Dios… La Palabra se hizo vida y puso su morada entre nosotros.” (Jn, 1). [8] Cristo se halla en el centro –así lo concibe el hombre románico- de una composición circular en la cúpula de la iglesia de Peribleptos, en Mitra, rodeado de santos; como el homo quadratus de brazos abiertos y gran testa, en medio de un círculo de aguas zigzagueantes, en Pedret; actualmente en el museo diocesano de Solsona. (FG 12.3) [9] Virgen orante con el Niño, en la catacumba del Cementerio Mayor, en Roma. FG 1.3. [10] Los encontramos en los monasterios egipcios, anteriores a la furia iconoclasta y los posteriores, en todo el Oriente ortodoxo. [11] Cristo Pantocrátor, en una moneda de Justiniano II (669-711) y en otra de Miguel III (S. IX). FG 6.4,5. [12] Las catacumbas (coemeteria, lugar de descanso, los cementerios subterráneos, donde los cristianos e reunían durante las persecuciones, fueron lugares de culto en los que las representaciones icónicas fungías como decoarión pero sobre todo como testimonio de la fe; el estilo es similar a las realizadas en la misma época en los ambientes paganos, realista y por tanto tridimensional. [13] CF Grabar, A.: Las vías de la creación en la iconografía cristiana, II P 6. & Farré, M. Carmen, El Museu d’Art de Catalunya. P 46. [14] El devenir del tiempo es representado repetidamente en las portadas de las iglesias románicas con los signos del zodíaco, bebiendo de fuentes paganas como de la Astronomía de Ptolomeo, conservada en el Museo Vaticano;   Helios es el centro de los signos zodiacales. Este lugar será ocupado en la época románica por Cristo Pantocrátor. [15] CF Reynold, G.: Cristianismo y Edad Media, P 132,133. Tratado sobre el Génesis, VIII, 23, 24. [16] CF Scobeltzine, IBId, P 36. [17] Cristo, con su rostro aureolado con una cruz, sostiene otra con la mano derecha, mientras es adorado por ángeles y santos, contemplado por los humanos, en espera del juicio. Así aparece en un folio del Libro de la perícopas de Enrique II (Clm. 4452, fol. 202v.), Munich, Bayerische Staatsbibliothek. [18] Volviendo a la representación a la que se hace alusión anteriormente, es de apreciar la unidad de los elegidos, fijos sus ojos en Cristo y la dispersión visual de los que se hallan a la izquierda del Supremo Juez. [19] CF Cattaneo, E.: Arte e Liturgia, P 68. [20] El mapa de Jerusalén, en un manuscrito irlandés del siglo XIII, nos muestra a la ciudad enmarcada en una doble circunferencia separada en su interior por una cruz en cuyos cuadrantes se perfilan los esquemas de iglesias; una de ellas aparece en el perímetro exterior, adosada a las murallas circulares. (FG 10.1). [21] IBID P 38. [22] En el Museu d’Art de Cat. [23] Ángeles oculares como los del ábside de la iglesia de Santa María d’Aneu (Lérida), en el Museu d’art de Cat. [24] Pontifical Romano, S. X, Tomo II. [25] Juan contempla a un ángel que acude en defensa de la Mujer y al Niño, atacados por el Dragón, en un fresco del pórtico de la iglesia de Saint-Savin-Gartempe. Visión didáctica sacada del capítulo doce del libro del Apocalipsis. [26] Marimón, J.: Historia del Arte a través de la astrología. P 111. [27] CF S. Ambrosio en Carta 41.-“No me diste tú el ósculo de la paz; y ésta, desde que entré no ha cesado de besarme los pies.” (Lc 7, 45)… Besamos, por tanto a Cristo con el ósculo de la comunión. “El que lea que entienda”. (Mat 24, 15) –CIT Textos Euc,. Prim. P 391. [28] Se tratará de nuevo el tema en el aspecto histórico. [29] CF S. Basilio Magno, Regla Monástica Mayor: “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo honró con el conocimiento de sí mismo, lo dotó de razón por encima de los seres vivos, le otorgó poder gozar de la increíble belleza del paraíso y lo constituyó, finalmente, rey de la creación.” CIT Libro de las Horas, P 96. [30] Mosaico de la Sinagoga de Beth Alpha, Palestina. FG 31.5. [31] Escena del Apocalipsis, P 223. Beato de Liébana, Museo Diocesano. (FG 29.4). Y Fresco de la iglesia de  Saint-Savin-sur-Gartempe (S. XII) (FG 3.1). en el primer caso Cristo está sentado en el centro sobre un trono en un escenario enmarcado por un arco sobre columnas y por encima asoman cincuenta y un rostros que enarbolan veinticuatro alas –referencia a los 24 ancianos del Apocalipsis-. La segunda escena representa la ciudad santa de Jerusalén, con el arca en su interior, por encima de todo, rodeada de un círculo sacro. [32] CF Capítulo 33 del libro del Éxodo. [33] CF Kaydeda, Los apócrifos y otros libros prohibidos. Su portada reproduce la ilustración apócrifa alemana del rostro de Dios por la parte posterior, su cabellera, visión simbólica de la que tuco Moisés. [34] “Y dijo Yahveh a Moisés: “Hazte un abrasador (serpiente alada o dragón, según nota de la Biblia de Jerusalén) y ponlo sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido por la serpiente y lo mire, vivirá”. (Num 21, 8). [35] CF Libro de la Horas. Cit S. Pedro Crisólogo, obispo, sermón 108. (S. V). [36] El Libro de la Perícopas de EnriqueII, Munich, Bayer. Staatbib. Cristo sostiene una cruz con la mano derecha y otra aparece tras su cabeza, como parte d ela aureola. [37] El bronce de Athlone representa una crucifixión en la que cruz y Cristo son un todo; la cabeza es una cuarta parte  del tronco. Otras dos cabezas completan la escena, dos angélicas y dos de discípulos, con rasgos nórdicos y realizado el conjunto en la época de la primera evangelización. [38] CF Liber adversus Judeos, CIT Clefs de l’art roman, P 362. [39] Evangelario de Otón III (Clm. 4453, fol, 139 v. Munich, Bayer. Staatsbib. [40] CF El evangelio de la gracia, P555. CIT Contra los herejes[41] IBID P 555. Contra Arrianos[42] IBID, P556. Sermón 166[43] Encontramos esta ave que revolotea sobre el círculo en el que se halla un hombre de cabeza enorme con la mirada fija en el espectador en la iglesia de Pedret, Barcelona; actualmente en el Museo de Solsona. (FG 12.3). [44] En la decoración anterior, el personaje está rodeado por las aguas primordiales –la cenefa zigzagueante-; se trata del Homo Quadratus, figura de Cristo, cabeza de la creación, principio y fin de la mismo. [45] Cristo crucificado, con la cabeza apoyada en quien le está descolgando de la Cruz –José de Arimatea-, en un lateral de altar ded la iglesia de St. Andreu de Sagàs, Barcelona. (FG 31.4). [46] CF S. Agustín, Comentarios sobre los salmos, Salmo 19, 1-3. ITEM comentarios al salmo 85, 1: “No pudo Dios hacer a los hombres un don  mayor que el darles por cabeza al que es su Palabra, por quien ha fundado todas las cosas, uniéndolos a él como miembros suyos. [47] CF Beigbeder, IBID,P 319. [48] CF Biblia de Jerusalén. [49] CF Beigbeder, IBID “Las rosáceas evocan la música de las esferas de Platón, las repeticiones celestes.” [50] Libro de las Horas, Comentarios  Sobre los salmos. Salmo 85. [51] CF Comentario al Beatus.  Berliner Staatsbib. Theol. Lat., fol 561. (S. XII) [52] Contemplar el tímpano de la iglesia de Moissac, con ángeles, justos, símbolos y profusa decoración, enmarcado el conjunto  por un arco pétreo, como referente a la alabanza perfecta de toda la creación en el templo. (FG 3.2). [53] En los salmos 28 y 29, la palabra santuario y templo se refieren al lugar donde acontece la fuerza de Yahveh. El lugar físico debe estar en consonancia con la trascendencia a la que se refiere, ya es Dios el que habita en él. Lo mismo acontece con la relación del templo románico y su idiosincrasia celeste, similar a la judía. Con una diferencia, en el templo judío la imagen de Dios -ni de persona alguna- aparecía representada directamente y en el románico, es el centro. Mosen Farnés afirma: “Les pintures romániques mires a la asamblea, per ser mirades prer ella; les bizantines acompanyen als fideos en la oració, mentre mediten.” –De la charla mantenida por el que escribe con este eminente liturgista, consultor del Concilio Vaticano II, el día 2 de febrero de 1986 en Barcelona-.  [55] Se halla decorando un arco que precedía al ábside, actualmente en el Museu d’Art de Cat. (FG 16). [56] Tex Euc. Prim., P 663. Homilía  a los bautizados $ 956. [57] Pentecostés. (Nou. Acq. lat. 2246., fol. 99 v). París, Biblioteca Nacional [58] Topografía cristiana, Segunda Parusía. (Vat. Griego 699). Biblioteca Vaticana. [59] CF Tex. Eu. Prim. Himnos, Homilías sobre la Pascua de Cristo, n. 1016. [60] CF Grabar, A.: Las vías de  la creación en la iconografía cristiana. [61] CF Schnürer, Historia de la Iglesia, P 257. [62] CF Lortz. Historia de la Iglesia. P 257. [63] CF Aldazabal, Gestos y símbolos, P 74. CIT a Denzinger, 302. [64] IBID, P 74. [65] En una iglesia iconoclasta de Capadocia se puede contemplar la cúpula, presidida por una cruz rodeada por seis palmeras estlizadas. CF Arola, R.: IBID, P 20. (FG 5.4). [66] El dualismo perdura sutilmente en el románico: las sirenas, los seres dobles de dos naturalezas, según Beigbeder, representan el alma después de la muerte, en espera del juicio; su cola representa la resurrección. De ellas los bestiarios dicen que representan la lujuria, el deleite del cuerpo y la glotonería, la embriaguez, el placer del mundo y la riqueza, CF Léxico de los símbolos, P 110. [67] La forma arquetípica circular del pan y de la oblea sobre la que se hace la señal de la cruz son, simbólicamente, como la moneda para entrar en el cielo; tiene la misma forma que la aureola de Cristo, con su cruz central. Las monedas de Justiniano II (S. VII-VIII) y de Miguel (S. IX) (FG 6.4,5), los rostros de Cristo Pantocrátor de la Iglesia de Dafni (FG 29.2), o el de la iglesia de S. Climent de Taüll, (FG 32.1). Se cuela así un cierto cariz simoniaco en la ortodoxia de la fe. [68] En la magnífica exposición de Las Edades del Hombre   en la Catedral de León, realizadas desde octubre de 1991 hasta julio de 1992, cuyo tema ha sido el acervo musical desde el románico desde el románico hasta nuestros días. Campanas, como las del la Real Colegiata de León del siglo XI, antifonarios, evangeliarios, breviarios, epistolarios, misales que, venidos de la iglesia de Santayo, la Catedral de Burgo de Osma, de Ávila, de la Abadía de Santo Domingo de Silos, etc., encabezaban esta exposición esencialmente musical gracias a la voz humana desde siempre como alabanza al Señor. [69] CF Las Edades del Hombre, material didáctico. Diócesis de Castilla y León. Catedral de León, 1991, P 10. [70] Gregorio Magno, traduce. Del inglés por Milagros Rivera Garreta, Selected Epistles in Library of Nicene and Post- Nicene Fathers XII, 2ns series, trad. James Barmy, 1952, P 53, En LA visión del mundo en la Edad Media, P 147. [71] CF Schnürer, IBID, P 331. “Las redenciones reducción de la penitencia- fueron muy populares, especialmente entre los anglosajones. Hay ejemplos en Beda y en los libros penitenciales atribuidos en el pasado exclusivamente a S. Egberto de Cork, para quien un día de ayuno a pan y agua se sustituye por cincuenta salmos recitados de rodillas…” [72] IBID, P 466. [73] S. Pedro Crisólogo, obispo, compara la sangre del cristiano con la de Cristo, en su Sermón 108: “Oye lo que dice el Señor: ‘Ved, ved en mí vuestro propio cuerpo, vuestros miembros, vuestras entrañas, vuestros huesos, vuestra sangre’.” [74] Vauchez, IBID, P 126-127. [75] IBID, P. 65. [76] IBID, P. 478. [77] IBID, P 217-218. [78] IBID, P 479. [79] IBID, P 131. [80] CF Deuteronomio, 6, 4-9: “Escucha Israel: Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh…” Afirmación inequívoca monoteísta judía, transmitida por tradición oral y vivencial. [81] CF Schürer, P 356. [82] CF Pozo, C. Teología del más allá, P196. Denz. 410 (780). [83] IBID S. Agustín, Contra Celsum 6,26: PG 11,1332, P 189. [84] IBID Denz. 429 (8º1) P 195. [85] IBID, P 195. [86] CF Santa Gertrudis, Libro 2 de las Insinuaciones de la divina piedad, CIT Liturgia de  las Horas, P 200. [87] Tal se manifiesta en la ilustración del Juicio Final del Libro de perícopas de Enrique II, (Clm. 4452, fol 202 v) Munich. Esta es la enumeración de los rostros que miran a Cristo sedente con la cruz: veinticuatro en la parte superior, treinta y tres en la inferior; al dado, dos ángeles que separan a los elegidos de los condenados. Todo giran el rostro hacia Cristo. [88] CF Scobelzine, A.: El arte feudal y su contenido social, P 74. [89] Significativo es el mensaje de la ilustración de la Pudicitia y la Libido de un manuscrito ilustrado de Prudencio del siglo XI, en el British Museum de Londres. Man. Add. 24199, fol 6r. La segunda está a punto de decapitar a la primera. [90] CF S. Agustín, Confesiones, trad. V. M. Sánchez Ruiz. Apostolado de la Prensa, Madrid, 1951, P 86. [91] “Para el pensamiento medieval era indispensable que el artista conformara su obra según una representación interior o “quasi-idea” preexistente a la propia obra.” CF Panofsky, Idea, P 39.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *